Animal Político

Mirando al sur

Los liderazgos son muy importantes en política, no por una suerte de atávico apego al caudillo sino porque generan identificaciones, movilizan, articulan: encarnan las esperanzas de una mayoría y saben dar respuesta a sus necesidades.

La Razón (Edición Impresa) / Manuel Canelas Jaime

00:02 / 30 de noviembre de 2015

La oposición en nuestro país le está pillando el gusto de celebrar las “victorias” en las que ella nada tiene que ver. Primero fueron las consultas sobre los estatutos departamentales que, como todos sabemos, tenían que ver con la aprobación o no de un nuevo marco jurídico local para cinco departamentos. Entre las diferentes causas que pueden explicar los resultados no se encuentra, por supuesto, el que la población se haya sentido persuadida por una oposición que, valga la pena recordarlo, pasó por todas las posiciones posibles: desde el inicial apoyo al Si del alcalde Leyes pasando por el blanco de parte de UN y terminando en el No oportunista de Samuel Doria Medina —incluso fuera del tiempo permitido de hacer campaña. Algo similar acaba de ocurrir con la victoria de Mauricio

Macri en Argentina. Repentinamente nuestros colegas opositores han dejado por un momento la campaña “ciudadana” del No para celebrar como propio el resultado del balotaje en nuestro vecino del sur. Esta recurrencia nos provoca hacer algunos comentarios porque existen más diferencias entre nuestra oposición y el proyecto político de Macri que las que uno puede pensar a primera vista.

PRO. Mundo Pro. Quien quiera empezar a comprender el fenómeno del PRO (Propuesta Republicana, partido liderado por Mauricio Macri, parte de la coalición Cambiemos, que recientemente ganó la elección en Argentina) tiene que leer los artículos de Gabriel Vommaro —mejor aún conseguir su libro Mundo Pro, escrito junto a Sergio Moressi y Alejandro Belloti. Sería erróneo pensar que asistimos sin más a la vuelta del neoliberalismo de los años 90 o quedarnos con cierta idea caricaturesca de Macri por sus orígenes y pensar, como hacían no pocos compañeros argentinos, en sentido de que su condición oligárquica suponía un límite para que los globos amarillos —símbolos centrales del macrismo— irradiasen en lo popular. También, si se trata de entender mejor este fenómeno, que aspira a ser el faro de unas —aun algo— desordenadas nuevas derechas en la región, hay que procurar conocer a su más destacado asesor: Jaime Durán Barba.

Precisamente fue Durán Barba el que desaconsejó a Macri que se presentase a las elecciones de 2011. Se hizo célebre el consejo de “nadie le gana unas elecciones a una viuda”. En realidad, Durán Barba sabía que el kirchnerismo había conseguido superar con éxito no solo la transición de liderazgos entre Nestor y Cristina, sino que ésta había superado la crisis con el campo —que casi le cuesta su gobierno— y había sido capaz de consolidar su liderazgo, combatiendo los prejuicios machistas imaginables y logrando muchos avances en diferentes ámbitos. Efectivamente, cuando Cristina Fernández se presentó a sus segundas elecciones arrasó en las urnas: 54% en primera vuelta, marcando un hito en la historia argentina.  Macri —sobre todo Durán Barba— sabía que más valía ser pacientes y esperar a no encontrarse a Cristina en las urnas.

Eso sucedió este año, después de que no se intentó habilitar la posibilidad a una nueva postulación de Cristina en estas elecciones. Los liderazgos son muy importantes en política, no por una suerte de atávico apego al caudillo sino porque generan identificaciones, movilizan, articulan: encarnan las esperanzas de una mayoría y saben dar respuesta a sus necesidades. Su vigencia la marca su capacidad de seguir aglutinando en torno a sí y de dar respuestas efectivas a los problemas. Si quieren seguir siendo líderes, deben estar, como la hegemonía, en proceso de negociación permanente. Y si nos guiamos por la aprobación de Cristina —en torno al 50% a 8 años de gobierno— se puede decir que seguía siendo la líder más importante del país.

FUTURO. Replegarse en el futuro. Según Alejandro Grimson, uno de los motivos de la derrota del Frente Para la Victoria (FPV, alianza electoral que postuló a Daniel Scioli) fue quedarse solamente “en una defensa de lo logrado” y descuidar términos como futuro y cambio, que fueron apropiados por la derecha. La debilidad de “defender lo logrado” es que si uno ha hecho bien las cosas, éstas son ya patrimonio de todos. La irreversibilidad se logra, de algún modo, cuando se desdibuja parcialmente su origen. Ahora bien, cuando la derecha acepta ese nuevo suelo de conquistas irreversibles también cambia ella misma. Y no se las puede apropiar cualquier derecha. Es por esto que Macri, sobre todo desde la ajustada victoria de su delfín Horacio Rodríguez Larreta para la Alcaldía de Buenos Aires, prácticamente se volvió un peronista. Mucho se comentó el discurso de Macri en la celebración de la victoria de Larreta: no tocaría YPF, ni la asignación universal, ni Aerolíneas… Poco tiempo después llegó incluso a inaugurar una estatua de Perón o a cerrar su campaña en Jujuy en un acto de agradecimiento a la… Pachamama.

Mientras tanto, Scioli no fue capaz de ofrecer con claridad su idea de futuro, de horizonte. Y Macri le estaba disputando lo logrado en la medida en que reconocía casi todo lo hecho; salvo que destruyendo en su discurso, en los sujetos a los que interpela, cualquier idea colectiva, compartida, de futuro. Poco importaba que en su momento Macri y su gente se hayan opuesto con dureza a casi todo lo que ahora decía que defendería: lo proclamaba, entre bailes y sin rubor. A eso le podemos sumar que el peronismo, en este caso, no cumplió lo que decía Perón: “adentro los sillazos, afuera los abrazos”. La primera regla de las “internas” en política es que existen y la segunda es que nunca lo hacen en público.

En un debate con mi amigo Íñigo Errejón, él señalaba que existía una falsa dicotomía en la que se puede caer con facilidad, en la que los gobiernos progresistas pueden caer con relativa facilidad: estabilizar versus avanzar. Uno puede tener la tentación de asegurar ciertas conquistas, volverse precavido, más si está gestionando la cosa pública. En no pocas ocasiones pueden aparecer ciertas demandas que, aunque uno entiende necesarias, pueden, para decirlo coloquialmente, “hacer que las cuentas no cuadren” o alterar demasiado el equilibrio existente y, claro, no se renuncia a estas iniciativas sino que se las posterga hasta “estabilizar lo logrado”. Este es quizás el principal riesgo al que nos enfrentamos: porque se consolida cuando se avanza, conviene no olvidarlo; aunque las cuentas no cuadren.

El citado Grimson, en un artículo de 2013 que ahora puede ser leído como una advertencia o una premonición, comentaba algo parecido: “Se gobierna construyendo espacios de sustentación que, por más grande que sea el apoyo logrado, busquen trascenderlo. Incluso si al intentar amplificarlo solo se lograra preservarlo. (...) Son necesarios porque en su completa ausencia hay una renuncia a la disputa por ampliar las propias bases, por ampliar la frontera de personas y grupos que se pueden interpelar”.

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