Animal Político

Mejor no enamorarse de las encuestas

Limitaciones de la encuesta, entre otras: i) las preguntas sobre intención de voto pueden resultar incómodas; ii)  cuanto más alejada del día de la consulta, más diferencias existirán con el resultado final; iii) muchos encuestados no expresan directamente sus expectativas electorales.

La Razón (Edición Impresa) / Ramiro Paredes Zárate

00:00 / 15 de febrero de 2016

A unas semanas de la realización del referéndum, se publicaron un par de encuestas, donde una de las opciones se situaba por encima de la otra y los indecisos se constituían en los protagonistas de esa consulta popular. ¿Y qué es una encuesta?, ¿cuánto influyen sobre el electorado?, ¿cuáles son los factores más importantes de su estructura?, ¿cómo deben leerse los resultados?, ¿son creíbles o son un instrumento de manipulación? Son algunas interrogantes que se plantean cuando se recurre a este método en el campo electoral.

Empecemos este recorrido indagatorio, señalando que se denomina encuesta, al conjunto de preguntas  estandarizadas (a través de un cuestionario) dirigidas a un grupo reducido de individuos (muestra) de manera que las conclusiones sobre lo que piensan, hacen y opinan puedan generalizarse a la colectividad (población) de la que son miembros. Refleja la realidad del instante en que se realizó, pero que de ahí a unos días ese suceso puede cambiar, al extremo que las exploraciones de hoy no sirvan absolutamente para nada.

En esta línea conceptual y enmarcado en el área comicial en su fase preelectoral, apuntar que desde nuestra lectura no existe evidencia empírica que la encuesta determine de manera directa el comportamiento que van a asumir los electores, por: i)  la existencia de indecisos que tomarán una decisión en el  último momento; ii)  el voto escondido que no aparece en los estudios y que respalda a una de las opciones y; iii) los encuestados, que en determinadas circunstancias, pueden mentir por diferentes motivos, al momento de responder la pregunta o cambiar de postura al final de la hora. Elementos que dan lugar a que las inferencias numéricas no reflejen realmente la preferencia del soberano.

Pero, lo anterior no implica que esa investigación no influya en otros actores, ya que al interior del sistema político mueve a una batalla por revertir o mejorar la situación.  Efectivamente, este impacto se manifiesta: i) en los militantes, si el sondeo desfavorece, se genera una especie de desaliento en ellos y probablemente dediquen menos tiempo a la campaña, o más horas para intentar cambiar esa inferencia; ii) en la máxima dirigencia, toda vez que  si la medición estadística le es beneficiosa, entonces tendrá más posibilidades de sumar aliados, contando con mayor poder a la hora de negociar respaldos; algunos sectores buscarán congraciarse con quien está más cerca de la preferencia del elector y; iii) en los medios de comunicación, que otorgarán mayor cobertura a la representación política que lidera la encuesta; en este caso el estudio solo se constituye en un dispositivo publicitario, porque no hay manera de saber si hoy los resultados están como ayer.

Subrayar que toda encuesta tiene sus dispositivos técnicos y entre los más importantes están, el tamaño de la muestra, el margen de error, ME, (intervalo en el cual se espera encontrar el dato que se quiere medir de la población) y el grado de confianza, GC, (certeza de que realmente el parámetro que se busca esté dentro del ME).  Trío que siempre va de la mano.

Por ejemplo, las cifras publicadas y difundidas en la prensa escrita y televisiva (primera quincena de enero), hablan de un tamaño muestral de 1.806 y 1.468 entrevistados (dos investigaciones), sobre un padrón electoral de 6.019.200 personas (a marzo de 2015), esto implica que cada encuestado expresa el pensar y sentir de 3.333 ciudadanos y 4.100, respectivamente. Asimismo, presentan un ME de ± 2,3% y ± 2,6%, y un GC de 95%; con una intención de voto, de 41% por el Sí y 37%-38% por el No. 

También señalan que la recopilación estadística en cuanto a las preferencias habría tenido una cobertura nacional (10 ciudades capitales y 50 localidades), si bien sabemos que las encuestas son un fenómeno esencialmente urbano, principalmente por cuestiones presupuestarias, pero en nuestro caso, con excepción de las 9 capitales de departamento y la ciudad de El Alto, en el resto de las 112 provincias y 339 municipios, al margen de las denominadas ciudades intermedias y algunos puntos geográficos, los electores no  cuentan con ese mecanismo que les permitiera dar a cono-cer sus preferencias.

Ahora bien, ¿y cómo se leen esas cifras?, habitualmente los medios de comunicación y los políticos hacen una lectura equivocada de esos números, esto genera un problema, toda vez que no se interrelacionan los porcentajes de preferencia, con el tamaño de la muestra, ni con el ME y el GC; se las presentan como datos aislados, como si se tratara de una carrera automovilística, quien va primero y segundo, quien sube y baja en el ranking electoral.

Esto no debe ser así, toda vez que al sostener  que el error es ± 2,3% frente a un pronóstico de 41% por el Sí y 37% por el No, en realidad se dice: i) que la prioridad del ciudadano se sitúa en un intervalo del 38,7% al 43,3%, solo de esta manera ese indicador visibiliza su utilidad a la hora de la noticia y; ii) que entre ambas opciones existe una diferencia de 4 puntos porcentuales y no del 4%.

Por otro lado, cuando divulgan el grado de confianza de 95%, probablemente no se tenga idea de lo que ello simboliza, este indicador enseña que si se repitiera la misma encuesta 100 veces, el resultado sería igual en 95 eventos; en los otros cinco, en cambio, tendría un desenlace distinto, incluso fuera del rango que determina el margen de error.

No se puede dejar de mencionar que como todo modelo estadístico o matemático, el paradigma de encuestas demanda insumos cuantitativos y cualitativos para su aplicación, esto abriría espacios para asumir decisiones políticas que pueden vulnerar sus bases técnicas, a partir de la utilización de datos obtenidos de manera sesgada.

Consecuentemente, este tipo de estudio tiene sus limitaciones, porque: i) sus pronósticos exigen procedimientos de estimación basados en una muestra pequeña en un escenario simulado, con operaciones de campo que pueden ser objeto de manipulación en cuanto a la información recopilada; ii) las preguntas sobre intención de voto, probablemente, resulten incómodas para muchos, que ocultan hasta el final su preferencia; iii) la interrogante planteada al entrevistado por el encuestador fue realizada tiempo antes del día de los comicios y que cuanto más alejada se encuentre, más diferencias existirán con el resultado final; iv) muchos encuestados no expresan directamente sus expectativas electorales ante un encuestador desconocido, toda vez que existe una lógica que el derecho de sufragio activo, es algo personal y secreto (se decide en el recinto de votación); v) algunos ciudadanos consideran socialmente arriesgado expresar sus opciones políticas en público; vi) una porción de electores prefieran genuinamente dejar el mayor espacio posible hasta el acto electoral, para ponderar los pros y los contras de las opciones políticas, aunque en realidad terminen votando consistentemente por la postura de la organización política  que goza de su simpatía; y, vii) el resultado de la encuesta se obtuvo en un momento y espacio determinado,  y que el día de mañana puede ser diferente.

Por estas cuestiones, es mejor no enamorarse de las encuestas, porque si los resultados no le favorecen, tendrá partido el corazón, sin esperanza alguna de ser correspondido.

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