Animal Político

Maquiavelo, el misterio de la claridad

Maquiavelo hace análisis experimental y racionalista del poder, sin presuponer en modo alguno su deseabilidad. En “El Príncipe” dice que creyó “útil” indagar sobre  “la verdad efectiva    de la cosa” antes que ofrecer una visión “imaginaria”, idealizada, de la misma.

La Razón (Edición Impresa) / Antonio Elorza

00:00 / 15 de diciembre de 2013

Hace 500 años, Nicolás Maquiavelo anunciaba a su amigo Francesco Vettori haber redactado “un opúsculo”, De principatibus, donde profundiza cuanto puede en “las reflexiones sobre esta cuestión, discutiendo en él qué es el principado, de qué especie son, cómo se adquieren, cómo se conservan, por qué se pierden”. El marco histórico italiano favorecía la preocupación por el tema, con una sucesión de interminables conflictos por el poder, agudizados a partir de la entrada en la península de Carlos VIII de Francia.

Conquistas pasajeras, alianzas variables, deposiciones y asesinatos políticos componían un cuadro de constantes mutaciones en el cual destacaba la figura de César Borgia. Había sido éste capaz de imponerse por un tiempo como “príncipe nuevo” en ese juego de múltiples contendientes y suma cero, sobre el cual incidían además otros dos poderosos jugadores, Francia y España.

Al clima de permanente inseguridad se sumaba la circunstancia individual de Maquiavelo, que había sido encarcelado tras la caída de la República de Florencia en 1512 y hallándose, en sus propias palabras, al borde de la pobreza. Con su obra esperaba la protección de los Medici, vueltos al poder.

El Príncipe puede ser considerado como un ensayo sobre la dinámica de lo político, de estudio de “las variaciones de los gobiernos”, cuyo objeto era establecer en el curso del relato los factores que determinan los cambios en las posiciones de poder sobre este o aquel territorio. Son esos stati, estados, dominios, de Cosme de Médicis o de los Bentivoglio, que en el vocabulario de Maquiavelo se deslizan hacia la noción moderna del Estado cuando el término designa a la organización política.

Como repetidamente se ha escrito, la descarnada exposición de la lógica de lucha por el poder en El príncipe, alejada de todo condicionamiento moral y religioso, convirtió al libro en manual para un posible ejercicio del poder violento e inmoral. No en vano es interminable la lista de sus discípulos, desde Napoleón a Mussolini, sin olvidar al dictador congolés Mobutu. Por eso, el joven Raymond Aron, siempre perspicaz, puesto a descifrar “el misterio de la claridad” de Maquiavelo, y centrándose en El Príncipe, le señaló como el origen doctrinal de las tiranías modernas. Sobre la base de una concepción pesimista de la naturaleza humana, y utilizando un método experimental y racionalista, Maquiavelo fue a parar a “la exaltación de la voluntad humana y de los valores de la acción”. Los grandes dictadores del siglo XX estarían ahí prefigurados.

Conviene recordar, sin embargo, que el modelo del “príncipe nuevo” se apoya sobre el citado análisis experimental y racionalista, sin presuponer en modo alguno su deseabilidad. Maquiavelo lo avisó en uno de los capítulos más citados de El príncipe: creyó “útil” indagar sobre “la verdad efectiva de la cosa” antes que ofrecer una visión “imaginaria”, idealizada, de la misma. Los espejos de príncipes para nada servían. Por lo demás, sabemos que la acción de Maquiavelo como hombre público consistió en un servicio leal a la República de Florencia desde cargos de primera importancia y que la exhortación final dirigida a Lorenzo de Médici tiene por finalidad hacerle asumir sus deseos patrióticos de liberar a Italia de los extranjeros. “Amo la patria mía más que mi alma”, confiesa en otra carta a Vettori.

