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‘Nuestramérica’ en la encrucijada para ampliar el ‘ciclo progresista’

No terminó el ‘ciclo progresista’, pero sí cambió de signo el ciclo económico. Lo que a su vez demanda cambiar el modelo inicial cuya palanca era la recuperación, inversión y redistribución de las rentas. Ahora, de lo que se trata es de depender cada vez menos de la puesta en valor de los recursos naturales.

La Razón (Edición Impresa) / Armando Bartra

00:02 / 28 de diciembre de 2015

Por tres lustros, Nuestramérica ha sido un caldero social donde se cocinan cambios justicieros y libertarios. No revoluciones al modo de las del siglo XX, sino mudanzas emancipadoras de nuevo tipo impulsadas por una combinación de movimientos sociales y triunfos comiciales, que permitieron tanto rupturas drásticas con el orden anterior, como cambios graduales y acumulativos gestores de una nueva correlación de fuerzas y una inédita direccionalidad en el curso histórico subcontinental. Viraje con alzas, bajas y quiebres regresivos previsibles cuando la transición se opera con democracia y pluralismo político y no con dictaduras revolucionarias. Los triunfos de la derecha en las elecciones presidenciales de Argentina y en las legislativas de Venezuela son descalabros preocupantes que, sin embargo, no cancelan de un golpe comicial la fuerte inserción social de la izquierda en esos países. Los ríos profundos del llamado “ciclo progresista” no se han secado, siguen fluyendo y de lo que se trata es de alimentarlos. Y lo primero es ponderar los muchos y sorprendentes cambios hasta hoy operados.

Revolución. Reinventando la Revolución. Me aproximaré por Bolivia a las mudanzas sociales nuestramericanas, porque conozco un poco mejor sus experiencias que las de otros países. Y lo primero es decir que el pueblo boliviano reinventó la revolución. En unos cuantos años de intenso activismo, los revolucionarios de ese país mediterráneo rehicieron el paradigma revolucionario, rediseñaron la revolución.

En el despegue del tercer milenio los pueblos andinos y amazónicos de Bolivia ensayaron una vía inédita, un curso de transformaciones nunca antes recorrido. Concibieron y realizaron una revolución nueva, un vuelco social que se aparta de la canónica Revolución Francesa de 1789, cuyo modelo siguieron con más o menos apego todas las revoluciones del siglo XX: derrocamiento violento del gobierno, expropiaciones y ejecuciones perentorias, dictadura revolucionaria y largos años de penuria si no es que de hambrunas y mortandad.

En vez de esto la revolución boliviana resultó de una feliz y comparativamente incruenta combinación de movimientos sociales y triunfos comiciales, operada concertadamente por organizaciones populares y partidos políticos. Y pudo consolidarse porque, a diferencia —por ejemplo— de la Unidad Popular chilena en 1970, en Bolivia antes de triunfar en las elecciones ganaron reiteradamente las calles, o sea que antes de tomar el poder arriba tomaron el poder abajo.

Pero no solo la revolución se hizo Estado emergente, es decir poder político, poder social y poder moral, combinando las acciones colectivas de masas con la concurrencia ciudadana a las urnas, también se ha mantenido en el gobierno ganando reiteradamente las elecciones. Ratificación comicial que hace de la boliviana una inédita revolución inobjetablemente democrática y políticamente pluralista, donde el proyecto revolucionario es sin duda hegemónico, pero las oposiciones también gobiernan al participar en minoría de los poderes Ejecutivo y Legislativo.

En cuanto al Estado, los bolivianos no lo refundaron simplemente porque en Bolivia no existía ni había existido un verdadero Estado nacional. Así las cosas, tuvieron que fundarlo, edificarlo desde sus cimientos. Y ya puestos a hacer, se les ocurrió diseñar un Estado que no tiene paralelo en Nuestramérica ni en el mundo, un “Estado plurinacional comunitario”.

