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Lecciones de desarrollo según sectores sociales

En abril, cinco miembros de movimientos sociales de Corea del Sur visitaron Ecuador y Bolivia, para dar a conocer la experiencia surcoreana en desarrollo económico y social, a tiempo de aprender de los avances y dificultades que se encuentran en América Latina.

La Razón (Edición Impresa) / Rossmary Jaldin

00:00 / 18 de mayo de 2014

En abril, cinco líderes de movimientos sociales de Corea del Sur visitaron Ecuador y Bolivia: Ha Yun-hi, de la Liga del Movimiento Campesino; Ban Myoungja, de la Confederación Nacional de Sindicatos; Cho Deok Weon, del Instituto de Investigaciones Coreano Siglo XXI; Ji Youngchul, del Centro de Investigaciones sobre Alternativas Económicas; y Saenal Jenong, del Movimiento de Mujeres, junto a François Houtart, sociólogo belga e investigador del Instituto de Altos Estudios de Quito, Ecuador.

El mensaje que trajeron fue muy claro: el modelo surcoreano que está siendo visto desde afuera como el “milagro económico” y se promueve como una “vitrina” a admirar en términos de avance tecnológico e industrial, esconde una serie de problemas muy poco conocidos.

Cuando uno piensa en Corea del Sur, posiblemente lo primero que viene a la cabeza es el crecimiento espectacular que tuvo desde los 90. Otros recordarán que logró enfrentar la crisis de Asia de 1997, convirtiéndose en uno de los más importantes “tigres asiáticos” junto con Taiwán, Singapur y Hong Kong; hoy es la cuarta economía más grande de Asia y la treceava del mundo.

En lo social, es un país conocido por su gran tradición de movilizaciones masivas y pacíficas que experimentó una especie de milagro educativo: no solo redujo el analfabetismo sino también se situó en el podio de la educación mundial. Asimismo, es el país con una de las fronteras más militarizadas del mundo, con fuertes tensiones con Corea del Norte que podrían desencadenar una guerra nuclear.

¿Por qué en Bolivia deberíamos interesarnos en este lejano país? Porque su lejanía tal vez no sea tal, y si bien su economía generó un crecimiento que muchos admiran según Cho, esto ha sido a costa de numerosos sacrificios por lo general desconocidos, lo cual nos permite aprender de similitudes y diferencias, sobre todo en el contexto de crecimiento sin precedentes y casi embriagador en el que vivimos. En Bolivia es inevitable encontrar productos surcoreanos de música, celulares, electrodomésticos o automóviles, detrás de marcas de renombre mundial como Samsung, LG y HundaiKia. Están presentes incluso en nuestras manifestaciones culturales: en la última década el país asiático se convirtió en uno de los principales proveedores —junto a la India y la China— de telas que pronto serán lucidas en coloridas mantas y polleras en la fiesta del Gran Poder.

En los 90, después de 30 años de periodo militar, Corea del Sur comenzó su industrialización, pero esto no se hizo gracias a recursos y capitales propios sino a capitales extranjeros, principalmente norteamericanos, con una serie de efectos socioambientales profundos. El beneficio fue para empresas y capitales multinacionales. Hoy, de las 22 principales empresas del país, 60% pertenece a capitales extranjeros. Según Cho, detrás de este modelo se encuentra una estrategia geopolítica, en la que EEUU pretende mostrar en Corea del Sur “su vitrina de progreso” en respuesta a la industrialización de Corea del Norte.

El resultado es un país modernizado pero no occidentalizado; con una economía que gira en torno a la lógica de occidente pero que su raíz vive una cultura y tradición oriental, con fuertes principios de compromiso, honor y lealtad, fruto del legado confuciano que perdura en las relaciones sociales y laborales.

Lo que no se conoce es que esta vitrina en realidad se construye a costa del sufrimiento del pueblo surcoreano, afirma Cho, y las principales víctimas de este sistema liberal son jóvenes, mujeres y pequeños agricultores.

