Animal Político

Mestizo, cholo, ‘misti’, ‘ch’ixi’

Camino al censo 2012

La Razón / La Paz

00:00 / 08 de julio de 2012

Esteban Ticona

Hablar del mestizaje no es nada sencillo y los que lo han hecho siempre han causado mucha irritación en nuestra historia colonial y republicano. Las descalificaciones extremas al mestizaje están en dos escritores nuestros, uno cruceño y otro paceño. El primero es Gabriel René Moreno, quien escribió en Nicomedes Antelo sobre el mestizo (y extensible al indio) afirmando que “no sirven para nada”. Para Alcides Arguedas, en Pueblo enfermo, el mestizo es inmoral y describe toda la personalidad negativa del mestizo a quien también le llamaba cholo, quien merecía protección, porque lo consideraba menor de edad.

Los dos autores citados eran mestizos, aunque Moreno decía sentirse español y Arguedas era un afrancesado que amaba Europa. Uno se pregunta, ¿por qué tanta crítica negativa a los mestizos, si Moreno y Arguedas eran también mestizos? Pero ninguno de los dos se sentía mestizo y menos cholo.

Hace algunos años, Silvia Rivera propuso la idea del “mestizaje colonial andino”, para entender la descripción del mestizaje del estilo de Moreno y Arguedas. Pero un tiempo después, frente al concepto de mestizaje colonial andino,  propuso la noción aymara de ch’ixi, que quiere decir “gris” y se refiere al mestizaje descolonizado y orgulloso de sus raíces.

Desde el pueblo aymara (puede ser extensible al mundo quechua en alguna medida), la categoría que más se utiliza para identificar al mestizo es el de misti, que es una condición indentitaria, cultural, económica y política. ¿Qué características tiene el misti? Los mistis generalmente estaban (y están) ubicados en los pueblos, que son las antiguas markas prehispánicas (por ejemplo, Tiwanaku); pero hoy se puede añadir a las ciudades intermedias y las grandes urbes. Está claro que los mistis de los pueblos están más cerca de las comunidades aymaras y los mistis de las grandes ciudades tienen estrecha relación con el q’ara y en algunos casos son parte de ella. Los mestizos tienen raíces indígenas, aunque no es sencillo que se autoreconozcan de tal ancestralidad por el prejuicio que existe de tener orígenes indios. En términos socioculturales, el misti es aquél que está fuera de la vida comunal, pero que tuvo esas raíces en el pasado.

Arguedas, en la descripción psicológica que hace del mestizo, hace mucho énfasis en el mestizo político o ligado a los espacios del poder. De la etnografía del cholo de Arguedas se podría deducir que el mestizo copó espacios políticos en todos los niveles de las esferas de poder, sobre todo en la región andina del país, y el poder lo corrompió y se hizo amoral. ¿Cómo es la relación del mestizo o cholo con el poder político? ¿Qué sucede cuando el cholo o mestizo se empodera? ¿Qué pasa con las mestizas? ¿Tienen comportamientos similares a los varones? Algunas respuestas están en el libro de Arguedas y las más recientes en las publicaciones de Rivera.

La enemistad del aymara con el misti se debe al ejercicio del poder despótico extremo. Hay que recordar que muchas sublevaciones indígenas fueron ocasionadas por las acciones coercitivas de los “vecinos mestizos” de los pueblos y los hacendados; pero los mistis también fueron (y son todavía) poseedores de haciendas grandes, medianas y pequeñas. En algunas regiones donde poseían medianos y pequeños latifundios les llamaban wiskhu patrón (patrones de abarcas). Por lo tanto, los mistis fueron (y son) explotadores y discriminadores de los indios. También eran mistis muchos militares, curas y comerciantes, trabajos muy conectados a las formas de tiranía, discriminación y expoliación del pueblo aymara.