Presididos e impulsados por el primer gobierno del Movimiento Al Socialismo (MAS) se gestó un amplio Pacto de Unidad en el que convergieron todas las fuerzas políticas y sociales, un plural proceso constituyente y finalmente una nueva Constitución que, entre otras cosas, reconoce los derechos políticos y sociales de una treintena de pueblos originarios. Logros de sociedad y gobierno que cambiaron radicalmente el rostro político de Bolivia, un país nuevo que hoy garantiza la autonomía de todas las etnias, desde las que agrupan a millones de personas hasta las que no llegan a la decena de integrantes.

En lo tocante a la economía, la que ha venido tejiendo la revolución boliviana es, por mandato constitucional, una quimera. Una abigarrada combinación de las más divergentes lógicas productivas. “Economía plural” en que coexisten y se entreveran empresas privadas, empresas públicas y emprendimientos sociales tanto familiares, como comunitarios y cooperativos. Todo bajo la conducción del Estado revolucionario cuyo encargo es erigir un paradójico “socialismo comunitario”.

Y digo paradójico porque antes se pensaba que el socialismo tenía como punto de partida al capitalismo, sistema que debía negar y superar, y a su vez el capitalismo suponía la previa disolución de la comunidad. Comunidad que en Bolivia persiste y, gracias a la revolución, se fortalece pues el ayllu —la comunidad andina— es el cimiento del inédito orden al que esos pueblos quieren arribar.

Por si fuera poco, la boliviana ha sido una revolución de bienestar. No solo del “buen vivir” como paradigma y aspiración, sino del bienestar aquí y ahora. Una revolución que desde el principio se tradujo en mejores condiciones de vida y trabajo para las mayorías populares. Incremento del empleo, elevación de los ingresos y mayor cobertura y calidad de los servicios, que sacaron a muchos de la pobreza extrema.

Hecho sin precedentes, el milagro histórico que representa una revolución de bienestar, y no de penuria como las de antes, fue posible porque el gobierno revolucionario supo aprovechar la coyuntura de altos precios de las materias primas y los productos primarios. Bonanza resultante de la combinación de una crisis civilizatoria de escasez, con progresivo agotamiento del petróleo y otros minerales y un aumento de la demanda resultante de la sostenida expansión de la economía mundial. Oportunidad excepcional que se hizo efectiva gracias a la decisión revolucionaria de rescatar la soberanía cedida a las transnacionales, recuperando el control de los recursos naturales y de sus rentas. Lo que dio al Gobierno la holgura económica necesaria para trabajar por la equidad e impulsar una generosa revolución de bienestar.

Los pueblos bolivianos están haciendo camino al andar. Reinventaron la revolución, fundaron un nuevo Estado, han ido cambiando de carril la economía y lo están logrando sin penurias y con pluralismo político. Un milagro no caído del cielo sino hecho a mano y con mucho esfuerzo. Así contado, parece fácil. No lo ha sido. Y será más complicado ahora en que la economía mundial se estanca, caen los precios de las materias primas, refluyen los capitales y se elevan las tasas de interés, imponiendo severas restricciones a las economías emergentes, que de ahora en adelante tendrán que moverse en escenarios de estrechez.

No terminó el “ciclo progresista”, como celebran algunos y lamentan otros, pero sí cambió de signo el ciclo económico. Lo que a su vez demanda cambiar el modelo inicial cuya palanca era la recuperación, inversión y redistribución de las rentas. Ahora más que antes, de lo que se trata es de depender cada vez menos de la puesta en valor de los recursos naturales y más del trabajo de los bolivianos y las bolivianas. Y en el difícil tránsito, pasar de la bonanza a la austeridad sin que mermen demasiado el respaldo y la energía social que han hecho posible la revolución. Éste es el desafío.