Hasta hoy el movimiento de mujeres lucha para que se reconozca y “repare” el daño que se hizo a más de 20.000 mujeres surcoreanas reclutadas como esclavas sexuales para el ejército japonés durante la Segunda Guerra Mundial. Se efectúa una campaña global para recolectar 100 millones de firmas que demandan la indemnización de las afectadas, informa Jenong.

En el ámbito juvenil, detrás del “milagro educativo” no solo se esconden elevados préstamos y deudas para acceder a este sistema, sino que esto se ha traducido en la tasa de suicidios más alta en el mundo entre menores de 24 años. El 8,8% de los jóvenes encuestados en el último informe de la Oficina de Estadística de Corea del Sur confesó que alguna vez pensó quitarse la vida y el 53,4% citó como principal causa a la excesiva competitividad en educación.

La situación de los agricultores no es más alentadora y la traducción concreta es que tres campesinos se suicidan cada día como consecuencia de las fuertes inequidades. Según Ha Yun-hi, la reforma agraria en Corea del Sur fue un fracaso y los latifundios están intactos. Algunas tierras del Estado fueron vendidas a los campesinos pero no hubo ni expropiación ni redistribución de tierras. Los pequeños productores poseen en promedio una hectárea y solo entre el 1 y 2% de las empresas concentra la mayor parte de la propiedad de la tierra.

En diez años, la población campesina se redujo en 70%, de 10 a solo 3 millones de personas. Los campesinos surcoreanos hoy cultivan el 22% de los alimentos producidos en el país, proporción que disminuyó desde el 80% registrado antes de los 90. Dos causas explican esto: por un lado, la disminución del precio de los alimentos; hubo toda una política orientada a bajar el precio de compra al productor, lo que provocó un gran éxodo de las zonas rurales hacia las urbanas; y, por otro, la apertura de las fronteras surcoreanas a productos alimenticios y otras mercancías a través de la firma de 48 tratados de libre comercio (TLC). Antes de la industrialización, en Corea del Sur se tenía 100% de autosuficiencia alimentaria de arroz y trigo; hoy se produce 3% de trigo, y el 50% del arroz que se consume proviene de EEUU.

De acuerdo con Myoungja, el milagro económico de Corea del Sur se logró a costa de los trabajadores en la medida que sus salarios reales han caído sensiblemente, llevando a gran parte de la población a endeudarse. Mientras el crecimiento y la modernización muestran una prosperidad exuberante, del otro lado se esconde en el campo o debajo de los puentes en las ciudades la enorme presión que esta “economía vitrina” ejerce sobre la sociedad rural, las mujeres y los jóvenes que terminan quitándose la vida.

En palabras del sociólogo belga Francis Houtart “ningún avance tecnológico se realiza sobre un vacío social”. Bolivia no queda exenta de esta afirmación. La actual agenda boliviana a 2025 está orientada a un acelerado avance industrial a través de la extensión de la frontera agrícola de 3,8 a 13 millones de hectáreas, es decir más de 200%, y la ampliación de la frontera hidrocarburífera de 2,8 a 24 millones de hectáreas, cifras que cubren el 22,4% del territorio nacional y que afectaría a 11 áreas protegidas de las 22 que hay en el país; entre ellas, la del Madidi se verá afectada en 75%, la de Aguaragüe en 72% y la de Pilón Lajas en 82% (Cipca 2014); sin contar con la enunciada construcción de una planta nuclear.

De ahí, que la experiencia surcoreana no solo sea aleccionadora, sino que nos lleva a cuestionarnos sobre los impactos que estas medidas económicas tendrán en el país y en ese “vacío social” formado por mujeres, jóvenes y agricultores.

Un común denominador entre Bolivia y Corea del Sur podría ser que ambos han escrito su historia con los pies, en referencia a las tantas y largas marchas vividas. Sin duda, frenar el avance tecnológico, sería como querer parar un tren con los brazos abiertos, pero no considerar iniciativas como el apoyo efectivo a la pequeña producción campesina, la alimentación diversificada con base en productos locales y de temporada o la implementación de tecnologías sostenibles podría ser un fracaso mayor. Mientras el dinero siga cegando nuestras mentes y el agronegocio alimentando nuestros estómagos, la historia de nuestros países continuará escribiéndose con los pies.

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