Pero en el mundo aymara también se dice misti a aquéllos que se alejaron de sus ayllus y sus comunidades de origen o que han optado vivir en las áreas urbanas y se olvidaron de sus comunidades. A estas personas se les dice mistixiwa, es decir, que se han amestizado. Pero no todo es rencor de los aymaras a los mestizos, muchos comunarios han apelado al misti del pueblo como padrinos y/o compadres, que en la concepción andina es la mejor muestra de aprecio y cariño, pues, se constituyen en la gran familia extendida. Algunos estudios dicen que esto se debería al interés de estratificación social o de acceder a nuevos espacios socioculturales de los aymaras. Sin embargo, lo que se produce en estas prácticas son las relaciones socioculturales de larga duración y creemos que el interés de ser compadres y/o padrinos es mutuo. ¿Quién o cómo usa socialmente el compadrazgo? Tema digno de estudiar.

A estas alturas, los conceptos de mestizo, misti, cholo o ch’ixi siguen siendo conflictivos, incluso aún es un tabú para los propios mestizos, que no quieren autoidentificarse y menos escudriñar sus umbrales; aunque en la vida real practican formas de interculturalidad forzada. ¿Por qué tanto ocultamiento? El Estado del 52 optó como modelo societal al mestizaje y con fuertes linajes coloniales, por eso se generó el discurso del ciudadano monocultural, que fue un total fracaso.

Hoy, en tiempos de cambio, bajo la constitución del Estado Plurinacional, pareciera que aún están los herederos de ese fracaso, que insisten que sea borrado o silenciado el mestizo como categoría identitaria y sociocultural. ¿A qué se teme? ¿Qué se quiere ocultar? La realidad del mestizaje bajo los ejes colonial y descolonizador están muy presentes. El reto para los mestizos, cholos, mistis o ch’ixis es el de descolonizarse y sentirse orgullosos de sus orígenes ancestrales o seguir encapsulados, sintiéndose superiores, pero a la vez retraídos de vergüenza y silencio.

Censo 2012, nación e inclusió n

Carlos H. Laruta

En algún momento de euforia, alguien propuso con ingenio un catálogo de identidades popular-cibernéticas que reivindicaban su inclusión en la boleta del Censo 2012: afamadas “criollitas manteca”, preciosas “rubias k’aima” (desabridas), “churas minas sin inversiones de exploración” y “miskibesos“ (en franca extinción). Igualmente, “yanqui-llockallas”, “medialuna boys”, “blanquitos acomplejaditos que trabajan en ONG”, “penúltimos jacobinos light”, “Poncho rojo 2/3 - 1/3 Calvin Klein” y “k’enchas” malasuertudos que tienen la fortuna de ser mordidos por el único perro del pueblo que encima tiene rabia, también solicitaban su inclusión en la extensa lista de dicha boleta.

Y se hacía esta ironía ante el riesgo de que el Gobierno olvide —una vez  más— incluir en la boleta censal 2012 a la nación común de todos, ubicada como “ninguno” en el Censo 2001. La alternativa “ninguno” era y es algo discriminador y excluyente, pues, “ninguno”, nada, nothing, anyone (inglés), jani markan jaqi (persona sin nación y sin identidad), ch’usa (vacío, aymara), no representa ni expresa la riqueza de la identidad que engloba, envuelve y abarca a nuestro origen parcial, sea este internacional, regional o étnico, expresado en todas y cada una de las naciones y pueblos indígena originario campesinos registrados en 2001 o reinventados por el Movimiento Al Socialismo (MAS) para 2012, que de 36 llegan hoy a más de 50.

Lo plurinacional no había sido tal: la ciencia social habla de que los estados contemporáneos son equivalentes a naciones; es decir, hay Estados-nación. La propia realidad sociopolítica como sentimiento de masas nos habla de que en cualquier nación existen grupos étnicos y “pueblos” indígenas o etnias, como dice la gente del oriente de Bolivia, con sus culturas influidas por el mundo moderno; reservando el nombre de “nación” para el grupo humano que habita un territorio y que comparte la intersubjetividad —sentimientos y pensamientos articulados— de tener una unidad histórica en lo actual que se proyecta hacia el futuro, más allá de las circunstanciales diferencias étnico-culturales que están presentes en todas las naciones contemporáneas (desde Canadá hasta Uruguay), pues, no existe una sola que sea absolutamente homogénea, sin por ello dejar de ser ciertamente una nación.

