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Liber, servicio a los trabajadores mineros

Su participación en las reuniones era pedagógica, escuchaba mientras liaba sus cigarros que circulaban por toda la sala; su argumentación hacía referencia a lo que cada uno había expresado y su propuesta era un resumen y conclusión de lo dicho.

La Razón (Edición Impresa) / José Pimentel Castillo

00:03 / 12 de abril de 2015

No sé cuánto de los recuerdos de la infancia se quedan en una persona. Lo mío fue intenso en emociones. El campamento minero de Siglo XX de la década del 50 fue el hervidero revolucionario; pero más allá de las tensiones de la época existía una vida social, deportiva y cultural intensa que en conjunto iban perfilando la identidad de una clase. Hoy cabe recordar la actividad teatral que me nutrió en esa época con la presencia de actores de la calidad de Liber Forti, Wílder Cervantes, Eliana de la Vega, hasta el teatro popular de Celso Peñaranda y Hortica Gutiérrez, su efecto era la popularización del teatro en escuelas y colegios en una sana emulación del arte, así como del mensaje.

El peso de Nuevos Horizontes, el grupo teatral de Liber, más allá de sus giras en las minas, tal vez se hace explícito con la presencia de dos miembros del conjunto en las radios mineras: Mario Marañón Padilla y Alipio Medinaceli, ambos realizando labores de periodismo en las radios La Voz del Minero de Siglo XX y Nacional de Huanuni. Sin duda la objetividad y la manera de ver la realidad de los sucesos diarios aceleraba la formación de esa identidad minera, no solo en su peculiar manera de vestirse sino en su manera de ver la vida: solidaria, libertaria, comunitaria, combativa, autodisciplinada y moderna. A ellos se debe el inicio de la cadena radial minera.

Años después, en un viejo baúl de mi padre, en medio de revistas de fútbol —Goles y El Gráfico— encontré una serie de la revista Teatro del grupo Nuevos Horizontes, que más allá de la información de la actividad del grupo y las críticas de su actividad, incluía el texto de una obra de teatro que había sido llevada a las tablas por el grupo. Su primer número lleva el texto de “La zorra y las uvas”, título de una fábula de Esopo, el esclavo griego; pero la versión teatralizada lleva la autoría de Guillermo Figueiredo. Liber representaba a Esopo y para ambos, no hay precio para la libertad. Ni la vida voluptuosa de la corte, ni los honores, ni la riqueza, ni la placidez de la familia, nada podía encadenar la libertad.

En 1966 tuve de visita en mi casa, o mejor, la de mi padre, a jóvenes luchadores mineros que repuestos de la represión barrientista de 1965 buscaban recomponer la Federación de Mineros: Víctor López, Simón Reyes, Óscar Salas, Víctor Carrasco, René Chacón y junto a ellos se encontraba Liber Forti. Sus afanes estaban concentrados en realizar el XIII Congreso Nacional Minero, aprovechando las libertades preelectorales que harían a Barrientos un dictador constitucional.

CONSPIRADOR. Después de una jornada agotadora, la reunión se dispersó a cumplir las tareas. Liber se quedó a dormir en casa y me invitó al cine Oruro donde se exhibía una película con Anthony Quinn, de quien Liber era un gran admirador. No tengo la certeza si vimos Zorba el Griego, pero su recuerdo siempre lo ligo a Liber. El retorno a la casa —después de un día de conspiración— nos encontró con el cuerpo suelto y la libertad nos envolvía en el viento helado de esa noche. Cuando la represión acechaba, me sentía seguro al lado de un maestro conspirador.

