Animal Político

‘Mara t’aqa phunchawi: Juyphi-pacha’

El sentido político del año nuevo aymara

La Razón / La Paz

00:00 / 24 de junio de 2012

Simón Yampara

Desde mediados del 1970 ya van 40 años de acción recuperatoria —iniciada por un grupo de jóvenes estudiantes aymara-quechuas de la UMSA (Universidad Mayor de San Andrés) y otras organizaciones— del acto de ceremonia ritual celebratorio del mara t’aqa phunchawi, conocida por los incas como Inti Raymi, una acción de reemergencia del ayni (reciprocidad) eco-biótica natural que tiene que ver con la dinámica del proceso de vida de una civilización, expresada en el

a) cambio de la pacha de día corto, noche más larga, a su normalización, b) cambio del movimiento del sol, que retoma la regularización de éste, c) cambio de las autoridades originarias, de los jilaqatas, los mallkus, los qamanas, los yapakus y la renovación de la indumentaria, d) cambio del ciclo agrícola, la cosecha procesada en pirwas, la programación y planificación del futuro año agrícola, e) cambio del uso de las aynuqas con la reasignación de tierras a las familias de los ayllus para el próximo año agrícola y anaqas de pastoreo y f) celebración emulativa mayor a la culminación de un año agrícola y la planificación del nuevo año agrícola.Como verán, no es un simple Año Nuevo Aymara o Año Nuevo Andino-amazónico, como tampoco es willka kuti, mero retorno de las energías del sol, como se denomina y se indica practicar y domesticar como la reproducción del 1 de enero del mundo occidental. De allí viene Año Nuevo Aymara Andino-amazónico. 

Los aymaras y quechuas, los qullanas, pacientemente observan y toleran las acciones y las denominaciones, como lo han hecho a lo largo de los 500 años de colonización, lo que no quiere decir que se convierten en occidentalistas modernistas a ciegas;  más bien hacen un permanente t’inkhu (encuentro y traducción simultánea) entre la tradición y la modernidad, entre el pasado y el futuro, entre los paradigmas de vida del suma qamaña y desarrollo, entre lo andino-occidental.

Donde mara t’aqa phunchawi tiene que ver, por una parte, con la movilización de una serie de dispositivos jurídico, político, cultural hasta “militar” y recuperación de nuestro propio calendario, diría G. Chukiwanka (2012), t’inkhu de calendarios juliano, gregoriano, cristiano con lo andino del mara t’aqa cosmo-convivencial; parte de los “remolinos vitales” de la vida, afirmaría Constantino Lima (2012), o el debate entre la “tecnozoica” y la “ecozoica”, nos dirían Thomas Berry y Brian Swimme. En fin, la movilización de todo un dispositivo de un sistema de valor “civilizatorio” que va creciendo descontroladamente, como el qhathu/feria de la 16 de Julio de El Alto, más allá del espacio y el horizonte de los pueblos de la civilización tiwanakota; por otro lado, es la culminación, el (re)inicio de la gestión de todo un proceso y ciclo de vida de los pueblos qullana del Tawantinsuyu, cuyo territorio —en la horizontalidad, en el siqi (eje, coordenada) de la qulqa (almacén de los recursos naturales y riqueza) de la materialidad interecológica— comprende desde la costa del Pacífico, las quebradas interandinas, el altiplano y los llanos orientales, guiados y encaminados por la dinámica de la chakana (puente que articula, conecta las energías vitales de la vida: materialidad-espiritualidad), que estorba y molesta la constitución y la vigencia de los estados republicanos de tradición y herencia colonial. Es decir, estamos ante la celebración mayor del juyphipacha (época de heladas) después de la chakana (primeros días de mayo)  y del gran poder (primeros días de junio) —ayni (reciprocidad) cosmo- convivencial eco-biótico natural— a la cosecha, acopio y puesta en los silos la producción variada de todo un año agrícola y la planificación/programación del nuevo año agrícola, recibiendo y conviviendo con las energías vitales-espirituales del padre Sol, de la madre Luna y de la comunidad de estrellas representada por la cruz del sur, que recibe el nombre ritual de la chakana.

Entonces, no sólo hay una conexión e interacción directa entre la chakana, el gran poder y el mara t’aqa phunchawi (cuatro días de la segunda quincena de junio: 20, 21, 22, 23, celebración mayor a los cambios anotados y la redistribución de tierras como las energías espirituales), sino una paridad (trialidad) de celebraciones interconectadas de culminación y cierre de un año agrícola, de las actividades del qhathu (negocios, como el gran poder) y el reinicio de otra, donde la generación de la materialidad de los recursos y la riqueza producidas en el año que culmina y el reinicio de la otra merecen y deben ser articulados, consagrados, pareados y complementados de forma comunitaria y de celebración con las energías de la espiritualidad del padre Sol, la madre Luna y las estrellas del cosmos andino. Por eso, es un ayni cosmo-convivencial eco-biótico natural de los pueblos costeño-andino-amazónico de la civilización tiwanakota, cuyo aroma y energía espiritual van más allá del espacio territorial señalado.

