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‘Juvenicidio’: víctimas invisibilizadas

‘Necropolítica’ y ‘juvenicidio’ no son términos exóticos en Latinoamérica; ya son parte de nuestra sociología.

La Razón (Edición Impresa) / Victoria Dannemann es periodista, parte del proyecto CALAS

00:00 / 26 de junio de 2019

Tan dura como la realidad que describe es la palabra juvenicidio. El término, acuñado por el investigador mexicano José Manuel Valenzuela, no debería existir, reconoce su propio creador: no debería ser un concepto, en poco tiempo consolidado, en el análisis de la realidad social de América Latina. “No tendríamos por qué estar hablando del asesinato de nuestros jóvenes, pero la realidad es que se los está matando”, decía el autor en la pasada Feria del Libro de Guadalajara, FIL, respecto de su libro Trazos de sangre y fuego. Bio-necropolítica y juvenicidio en América Latina.

Las obras de Valenzuela son pioneras en la comprensión de los procesos socioculturales estratégicos de América Latina. Aquí, el Doctor en Ciencias Sociales con especialidad en Sociología por el Colegio de México y Maestro en Desarrollo Regional por el Colegio de la Frontera Norte, aborda una cruda realidad: el hecho de que la principal causa de muerte de jóvenes en Latinoamérica es la violencia.

Este ensayo, editado por el Centro de Estudios Latinoamericanos Avanzados en Humanidades y Ciencias Sociales (CALAS), es el primero de una colección de 14 títulos que buscan reflexionar y promover el debate en torno a las crisis que vive América Latina.

Una iniciativa que llama a reflexionar sobre nuestra región y, en este caso, a tratar de entender “cómo llegamos a esos escenarios, a esa banalidad del mal y del bien, a la muerte artera e impune que ha cobrado forma en nuestros países”, como bien dice Valenzuela.

Detrás de este esfuerzo está el impulso de CALAS, un centro inédito formado por ocho universidades que trabajan en red de un lado y otro del Atlántico: cuatro alemanas (Bielefeld, Hannover, Kassel y Jena) y cuatro latinoamericanas (Guadalajara, Costa Rica, Flacso de Ecuador y San Martín de Buenos Aires).

Pero se trata de un debate que no quiere quedarse en la academia, sino que pretende llegar a la sociedad misma. Por eso también está disponible para ser descargado desde la página de CALAS (www.calas.lat).

Con él nos adentramos en una escena cotidiana invisibilizada, en algunos casos simplemente bajo la estampa de la criminalización y que “se reproduce en distintos contextos latinoamericanos, sea a través de la muerte asociada al crimen organizado, de asesinados, desparecidos o fosas clandestinas”, como afirma Valenzuela, quien habla de una crisis anclada en la necropolítica, que construye seres sacrificables, abandonados en la precariedad y la pobreza o víctimas recurrentes de la violencia. 

Vidas precarias. Pero ¿a quiénes nos referimos cuando hablamos de desaparecidos, muertos, cuerpos encontrados en fosas comunes? Valenzuela se refiere a esas vidas precarias, al éxodo de quienes no pueden regresar y la miseria en la cual el día a día está marcado por la amenaza de muerte por distintos actores: policiales, militares o el crimen organizado.

Con un tercio de los asesinatos que se cometen en el mundo, en la región se triplica la tasa de violencia que define su condición epidémica, y esta violencia se concentra en la población joven, alerta el investigador. Víctimas de la violencia política del Estado, con o sin dictadura, y víctimas del crimen organizado. “Como la mayoría de los más de 234 mil muertos y 35 mil desaparecidos desde 2006, desde que en México se declaró una supuesta guerra contra el crimen organizado —subraya Valenzuela—. Jóvenes son muchos de los falsos positivos colombianos y de las víctimas involucradas en las guerrillas, los grupos paramilitares, las autodefensas, la policía y el ejército. Jóvenes son las víctimas de limpieza social en las favelas de Brasil y de los jóvenes pobres en los países que conforman el Triángulo Norte de Centroamérica: Honduras, Guatemala y El Salvador. Jóvenes son los estudiantes normalistas asesinados y desaparecidos en Ayotzinapa, Guerrero”.

En su análisis plantea que los menores de 50 solo han vivido escenarios de crisis y ésta es, por tanto, el escenario naturalizado en sus vidas. El autor apunta a las bases del modelo neoliberal, en la generación de un amplio espectro de crímenes que ahora están siendo visibilizados, como el feminicidio y a los que hoy también se agrega esta nueva denominación, el juvenicidio.

Este escenario prolifera en diferentes países latinoamericanos, junto con el incremento del miedo, y obliga “a repensar los marcos prohibicionistas y la supuesta guerra contra el crimen organizado a través del Plan Colombia o la Iniciativa Mérida, que enfatizan medidas punitivas policiales, militares y carcelarias (...) en las cuales la vida y la seguridad de la población resultan irrelevantes”, subraya el investigador.

Al mismo tiempo, cuestiona la efectividad de las políticas que han generado escenarios marcados por indefensión, miedo, violencia y muerte, y propone elaborar nuevos paradigmas. Sus reflexiones no solo invitan a repensar la región, sino también a trazar caminos para encarar estos conflictos: “Cuando trabajamos feminicidio o juvenicidio nuestra función no es contar muertos, sino escudriñar ese contexto que facilita que se asesine y se siga asesinando a las personas, para que no siga ocurriendo”.

Es hora de hablar de juvenicidio. De enfrentar esta realidad invisibilizada. Y llamarla por su nombre. La propuesta de José Manuel Valenzuela es un valioso punto de partida para sumarse al debate actual, que va tomando forma en diferentes países y reclama acciones de la sociedad y los gobiernos, como en México, donde la administración de Andrés Manuel López Obrador pretende encarar la tragedia —que según estimación oficial supera los 40 mil desaparecidos, muchos de ellos jóvenes— con un plan intersectorial, nuevas leyes y el apoyo y asesoría de la oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, lo que confirma que esta discusión es tan actual como necesaria.

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