Animal Político

Melilla (España), tierra de nadie

Acompañado por Mali, su perra guía, el documentalista Richard Mateos ha denunciado el maltrato contra los migrantes que intentan llegar a Europa a través de Melilla, una ciudad española en África, considerada una de las fronteras más calientes y peligrosas.

La Razón (Edición Impresa) / Mariano Vázquez

00:00 / 11 de octubre de 2015

Para Richard Mateos Rodríguez (español no vidente, documentalista en cine), no hay obstáculos. Su ceguera no lo es. Acompañado por Mali, su perra guía, ha denunciado el maltrato contra los migrantes que intentan llegar a Europa a través de Melilla, una ciudad española en África, considerada una de las fronteras más calientes y peligrosas, y que está cercada por un muro de alta tecnología. Así nació su documental Amurallados. Además, es un activo militante por el cierre de los Centros de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI), a los que cataloga como cárceles.

Richard Mateos tuvo dificultades para movilizarse libremente en Bolivia. Así lo cuenta: “En Bolivia hay un vacío legal respecto a los perros guía para ciegos, pero hay que apelar al derecho internacional y Bolivia firmó la Convención de Naciones de los Derechos de Personas con Discapacidad de 2006. Tuve un incidente en el Hipermaxi en Santa Cruz. Yo llevaba como media hora en el supermercado haciendo mis compras, cuando me echaron porque el administrador decidió que mi presencia era una falta de respeto para todos los clientes. Yo estaba con Mali, mi perra guía, que está entrenada para estas situaciones, ayudarme en mi movilidad, no molestar y, obviamente, en un hipermercado no se va a comer nada, esquiva los obstáculos en los pasillos, los carritos. Alegan que es una mascota. Les explico que es un perro guía, que está entrenado, que viaja en avión a mis pies en vuelos de hasta 12 horas. También me ha pasado en movilidades o taxis, en el PumaKatari, que a veces no me dejan subir. Esto tiene que ver con una concepción de la sociedad mayoritaria que no acepta la diferencia. Es mi derecho a entrar a los sitios con un perro, que es mi apoyo, mis ojos, para ser concretos, y si me lo quitan ponen en peligro mi seguridad. Puedo moverme con alguien, pero tengo derecho a la autonomía. A moverme de manera independiente”.

— ¿Por qué se considera a Melilla como una de las fronteras más duras para llegar a la España continental?

— Melilla tiene apenas 12 kilómetros cuadrados, es una ciudad chiquitita, pero rodeada por tres vallas: una exterior, que si se pasa uno cae en una celda tridimensional; luego aún quedan dos vallas más. La primera de ellas tiene cuchillas, técnicamente se llaman concertinas, que hacen que la gente se queda ensartada. Hay zonas con gas pimienta que se disparan automáticamente, otras con focos que te encandilan si alguien quiere entrar por la noche. Además, está la Gendarmería marroquí y sus fuerzas auxiliares, un cuerpo de élite casi paramilitar. Y del lado español está la Guardia Civil, un cuerpo militar con funciones represivas y la Policía nacional. Una verdadera frontera militarizada.

— Parece imposible alcanzar Europa a través de semejantes mecanismos.

— Parece increíble, pero lo logran. Pasan, pasan. Hay dos estrategias: aprovechar la cantidad, la multitud, 700 a 800 personas intentan cruzar a la vez y una pequeña porción lo logra. La otra es la contraria, hacerlo de a uno o dos y tratar de pasar de-sapercibido. La espera para cruzar es en el monte Burubú en Marruecos, que se conocen como la palma de la mano, un pedegral en el que llegan a estar años, un monte de piedras desde donde se divisa Melilla. Muchos mueren en la espera, por la represión de las fuerzas de seguridad o por la misma valla, que es una máquina de matar; te diría que es, sobre todo, una máquina de mutilar.

— La valla no está exactamente en la frontera con Marruecos, sino a unos 4 a 5 kilómetros, en territorio español. ¿Es así?

— Sí, entre Marruecos y Melilla hay una zona que llaman “tierra de nadie”, que no tiene estatus legal. Luego están las vallas. Los migrantes que llegan piensan que es la frontera, pero no lo es y eso viola el Tratado de los Límites que se firmó en 1860 entre la Colonia Española y el Sultanato de Marruecos, lo que delimita claramente la frontera.

— ¿Qué sucede si logran pasar la valla?

— El Estado español construyó en 1990 el CETI (Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes), gestionado por el Ministerio de Trabajo y de Asuntos Sociales, la cara amable del gobierno. Es tan duro el trayecto, las privaciones, que cuando llegan a Melilla, bailan celebran, gritan: “¡Hemos llegado a Europa, viva África!”. Cuando los reciben, piensan que los han acogido de verdad, hasta que se dan cuenta que no tienen papeles, que están en un limbo jurídico, que se les prohíbe trabajar, por lo tanto la ciudad se convierte en una cárcel.

— Entonces, son acogidos pero no tienes papeles y aún les queda cruzar el Estrecho de Gibraltar. ¿Qué hacen con ellos?

El CETI se llena. Las autoridades, la clase alta y la prensa melillense se quejan, piden que se vacíe el Centro. Dicen: “Estamos invadidos”. El mismo gobierno los traslada en aviones o barcos a la península, a España, y en el continente o bien son acogidos por algunas ONG (Organizaciones No Gubernamentales) o son metidos en centros de internamiento para extranjeros, que son como cárceles, para luego deportarlos a sus países de origen. El proceso de por qué algunos son recibidos por ONG y consiguen papeles y otros no, es muy arbitrario porque todos llegaron de la misma manera.

— A pesar de esto el flujo no cesa.

— Ni un poco. Como cerraron las rutas marítimas, es la única opción que les queda. Para llegar a Melilla muchos tardan de cinco a diez años cruzando toda África, el desierto de Sahara, para llegar al norte de África.

En Marruecos, Argelia, Túnez, Libia el racismo es tremendo con quienes llegan del África negra. Cuando se le cierran las rutas marítimas les queda como último recurso saltar las vallas. Además, es una población muy pobre que no logra pagar a los traficantes. Hay interés en que esos saltos se produzcan por parte de España y Marruecos. Hay un negocio muy grande para empresas de seguridad, para el Estado, ganan mucho dinero. Es el negocio de la frontera.

— En tu documental Amurallados entrevistas a un miembro del sindicato policial, quien te admite que su accionar es ilegal.

— Sí, me admitió que la defensa de la frontera es incompatible con los derechos humanos, que se cometen actos delictivos. También me reconoció que la frontera es un negocio porque continuamente tienen que ser reforzadas, reparadas, mejorar la tecnología, hay ganancias suculentas para varias empresas.

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