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Momentos de tensión en las Fuerzas Armadas

En un breve repaso de la historia de las Fuerzas Armadas se identifican los siete momentos de mayor tensión institucional que atravesaron. Sin duda, la mayor crisis se dio en 1952, con la disolución del Ejército y el encarcelamiento de sus oficiales.

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Aguilar Agramont

00:06 / 04 de mayo de 2014

En la historia de las Fuerzas Armadas (FFAA), desde su creación el 7 de agosto de 1825, se puede identificar siete momentos de mayor tensión institucional: el inestable siglo XIX, la Guerra Federal (1898-99), la etapa posterior a la Guerra del Chaco (1932-1935), la revolución de 1952, la tensión estatal entre 1969 y 1970, el fin de las dictaduras (1982); y el reciente conflicto institucional de suboficiales y sargentos (2014); esto último por una sencilla razón: nunca se había dado una huelga ni numerosas marchas de protesta protagonizadas por los propios militares.

A continuación se hace un breve repaso de la vida de las FFAA sobre la base del libro Orígenes del poder militar. Bolivia 1879-1935 del historiador inglés James Dunkerley. En el siglo XIX, los militares se disputaron el poder incontables veces: de 1826 a 1903, Nicanor Aranzaes cuenta 185 “revoluciones”, según cita el inglés; es decir, a razón de más de dos revueltas por año.

De este primer periodo republicano, Aranzaes describe: “(...) La insubordinación se hacía contagiosa”, tan es así que parecía que esa actitud “formaba parte de su estructura. (...) Los oficiales que han alcanzado el rango de coronel, no solo se plantean la posibilidad de convertirse en presidente o dictador, sino que piensan tener derecho a tales cargos”.

Siguiendo este razonamiento, se puede decir que la institución en formación de las FFAA en el siglo XIX es un caos. Los gobiernos militares lucran de la nación sin disimulo de distintos modos: “A nada se han dedicado sino (...) a latrocinios de la hacienda pública, extorsiones al tributo indigenal (...) sin ningún objetivo nacional”, escribió en 1843 Frederick Masterton, encargado de Negocios británico, de acuerdo con Dunkerley.

Todo este lapso puede considerarse como una continuidad de momentos críticos de la institución en que unos militares confabulan y conspiran contra otros. El segundo momento, según el periodista Carlos Soria Galvarro, fue durante la Guerra Federal.

Entre 1898 y 1899 en que se vivió el conflicto que enfrentó a Sucre y La Paz, las Fuerzas Armadas oficiales respondían al mando de los unitaristas de la capital de Chuquisaca, mientras que el ejército formado por los liberales paceños sería, desde este enfoque, irregular. “José Manuel Pando y otros militares improvisan un ejército y se alían con los aymaras comandados por Zárate Willka”, destaca. Como se sabe, los unitaristas fueron aniquilados y el ejército irregular devino en el oficial.

El tercer momento es el posterior a la Guerra del Chaco (que empezó en 1932 hasta la firma de la paz en 1935), tras la derrota boliviana. La posguerra del Chaco, con los militares David Toro, Germán Busch, Enrique Peñaranda y Gualberto Villarroel, fue de conflicto interno en las FFAA, pues se echaban la culpa unos a otros por el fracaso de la campaña en el Chaco Boreal.

Toro golpea al civil republicano Daniel Salamanca, en 1936; luego es derrocado por Busch en 1937; tras el suicidio de éste (1939), una junta militar llama a Enrique Peñaranda como presidente para detener las reformas iniciadas por Busch; en 1943 un grupo de militares que propugnaba una reforma institucional de las FFAA, encabezado por Gualberto Villarroel, derrocó a Peñaranda, quien representaba a la facción más conservadora del ejército, por lo que tenía una alta aprobación de Washington.

Como se ve, el reformismo en las FFAA se ensayaba con fusiles y no con marchas ni huelgas, como es el inédito caso actual de los suboficiales y sargentos.