El Congreso tuvo una connotación semilegal. Las delegaciones estaban conformadas por sindicatos de base elegidos en el marco del condicionamiento de la dictadura y sindicatos clandestinos que representaban diferentes tendencias políticas. El Congreso se tensionó al conformarse dos bloques, unos que propugnaban el rescate de la vigencia legal de los sindicatos y otros que buscaban fortalecer la lucha clandestina y la resistencia hasta el derrocamiento de la dictadura. En esta polaridad, Liber fue artífice de lograr la unidad de la Federación. Al pie de la montaña de Siete Suyos, Liber entabla una charla con Federico Escobar.

La calidez del ambiente abre la confianza y le confiesa Federico que cuando tomaba el tren en Oruro se encontró con su madre en el mismo vagón. Ella le arrancó la promesa de no ser más dirigente, al recordarle el abandono de la familia en el exilio, las penurias de la cárcel de la cual había salido apenas hacía días, la pérdida de su hija, el abandono de los suyos, sentimiento que chocaban con su compromiso de servicio a la revolución, y el hombre no es una piedra. Liber le habló de la necesidad de la unidad de la Federación y que no era el momento que pugnara por la Secretaría General. En el Congreso, al hablar Federico sobre su postulación retiró su candidatura arguyendo que tenía razones personales —que solo amigos íntimos lo conocían— y apoyó la candidatura de Irineo Pimentel. El resto del Ejecutivo fue expresión de la unidad de todos los partidos de izquierda, con excepción del POR de Lora.

El movimiento sindical minero maduró en un largo proceso sin estar ajeno al fraccionalismo. Fue en el proceso de la insurrección del 9 de abril que todos se unificaron en defensa de la gran victoria del pueblo, se disolvieron las sectas y todas contribuyeron a la construcción de la Federación de Mineros. Así, hay rasgos del anarco-sindicalismo que contribuyeron a esa unidad monolítica, que la convirtieron en una clase para sí con sus propios intereses; como ejemplo citamos la soberanía de la Asamblea General, libre y democrática, la elección del Secretario Ejecutivo desde las bases, la convivencia de mayorías y minorías, la superación personal del trabajador, ante todo en la parte humana.

ASESOR. En 1959 Liber es nombrado por un congreso asesor cultural de la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia (FSTMB). Un honor servir a los trabajadores —decía. Nunca se consideró dirigente ni recibió paga alguna por esta labor, aunque su esfuerzo era superior a los que éramos dirigentes nombrados en comisión y que recibíamos sueldo de la empresa.

Su participación en las reuniones era pedagógica, escuchaba mientras liaba sus cigarros que circulaban por toda la sala; su argumentación hacía referencia a lo que cada uno había expresado y su propuesta era un resumen y conclusión de lo dicho. Era antipartido, con muchos resquemores al sectarismo, su impulso era unir en objetivos comunes a todos ellos que en fin eran de la clase misma. Hermano era el sustantivo que resumía su filosofía, buscando hermanar en lo más sublime el amor a la vida de tu semejante. Su cordialidad se derramaba sin miramientos, mientras la conducta de los presentes no violara los acuerdos de la Federación, para cuya concreción mostraba creatividad —las mil esquinas en las jornadas de marzo—, oportunidad —la toma de Comibol en 1983— y sacrificio —hambre, cárcel, exilio—.

Su último exilio en 1985 lo alejó definitivamente de su relación con los mineros, se había cerrado un ciclo histórico. Su labor amplia y dilatada en la Federación de Mineros dejó su sello, entre ellos están el Plan Cultural de la FSTMB —que busca que las artes y la acción cultural saquen al trabajador de su cosificación en el trabajo para convertirlo en actor social—, la Cogestión Obrera —como mecanismo de involucrar al obrero en el proceso productivo para que se apropie de su trabajo y desarrolle formas organizativas que dignifiquen a éste como mecanismo de liberación—, y la creación de la Universidad Obrera, ligando la práctica productiva con la investigación científica, formando en los ideales de la clase obrera para construir una nueva sociedad sin amos ni dioses. Rescatar a Liber en los avatares de su lucha social es rescatar la historia de Bolivia y a los mineros del Siglo XX.

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