El actual conflicto del TIPNIS (Territorio Indígena Parque Nacional Isiboro Sécure) ha desnudado los límites reales de convertir las diferencias étnico-culturales parciales existentes en Bolivia en “diferencias nacionales”. Como si quienes viven en al área rural del altiplano de La Paz, porque hablan aymara y comparten algunas costumbres diferenciadas —solo algunas—, pertenecieran a la “nación aymara”, sin importar si compartan lengua y costumbres con otra gentes que no son aymaras.

Esta visión incompleta y distorsionante de la gran adaptabilidad de las identidades indígenas ha sido vencida ya por la gran diversidad y solidez de los puentes articuladores de las diferencias étnico-culturales, puentes que incluyen  las mezclas de sangre (mestizajes), el sincretismo religioso (catolicismo popular) y la formación de la cultura nacional a partir de desarrollar y reinventar las parciales culturas étnicas.

No se puede negar a los pueblos indígenas guaraní, chiquitano, tsimane, mosetén, etc., pero, está claro que no existen como núcleos esencialistas de retorno al pasado, sino como realidades modernas vinculadas al ser nacional boliviano, es decir, a la identidad común que las engloba y las ubica en el mundo. Está claro que después de transcurridos cinco años de la Asamblea Constituyente y a tres de la gestión del Estado Plurinacional, habíamos sido nomás menos plurinacionales y más nacionales de una sola nación, la boliviana.

Esto no excluye los logros de inclusión indígena de los últimos años, que deben comprenderse en la construcción democrática del país a través de la equidad en la presencia de los pueblos indígenas en la identidad boliviana. Parece ser el horizonte de la Bolivia del siglo XXI, pero la realidad sociopolítica y cultural contemporánea señala que debe serlo dentro de una entidad nacional mayor que como una red cubre a las diversas identidades étnicas y culturales en combinaciones como “boliviano de origen aymara”, “boliviano de origen quechua”, etc.

Parece que la dura realidad muestra que la única nación boliviana existente tiene profundas raíces en lo indígena, pero también en lo mestizo y lo cosmopolita. Nación plural, sí, pero una sola. Es decir, hay una sola comunidad humana y política en Bolivia que asemeja a un arcoíris; lo indígena masivo ha puesto ya su color en esa fiesta de colores desarrollando la interculturalidad en todos los aspectos de la vida, pero sin negar la existencia de su única nación: Bolivia.

Pregunta del censo, recoges lo que buscas: Ya en vistas del Censo 2012, la última boleta censal conocida puede subsanar la exclusión de la nación boliviana —a la que todos pertenecemos— sin excluir por ello el reconocimiento de alguna identidad étnica parcial. En ese sentido, la boleta inicial ha sido reformulada por el INE (Instituto Nacional de Estadística) y se ve ahora un paquete de seis peguntas —de la 31 a la 36— en el que la pregunta 31 es la referida a la identidad. Ésta dice: “¿Se considera perteneciente a algún pueblo, nación indígena originario campesino o afroboliviano?”. Se tiene dos alternativas de respuesta, SÍ y NO.  La pregunta se complementa con “¿A Cuál?”

Esta formulación, que la entendemos como resultado de presiones y sugerencias de la sociedad civil boliviana, tiene las siguientes ventajas: a) no excluye a las personas que no se identifican con un pueblo indígena, b) respeta el derecho de identificarse como bolivianos a quienes se autoindentifiquen, además, como miembros de un pueblo indígena, y c) logra un mayor apego a los resultados del censo, en este tema, a la realidad sociológica boliviana de hoy.

Así, se abre la posibilidad de ser incluido sin excluir a nadie. Si la última boleta no repite el error del Censo 2001 e incluye de hecho a la nación boliviana, en respeto del artículo 3 de la Constitución Política del Estado, que señala que las naciones indígena originario campesinas son parte de la nación boliviana, pero sólo parte, habrá ganado la Bolivia plural pero articulada, la Bolivia con diversidad étnica, pero también con mestizaje, habrá ganado el deseo común de vivir juntos y criar a nuestros hijos en nuestra patria. Es decir, habremos ganado todos.

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