Animal Político

Legados y campañas

Aunque oficialmente comienza el 2 de abril, Nicolás Maduro está en campaña desde el 8 de diciembre, cuando, en vida, Hugo Chávez pidió votar por él. Su contendor, Henrique Capriles, tiene desventajas y parece haberse metido a una lucha electoral para el suicidio político.

La Razón / Luis Carlos Díaz

00:00 / 31 de marzo de 2013

Qué hacemos en Venezuela si el protagonista de la telenovela salió definitivamente de escena? Las respuestas son muchas y, como todo, están marcadas por la profunda polarización que sigue imperando en el país.

Habrá elecciones el 14 de abril para escoger nuevamente al Presidente de la República y el chavismo se ha esforzado por repetir las mismas condiciones de juego ventajista de las que gozó en todas las elecciones anteriores. Por su parte, la oposición hace lo que puede manteniendo un guion de acciones que le permita seguir sumando legitimidad y presencia en el juego democrático. Veamos la situación desde sus actores:

Muerto Chávez, nace el chavismo. Durante sus 14 años de gobierno, el presidente Hugo Chávez dijo hablar en nombre del pueblo. La relación con las bases le permitieron mantener el poder, la popularidad y la chequera petrolera que movía esos motores.

Su desaparición física tuvo dos momentos. El primero fue el 8 de diciembre, cuando se despidió del país en cadena de radio y televisión con el anuncio de su última operación. En ese discurso final pudo mantener el foco a pesar de su notable tristeza. Limitado de movimientos, adolorido y con las noticias sobre la gravedad de la reincidencia de su cáncer, pudo construir en ese discurso una línea épica que pudiera incorporarlo a una dimensión mítica de la historia nacional. Su eje fue: ya tenemos patria. “Tener patria”, aunque en la realidad tuviese más de 200 años de fundada, significaba tener los carriles y la direccionalidad para que su proyecto avanzara aún sin él. Por eso ungió a su sucesor ante las cámaras y el país: pidió que se votara por Nicolás Maduro como el nuevo director de la franquicia.

Desde esa despedida, hasta el anuncio de su fallecimiento, el 5 de marzo, el Gobierno aparentó normalidad en sus gestiones. Sin embargo, la ausencia del protagonista fue un silencio atronador. Ésa fue la clave para darle el testigo de la relevancia mediática a Maduro, un candidato que ha debido correr para construirse como sucesor del chavismo de cara al país. Eso ha implicado clases de oratoria, canto e historia de Venezuela para ensayarlo en cada acto público que ha transmitido por la televisión.

Sin embargo, la tarea de Maduro es distinta. Ya no habla en nombre del pueblo, sino en nombre del proyecto de Chávez. Se nombra a sí mismo como un apóstol, un hijo. Hereda un país comprometido en lo económico, debido a los descalabros financieros que dejaron los últimos años de gobierno, pero todavía tiene mucho margen de juego entre las deudas adquiridas y la renta petrolera.

Institucionalmente, a Maduro se le ha facilitado mucho el camino. Una interpretación del Tribunal Supremo de Justicia le permite ser en este momento candidato y también Presidente encargado de la República. Eso significa que toda la sobreexposición mediática y pública que tiene el cargo en una democracia hiperpresidencialista como la venezolana cuenta como minutos para su campaña electoral. El Presidente encargado puede entregar casas, hacer cadenas de radio y televisión, usar fondos públicos para movilizaciones, aprovechar espacios de gobierno para campaña y controlar todo el sistema nacional de medios públicos, que practican un periodismo militante.

Aunque la campaña electoral arranca oficialmente el 2 de abril, en realidad la campaña de Maduro empezó el 8 de diciembre con las palabras de Chávez, y se realiza cada día en todos los actos que su investidura le otorga. Por eso, el contendor opositor también recorre el país en asambleas ciudadanas.

Maduro hereda el legado del chavismo porque el halo de popularidad de Chávez ya forjó una identidad política que lo trasciende. Además, hay suficiente presupuesto público y cuotas de poder como para mantener satisfechas a las distintas facciones civiles y militares que hicieron vida bajo la sombra del líder.