Siguiendo cronológicamente, es claro que el momento de mayor crisis que hayan vivido las FFAA fue en 1952, durante la revolución nacionalista. Éste es el cuarto momento. Según René Zavaleta Mercado, en su texto Consideraciones generales sobre la historia de Bolivia, 1932-1971, la disolución de las FFAA se da antes de que se dicte oficialmente su abolición: “El ejército había sido disuelto por la insurrección misma y el general Torres Ortiz, su comandante, tuvo que rendirse formalmente en Laja, a unos 20 kilómetros de La Paz”. Ya en abril de 1952 se oficializa su disolución y se crean milicias de mineros, campesinos y fabriles. Varios oficiales y cadetes militares fueron encarcelados.

Sin embargo, el sueño no duró mucho, pues la crisis económica que vivía el país despertó a  los emenerristas. Washington ofreció “ayuda” económica a Paz Estenssoro, quien aceptó. Por supuesto, la ayuda no era gratuita, pues involucraba que el gobierno debía seguir lineamientos de la Casa Blanca. Una de las condiciones que Estados Unidos impuso a cambio de otorgar ayuda económica al gobierno de entonces, fue la reapertura del Colegio Militar y la reorganización del Ejército. Paz lo hizo así en 1954. De este modo, las FFAA salieron de su peor crisis hasta hoy.  Paradojas de la historia: el 25 de abril, el presidente Evo Morales celebró esta reapertura en el Colegio Militar de Irpavi y señaló que las FFAA ahora son “anticoloniales”.

El quinto momento de tensión institucional —que Soria Galvarro califica de “bastante serio”— se da con Alfredo Ovando y Juan José Torres enfrentados con René Miranda. “Hay una separación notoria de tendencias ideológicas”. En efecto, Miranda representaba al sector más conservador de las FFAA, lo que no coincidía con el progresismo encabezado por Ovando (que nacionalizó la Gulf Oil) y JJ Torres.

En estas pugnas se llega hasta la confrontación. “El punto crítico es el golpe de René Miranda a Ovando; la renuncia del primero y la posterior acción de Torres, apoyado por la Fuerza Aérea y los suboficiales, para derrocar a Miranda, (lo que) descolocó al resto de las Fuerzas Armadas”. Este episodio “se cierra” con el golpe de Banzer, concluye.

El sexto momento de tensión interna se da con el fin de las dictaduras militares en 1982, con Luis García Meza, lo que a su vez concluye con el retorno a la democracia. “Los propios militares intentan derrocarlo. Las FFAA tenían una brasa caliente en las manos y no sabían qué hacer”, señala Soria Galvarro. Además de que a este desgaste de la política de seguridad del Estado, que venía desde 1964, se sumó que el gobierno de García Meza estaba íntimamente involucrado en el narcotráfico y la corrupción.

Ya hoy en día, se puede decir que el séptimo momento de tensión institucional es el actual, y no parece comenzar precisamente con la huelga de suboficiales y sargentos pidiendo una reformada Ley Orgánica de las Fuerzas Armadas (LOFA), sino que se viene planteando desde la reestructuración del Estado a raíz del proceso constituyente desde 2009.

En ese momento se quiso reestructurar a las FFAA, como dice el ministro de Gobierno Carlos Romero, pero las pugnas entre la Policía y los militares impidieron que se mueva el texto en la nueva Constitución.

De hecho, la parte en que la nueva Carta Magna se refiere a las Fuerzas Armadas y la Policía es prácticamente la misma de la antigua Constitución. La única diferencia que se encuentra es que la anterior CPE dice “República”, lo cual es sustituido por el término de “Estado”. El resto es prácticamente un copy-paste.

El momento de tensión está en relación a un desfase de una institución de rasgos tradicionales que en el momento de la enunciación de su discurso dice de sí misma ser “anticolonial, anticapitalista y antiimperialista”, según nota la experta en temas de seguridad Loreta Tellería.

Que sargentos y suboficiales entren en huelga y hagan marchas es del todo inédito. El conflicto es un síntoma de que el contexto de casi 34 años de democracia y el de la nueva constitucionalidad, está interpelando a las FFAA a reajustarse a los tiempos. En este sentido, fue el mismo ministro de la Presidencia, Juan Ramón Quintana, quien reconoció en medios estatales de que no se realizó esa tarea y señaló que las reformas pueden darse siempre y cuando los reformistas sigan los canales regulares y no la “insubordinación”.

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