Lo preocupante es que por las acciones del descubrimiento de América, la creación de los estados republicanos, hoy, la mala siembra y generalización de los municipios urbanos sobre dinámicas y estructuras propias, se sigue encubriendo el sistema de valores ancestral-milenarios, de los ayllus, las markas, los suyus, las layas de los aymara-quechua —de los 36 pueblos constitucionalizados—  del Tawantinsuyu, del continente Aywia-yala. Mucha gente, entre académicos, políticos y generadores de políticas públicas —los asambleístas—, tienen “ceguera cognitiva”, consecuencia del sistema educativo, articulador del saber-poder-estructura colonial colonizador, pues, la vertiente señalada no está expresada en el diseño curricular del sistema educativo, como tampoco en las estructuras y políticas estatales (se contentan con darle un día de feriado y cacarear con la palabra descolonización) ni en el saber-poder-estructura-conocimiento que se cultiva en los diferentes medios e instancias de la estructura del Estado boliviano.

Estamos ante un proceso perverso —la plurinacionalidad— malamente constitucionalizado. Ese encubrimiento-desconocimiento hace que se hagan acciones teñidas de folklorismo, de jolgorio… y hasta acciones de instrumentalización político-partidarias de los regímenes de gobiernos de turno a este acto celebratorio qullana tiwanakota.

Es decir, antes de dignificar y encaminar por la ruta del sentido histórico-tradicional, va perdiendo y desnaturalizándose por la masiva participación de la juventud urbana y el turismo estacional, llevado por la acción de la espera de la noche con baile de la juventud participante y consumo excesivo de alcohol por la intensidad del frío; luego, al amanecer, al ingresar y recorrer los diversos espacios arqueológicos  —sitios del semillero civilizatorio de Tiwanaku— se pisotea como rebaño de ganados, acelerando el deterioro natural de toda esa riqueza arqueológica.

Todo esto nos está demandando una mayor visualización y dignificación. Estos elementos deben ser parte del diseño y la organización curricular del sistema educativo boliviano en sus diversas modalidades y las políticas estatales diferenciadas y complementarias, a fin de dar mayor equidad y desarrollo cognitivo en la gente boliviana, pero también mayor atención y cuidado del patrimonio civilizatorio andino, lo que los bolivianos debemos celebrar con mayor pertinencia, decisión y convivencia, sobre todo, mayor apertura y comprensión al sistema de valor civilizatorio propio con un sentido de t’inkhu complementario.

Solsticio, descolonización y la Cumbre de Río+20

Félix Cárdenas

La celebración oficial del solsticio de invierno 5520 es un acto cultural de descolonización que tiene implicaciones religiosas, históricas, políticas, económicas y sociales de trascendencia en el contexto de crisis planetaria que vive la humanidad en sus últimos 2012 años y, particularmente, en el proceso de cambio que vive nuestra sociedad conformada por la pluralidad de naciones y pueblos indígenas originarios.

Al ingresar al siglo XXI, las sociedades se encuentran en una crisis de paradigmas de vida. Por un lado, existe la conciencia social de que la civilización construida desde occidente representa una cultura de muerte, donde grupos reducidos de poder económico, político y militar, en su afán de dominar a la naturaleza, ponen al planeta en riesgo del colapso y convertirlo en un planeta no habitable.

Por otro lado, existen sociedades, naciones y pueblos originarios que han construido paradigmas de vida, basados en la armonía con el cosmos, con la naturaleza y con las comunidades humanas; es decir, han constituido una cultura de vida plena o de vivir bien, renovando este sentido y propósito cada solsticio de invierno, cuando termina y se inicia un nuevo ciclo de vida anual. El conocimiento indígena sobre el tiempo-espacio sistemáticamente construido, clasificado y difundido socialmente (ciencia) en las sociedades prehispánicas, ha sido y es el soporte de vida y del paradigma del vivir bien. Los sabios de estas sociedades han construido su conocimiento científico holístico asumiendo su pertenencia y función dependiente dentro de un sistema mayor integrado por el cosmos y la Tierra, Pachamama o Madre Tierra, para las sociedades andinas.

Al contrario, los científicos de las sociedades occidentales, para conocer al hombre, la naturaleza y el cosmos, se han abstraído de ellos (relación epistémica sujeto-objeto). Ese conocimiento, constantemente renovado y actualizado, se ha convertido en patrimonio de pocos y no difundido socialmente; en consecuencia, se ha convertido en un instrumento de poder para manipular todas las esferas de la vida individual y social humana, de los animales, plantas y la materia existente.