No se trata de una técnica del poder aconsejada por Maquiavelo al “príncipe nuevo” sobre el patrón de César Borgia. Análogos métodos recomienda en uno de sus primeros escritos para someter a las poblaciones que se rebelaron contra Florencia. Falta sólo introducir otro componente, el consenso, que le lleva a encontrar otro ejemplo de “príncipe nuevo”, el rey de España, Fernando, quien consigue el apoyo de sus súbditos mediante una política de empresas orientadas a tenerles siempre pendientes de sus iniciativas. Asimismo el príncipe que alcanzó el poder con el apoyo del pueblo, debe mantener su amistad.

La virtud, la capacidad del gobernante para poner en práctica todos los recursos a fin de lograr y conservar el poder, se convierte en virtud colectiva cuando en El príncipe menciona a los venecianos, enlazando con el Maquiavelo republicano de los Discursos sobre la primera década de Tito Livio. Las primeras palabras de El príncipe dejaban ya claro que para Maquiavelo existían dos formas de dominación, de stati, principados y repúblicas, teniendo cada una su propia estructura de poder, base social y lógica de funcionamiento. Parafraseando a Montesquieu, son dos tipos de gobierno y si en los principados el principio del gobierno es la virtud del príncipe, en las repúblicas lo sería el patriotismo: “La entrega a la patria es el mayor honor para un hombre”. Y ello requiere en el orden económico la igualdad, en tanto que la desigualdad resulta incompatible con las repúblicas y es la base del principado. El ejemplo romano hace ver la primera como un equilibrio, logrado gracias al enfrentamiento de los nobles con el pueblo, los dos humores del cuerpo político; ninguno de ellos debe quedar al margen del poder. Surgió así “una república perfecta”, antítesis del conflicto generalizado descrito en El Príncipe.

La visión antropológica pesimista domina la escena en El Príncipe y en los Discursos. Los hombres son tristi, egoístas, desleales, inclinados al mal, y los gobernantes no pueden ignorarlo. Pero aunque la naturaleza humana no cambia, sí cabe considerar que desde tiempos de Roma la condición de los hombres se degradó (traligna), siendo preciso buscar en los tiempos antiguos las soluciones para el presente, tanto en la organización política como en la militar, por cierto contemplada desde el ángulo del ciudadano en El arte de la guerra. Como sujeto colectivo, dentro de un marco institucional, el pueblo se convierte entonces en garantía de la libertad pública, pues su interés consiste en rechazar la opresión. La finalidad consiste siempre alcanzar el equilibrio, logrando la articulación de las ordini, el orden institucional, premisa de las leyes, con la materia, el cuerpo social. Incluso resulta posible soñar con “los tiempos áureos en que cada uno pueda sostener y expresar sus opiniones”. En suma, un vivere politico opuesto a la “autoridad absoluta”, corruptora de la materia. Los pueblos aman el vivere libero, pues de ello depende su bienestar, ya que es el bien común y no el particular lo que engrandece las ciudades.

Sólo ignorando una parte de su obra, resulta posible limitar la aportación teórica de Maquiavelo a sus recomendaciones sobre la estrategia del mal para el “príncipe nuevo”, y menos sirve considerarle un teórico del absolutismo. Puestos a buscar un ejemplo contemporáneo, recordemos una película de Gillo Pontecorvo La batalla de Argel, realizada para denunciar al colonialismo francés, lo cual de poco sirvió pues fue prohibida en Francia, al tiempo que su rigurosa descripción de los mecanismos contraterroristas hizo de ella un material obligado en las escuelas de torturadores de Latinoamérica. Sería absurdo culpar de esa lectura al director italiano, como también lo es ver en Maquiavelo sólo una fuente de perversiones políticas por atenerse a “la verdad efectiva”. Otra cosa es reconocer la existencia de legados opuestos atendiendo a las dos vertientes principales de su pensamiento, la que utilizarán los tiranos y la republicana. Y no son las únicas. Ahí está la reivindicación del amor y del humor en su comedia La mandrágora, “porque la vida es breve, y muchas son las penas que viviendo y esforzándose cada uno soporta”.

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