Animal Político

Matoncito

El episodio pasa; el periodista-matoncito queda. ¿Se trata de una especie en peligro de extinción o, más bien —alerta colegas—, es una epidemia? Ya pues, carajo, digan algo. Y es que con tanta farándula en la televisión nuestra de cada día, en horario estelar de a veinte dólares el segundo, uno no sabe si correr o volar.

La Razón (Edición Impresa) / Exeni / La Paz

00:05 / 24 de mayo de 2015

El matonaje periodístico, ¿es un género, una desviación del oficio, apenas un estilo? Cuando nosotros-los-periodistas, con humildad a prueba de micrófonos, sostenemos que no/nunca/nada tenemos de aclarar, ¿estamos siendo diestros y/o siniestros? Cuando juramos que no vamos a precisar nada, no señora, porque “no imprecisamos nada” (sic), ¿estamos haciendo gala de nuestra sobredosis de inteligencia? Cuando comparamos, en fin, la marraqueta con la pichicata, ¿debemos sentirnos orgullosos, osos, osos?

Si alguna funcionaria pública, digamos una ministra, nos pide que la dejemos hablar —ya pues, joven, escúcheme, yo lo escucho—, ¿está cometiendo abuso de autoridad? ¿Se trata acaso de un “nuevo atentado” contra la libertad de expresión? Y si, trepados en nuestro púlpito mediático, le exigimos a la interlocutora que informe bien, contrarreste, sea más inteligente, no esté a la defensiva, ¿estamos precautelando el derecho ciudadano a la información o, más bien, nuestro bien cultivado engrei/miento?

No sabemos si la señora del sombrero tiene poco, mucho, nada que enseñarle al periodista. El hombre jura que sabe hacer, que no necesita nuevas clases ni lecciones extras. El colega certifica categórico que es “eficiente en el periodismo”. Nada menos. Pero está claro que el matoncito puede aprender. A escuchar, por ejemplo. Y también a comunicar(se), desde lo más primario. Quizás si trabaja de manera coordinada consigo mismo pueda producir una noticia. O quizás si abandona su monólogo…

El episodio pasa; el periodista-matoncito queda. ¿Se trata de una especie en peligro de extinción o, más bien —alerta colegas—, es una epidemia? Ya pues, carajo, digan algo. Y es que con tanta farándula en la televisión nuestra de cada día, en horario estelar de a veinte dólares el segundo, uno no sabe si correr o volar. “No, no estoy aclarando nada, ni a usted ni a nadie. Yo no tengo nada que aclarar”. El matoncito calla, la dama del sombrero dice que dice cuando en rigor poco dice.

¿Y el respetable público? Ah, homo-videns, sin pan, pero con circo. Rescindimos.

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