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Murió Julio Scherer, maestro de periodismo

Julio Scherer García: “La cirugía y el periodismo remueven lo que encuentran. El periodismo ha de ser exacto, como el bisturí. Si algo me apasiona es el periodismo sin imaginación, el toque de la realidad como es. En nuestra profesión nada supera al dato estricto y a la palabra exacta”.

La Razón (Edición Impresa) / Luis Pablo Beauregard

00:03 / 11 de enero de 2015

El tres de octubre de 1968, un día después de la matanza de estudiantes de Tlatelolco, el diario Excélsior publicó una viñeta del caricaturista Abel Quezada. Sobre un recuadro negro se leían las palabras ¿Por qué? La caricatura respondía con fuerza a la barbarie del Ejército. La decisión de publicarla la tomó Julio Scherer García, que llevaba poco más de un mes como director del periódico y había emprendido un cambio para terminar con la prensa servil al poder de México.

Ése fue el sello que marcó la vida de Scherer, el gran maestro del periodismo mexicano, que falleció la madrugada del miércoles 7 en su hogar de la Ciudad de México a los 88 años a causa de un choque séptico. Así finalizó una extensa carrera de 70 años en el periodismo que comenzó en la década de los cuarenta como mensajero en el Excélsior y que dejó 22 libros publicados. Tras el golpe a ese diario orquestado por el presidente Luis Echeverría en 1976, Scherer fundó la revista Proceso. Su último texto se fechó un mes antes de su muerte, dedicado a la muerte de su amigo, el escritor Vicente Leñero.

Murió el reportero eterno, único mexicano que pudo sentarse con una libreta para entrevistar a personajes como Fidel Castro, Pablo Picasso, John F. Kennedy, Salvador Allende, al Che Guevara, Augusto Pinochet, Olof Palme y Zhou Enlai, entre muchos otros. Elena Poniatowska escribió que Scherer le había confiado que uno de sus grandes lamentos era el no haber entrevistado a Nelson Mandela.

Sus crónicas, como la de la hambruna en Bangladés en 1974 (recuperada recientemente por Letras Libres), hablan de una ambición por contar el mundo que se desplegaba más allá de las fronteras mexicanas en una época donde el poder y el resto de la prensa preferían mirar hacia adentro.

“La cirugía y el periodismo remueven lo que encuentran. El periodismo ha de ser exacto, como el bisturí. Si algo me apasiona es el periodismo sin imaginación, el toque de la realidad como es. En nuestra profesión nada supera al dato estricto y a la palabra exacta”, escribió Scherer, un hombre que negaba las entrevistas porque rechazaba que los reporteros fueran el centro de la atención.

Una anécdota dibuja la persistente obsesión de Scherer por la precisión de las palabras. Gabriel García Márquez le mandó el manuscrito de El amor en los tiempos del cólera, que se encontraba en galeras. Después de leerlo, el periodista llamó por teléfono al Nobel. A Scherer lo deslumbró la descripción de la mulata de “senos atónitos”. “¿De dónde, Gabriel, nace el calificativo insólito y perfecto”, preguntó Scherer. “El adjetivo brillaba como ningún otro. García Márquez dio otra pasada a la novela para cerciorarse que apareciera una sola vez en la obra”, recuerda Scherer en Estos Años.   

Scherer era nieto de Hugo, un banquero alemán que llegó a México a mediados del siglo XIX para instalarse en la alta sociedad durante la dictadura de Porfirio Díaz. Con la Revolución mexicana muchos de los inmigrantes europeos regresaron a Europa. Hugo Scherer no lo hizo. El país recompensaría su fidelidad haciéndolo director del Banco Nacional de México. Julio Scherer, el tercer hijo del matrimonio entre Pablo, el hijo de Hugo, y Paz García, nació el 7 de abril de 1926.

La reputación de Scherer lo hizo ganarse el gran reconocimiento de los grandes intelectuales mexicanos. Tras la matanza de octubre del 68, Octavio Paz, embajador de México en la India, decide renunciar al cargo como protesta. Planea regresar a México y Scherer le ofrece fundar un medio. Así nace Plural, una revista literaria fundamental para la vida cultural mexicana de la década de los setenta y semilla de Vuelta. “Aceptamos con una condición: libertad. Scherer aceptó como los buenos y jamás nos pidió suprimir una línea o agregar una coma. Actitud ejemplar, sobre todo si se recuerda que más de una vez los puntos de vista de Plural no coincidieron con los de Excélsior”, escribió el Nobel mexicano.

Como reportero, a Scherer siempre le atrajo la figura del poder como objeto para retratar con su pluma. Su libro Los presidentes es una crónica indispensable para entender la figura del ejecutivo y la obsesión por la transmisión del poder en el México de la segunda mitad del siglo XX. A partir del acceso que solo él podía tener elaboró perfiles de cinco mandatarios, de Adolfo López Mateos (1958-1964) hasta Miguel de la Madrid (1982-1988). Amplió esta memoria del poder con los libros Estos Años y Salinas y su imperio, sobre el sexenio de Carlos Salinas de Gortari (1988-1994). Su conclusión es que la silla presidencial tiene un misterioso veneno que trastorna a quienes la ocupan.

En 2010, Ismael Zambada, el poderoso líder del cártel de Sinaloa que ha vivido a salto de mata escapando del Gobierno por más de 30 años, hizo una invitación a Scherer. Ambos tuvieron un encuentro en una zona serrana desconocida. El reportero perpetuo, a sus 83 años, le pidió una entrevista. El capo se negó. Solo quería conocer en persona al gran decano del periodismo mexicano.

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