Según el conocimiento del tiempo y espacio de las culturas originarias, el 21 de junio es el día  0 (cero) dentro de un calendario anual dividido en 13 meses con 28 días cada uno, que suman 364 días. En aymara ese día se denomina mara t’aqa (día divisor entre un año y otro) y está destinado a celebrar el rito psicosocial de renovación dentro de un ciclo de vida anual, inmerso en un pensamiento vitalista (de vida sin fin o sin muerte) que transcurre en ciclos anuales de dimensión cósmica; es decir, en armonía con un ciclo de rotación de la Tierra (Madre Tierra) alrededor del astro Sol (Padre Sol). En este sentido, es un error considerar al  21 de junio como el primer día del año nuevo andino.

Como este conocimiento es holístico, sus implicaciones se manifiestan en todos los órdenes de la vida: en el plano íntimo de las personas. Es necesario estar en armonía con uno mismo frente a una moral personal y una ética comunitaria pública, así como estar en armonía en las relaciones productivas con la Madre Tierra y con las energías cósmicas. En el plano de la vida social y comunitaria, es necesario armonizarla, solucionando los problemas o conflictos que hayan tenido lugar durante el año que pasa; esta armonización debe tener lugar tanto entre las personas como entre las nuevas autoridades encargadas del cuidado y bienestar de la comunidad; en el plano económico, será necesario armonizar las actividades agrícolas y ganaderas con los ciclos vitales del planeta preservando el medio ambiente y el agua. 

Por tanto, el rito del  Año Nuevo andino-amazónico y chaco-platense tiene sentido social, histórico y político de descolonización, frente a la lógica de colonización de la fiesta del Año Nuevo del calendario gregoriano, cuyo punto de división es el segundo 00 entre el 31 de diciembre y el 1 de enero, pero que tiene implicaciones sólo personales y hasta familiares con buenos deseos de vivir mejor. Una vez celebrado, en la mayoría de los casos desemboca el día siguiente en un ch’aki físico y moral, cuando no en problemas de violencia o de cosas peores, resultado de una fiesta inmersa en un proceso de colonización deshumanizante y comercializado al extremo, a favor del consumismo y del alcoholismo.

Lamentablemente, esta tendencia parece penetrar el rito indígena constituyendo una amenaza de incorporarla al esquema de la cultura occidental para destruirla en su contenido y su sentido trascendental.

Es que, históricamente, los grupos de poder de los países del hemisferio norte se han posesionado en los países del hemisferio sur mediante sistemas de colonización, justificando su acción con una supuesta misión civilizadora y cristianizadora; es decir, como un mandato divino de imponer un dios que tolera la explotación, la opresión, la esclavitud del prójimo, no importando si éste cree o no en él. Quien, además, le habría otorgado el planeta de su creación y lo que contiene para que se beneficiara al máximo a cambio de su fe en él. Durante el siglo XX se constituyó la Liga de las Naciones (colonizadoras) que incorporó sistemas de protectorado y tutelaje  de las naciones del sur por las naciones del norte.

Más tarde, post II Guerra Mundial, evolucionó como sistema de Organización de las Naciones Unidas (ONU) que, desde mediados del siglo XX, fue permitiendo procesos de independencia formal de las naciones de África y Asia. Al mismo tiempo, fueron permitiendo, sino estimulando, la implantación de nuevos sistemas conocidos como colonialismo, tanto internacional como nacional, dentro de los países.

En este horizonte, las naciones víctimas del colonialismo depredador, al pertenecer al mismo sistema de las Naciones Unidas, no tienen mecanismos políticos para detener la cultura de la muerte porque tal sistema está manipulado desde el Consejo de Seguridad de la ONU compuesto por los países más poderosos. Una muestra clara es que la preservación del medio ambiente, desde hace más de 40 años, es sólo un discurso, de diplomacia y finalmente de pago. En este contexto, la Cumbre de Río+20 llegará a los mismos actos declarativos que terminarán en incumplimientos, frustraciones y engaños, como las anteriores tres cumbres, por ser razón de Estado la industrialización de todo, a costa de la depredación y la contaminación ambiental, el enriquecimiento sin límite y el ejercicio del poder para establecer mercados y extraer materias primas, utilizando el poderío militar, político y económico acumulado.

En este marco, la población mundial se ve obligada a manifestar su protesta en foros paralelos a las cumbres oficiales, que tal vez no tengan la fuerza de provocar el cambio, pero, a medida que crece la conciencia de preservación de la vida y del planeta, provocarán el cambio de los paradigmas que sustentan las organizaciones mundiales y se establecerá el nuevo orden que implante la cultura de la vida en lugar de la cultura de la muerte. Entretanto, desde Bolivia impulsaremos aquel cambio generalizando la celebración del solsticio de invierno que está respaldado por el Decreto Supremo 173, de 17 de junio de 2009, y la Ley 3018 de 2005.

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