Obviamente, no logrará los mismos ocho millones y medio de votos que obtuvo el presidente Chávez en las elecciones de octubre (55% de los votos), pero su pelea está cifrada en legitimar con los votos su presencia en el poder y mantener a raya a la oposición. Por eso la discusión sobre su posible victoria no está fundamentada en la cantidad de votos, sino en la brecha que lo separe de la oposición. Aumentar los pasados diez puntos de ventaja, le permitiría erigirse como líder indiscutible del chavismo por un buen tiempo, y además dejaría a la oposición subrepresentada en el mapa político, porque al obtener menor porcentaje de votos, parecería menos que el actual 45% de la preferencia electoral.

Para lograr esto, se ha adelantado una campaña de convencimiento bajo cuerda de políticos, artistas e influenciadores que “salten la talanquera” y se pasen al chavismo. Es parte del espectáculo. El otro foco de esta campaña ha sido desestimular el voto opositor al mostrar de maneras muy diversas que el poder absoluto reside en el partido de gobierno, y eso implica el control de las instituciones, la falta de independencia de los poderes públicos e incluso el desequilibrio del órgano rector de las elecciones: el Consejo Nacional Electoral (CNE).

Técnicamente, las elecciones son auditables y transparentes en Venezuela, pero políticamente es conocido que cuatro de los cinco rectores de ese organismo favorecen al chavismo, por lo que son bastante laxos con los abusos de campaña, el ventajismo y los elementos previos al acto electoral. Eso no manipula los votos el día de la elección, pero sí afecta la preferencia de un electorado que se ve bombardeado por la desesperanza si no está de acuerdo con la ideología dominante.

La oposición deja constancia. Del otro lado, está la oposición. En las elecciones de octubre logró el 45% de los votos, cuando más de seis millones y medio de electores prefirieron a Henrique Capriles Radonski como presidente. Eso demostró varios puntos: era posible lograr consensos, se podía hacer una campaña en la calle fuera de los estudios de televisión (que ahora los controla mayoritariamente el Gobierno o la complaciente autocensura), y finalmente se demostró que Venezuela no tiene 6,5 millones de ricos, burgueses, empleados de la CIA (Agencia Central de Inteligencia) que viven en el este caraqueño, como repiten constantemente las voces oficiales. Por Capriles también votaron los pobres, lo que despolariza el discurso de una falsa lucha de clases que ha querido fijar el Gobierno en su agenda internacional.

Sin embargo, estas elecciones de abril parecieran suicidas para Capriles. Enfrentarse al poder del Estado y sus recursos, contra un candidato que utilizó los actos fúnebres de Chávez para hacerse campaña, es casi un batalla perdida. Por eso, el reto del opositor sacudió la mudez de una semana de duelo y desde entonces arrancó otra campaña meteórica por pueblos y ciudades del país. La clave es que, de perder, aún tendría personalmente el reconocimiento por su trabajo, en lugar de salir quemado de la contienda.

Capriles habla de victoria, porque nadie da mitines para ser subcampeón. Sin embargo, debe volver a levantar el ánimo de la oposición y presentar una propuesta que se case con el electorado. En ese sentido, su campaña intentará dejar constancia de la disidencia y mantener el capital electoral, aunque sea en los porcentajes y no en la participación.

La campaña hace énfasis en los problemas concretos de los venezolanos en su cotidianidad: apagones, desabastecimiento, la inflación más alta del continente e inseguridad. Quizás a ese discurso le falte una épica propia, pero a Capriles no le interesa jugar a la división ni erigirse como otra deidad. No propone ser otro Chávez, sino un servidor público. Aún no sabemos si la protagonista de la novela desea eso o un nuevo galán que la enamore.

No habrá salida fácil el 14 de abril y la conflictividad política-económica y social se mantendrá un buen tiempo. Uno de los legados de Chávez fue la división, y la falta de diálogo sólo la ha profundizado.

Ediciones anteriores

Lun Mar Mie Jue Vie Sab Dom
1 2 3 4
5 6 7 8 9 10 11
12 13 14 15 16 17 18
19 20 21 22 23 24 25
26 27 28 29 30 31

Suplementos

Colinas de Santa Rita, Alto Auquisamaña (Zona Sur) - La Paz, Bolivia