Animal Político

Luego del Ekeko, el turno es del dios Momo

¿Pero qué tienen que ver ambos? Solo vecinos del calendario y, quizás, culpables de tanto despilfarro, alegrías e ilusiones. Entre el uno y el otro, solo el Carnaval los separa, no más de dos meses esta vez. El uno de vuelta a su intimidad y el otro en ciernes, dispuesto a divertir y embriagar a mortales de toda laya.

La Razón (Edición Impresa) / Rubén D. Atahuichi López

00:02 / 26 de enero de 2014

Imagino al dios Momo recostado en una grada de mármol en el Olimpo. Bien comido, bien tomado y bien gordo... una vasija de vino tirada en el piso y cansado mascullando su jaqueca y predicando soberbia y sarcasmo ante los suyos, siempre alegre.

Algo parecido es el Ekeko: bonachón, mostachos oscuros, bien comido y bien feliz, con su cigarro siempre humeando; también dadivoso, cargado de favores y cosas mundanas, siempre en miniatura, como es él también. Dios de la abundancia...

¿Pero qué tienen que ver ambos? Solo vecinos del calendario y, quizás, culpables de tanto despilfarro, alegrías e ilusiones. Entre el uno y el otro, solo el Carnaval los separa, no más de dos meses esta vez. El uno de vuelta a su intimidad y el otro en ciernes, dispuesto a divertir y embriagar a mortales de toda laya.

Aunque cuentan las historias de la Colonia que el dios Momo se vino a estos lares con los europeos (obvio, desde Roma), en estos lados también nuestros ancestros eran algo parecidos a él, a su modo, en tiempos de cosecha y alegría. ¡Y qué bien que lo disfrutamos! Haga frío o haga calor, haya lluvia o no.

Claro, el pepino y el k’usillo tienen mucho de él, habrán nacido de sus desenfrenos y, con el tiempo, se han propagado para santa memoria y diversión nuestras. O el Tío o la Pachamama, que nos unen en esta época.

De esos carnavales y esos ídolos de máscara, el de la política es eterno. Comienza siempre y nunca termina, sea en días de paz o en tiempos electorales. Se esconden en promesas y demagogias, y salen a la luz cada vez que quieren subir en las encuestas y los escrutinios, o hacerlo en el sillón apetecido. Son una burla maliciosa, sin necesariamente ser hábiles para esa virtud que en vez de acongojarnos suele devolvernos la vida... esa burla jocosamente irónica y divertida, que alimenta el alma y hace olvidar las penas cotidianas.

Claro que no son dioses, son una fauna aparte, a la que estamos sometidos los 365 días del año. Somos parte de su eterna pelea, por todo y nada, mucho más por poder... ¡Ay, la política! Ay de nosotros, que de su Carnaval sufrimos. Ay de ellos, que quizás se indignen por estas letras. Alguno, el más sensato, entenderá que no siempre son bienvenidos.

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