Documenta el tamaño del reto la constatable pérdida de respaldo que padecen las izquierdas cuando         —como ha sucedido recientemente en Venezuela, Argentina y Brasil— al frenarse la economía se estanca o deteriora el nivel de vida de la gente. Lo que indica que la ideología no lo es todo y que, si bien no es lo único ni lo principal, pues cuentan, y mucho, la dignidad, la soberanía y las libertades, el bienestar de la población ha sido y es un pilar importante de las recientes revoluciones conosureñas.

AVENTURA. La aventura posneoliberal. Bolivia no es la excepción sino solo un ejemplo. La mayor parte de los países del cono sur ha emprendido, cada uno a su modo, la apasionante aventura posneoliberal. Venezuela, Ecuador, Brasil, Argentina, Chile y Uruguay eligieron gobiernos de izquierda. Y aquí empleo “izquierda” en términos relativos: no una sustancia sino un lugar en espectro político de los contendientes. Gobiernos posneoliberales también llamados “progresistas” que resultaron del hartazgo y repudio de los pueblos al capitalismo desmecatado [jerga gay: “un homosexual varón que se le nota y hace alarde de su lado femenino”] y canalla que se impuso en el último tercio del siglo XX.

El saldo primero y mayor del vuelco es la dignidad, la autoestima que hoy tienen los hombres y las mujeres del subcontinente; el segundo es que el latinoamericanismo dejó de ser una fórmula vaga para convertirse en una pujante realidad manifiesta en que nos conocemos mejor y nos queremos más, pero también en debutantes instancias multinacionales como Alba, Mercosur, Celac, Unasur, Petrocaribe, entre otras.

Rechazar las tóxicas recetas del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional, y hacerlo en países como los nuestros, atrapados por una economía globalizada, en que siguen imperando las transnacionales y el capital financiero especulativo, no es fácil. Y menos cuando las oligarquías locales y el imperio presionan por todos los medios, golpismo incluido, para evitar que nos salgamos del redil.

Ser oposición política o social es sencillo, todo consiste en señalar y combatir los males sistémicos que nos agobian. Ser gobierno es mucho más enredado. Simplificando, podríamos decir que la tarea de la oposición de izquierda es ir cambiando a favor del pueblo la correlación de fuerzas, mientras que un gobierno de izquierda debe en principio asumir la correlación de fuerzas de la que ha surgido y de donde viene su mandato. El Gobierno tiene más recursos institucionales pero menos margen de maniobra, en cambio la oposición tiene menos aparatos institucionales pero mayor libertad de acción. Así el que la oposición devenga gobierno no debiera cancelar la movilización social. No solo para apoyar al gobierno progresista sino para cuestionarlo y empujarlo desde abajo. A esto el vicepresidente de Bolivia, Álvaro García Linera, lo llama “tensiones creativas de la revolución”.

Aunque a veces no son tan creativas. Sea porque los gobiernos progresistas pierden impulso o extravían el rumbo, sea porque las oposiciones sociales y políticas se dejan arrastrar por el inmediatismo y los particularismos, lo que eventualmente las lleva a fortalecer movimientos de derecha. Una derecha latinoamericana que —atención— está descubriendo que también los movimientos sociales pueden ser su arma.

En esta coyuntura, algunos temas polémicos cobran visibilidad al ser retomados por expertos y analistas. Uno es el del llamado “extractivismo”, término con el que se estigmatiza a las políticas de Estado que, además de ocasionar deterioro socio ambiental, conducen a una excesiva e insostenible dependencia económica respecto de las exportaciones primarias. Otro tema sensible es la dificultad de conciliar los derechos autonómicos de los pueblos originarios con el interés nacional presuntamente representado por el Estado. Son estas, sin duda, cuestiones importantes, pero pienso que la forma más productiva de debatirlas es ubicándolas en su contexto, pues transformar toda discrepancia en una cuestión “de principios”, como acostumbran cierta academia y algunas ONG que hacen de esas batallas su razón de ser, no favorece el diálogo ni ayuda a encontrar puntos de coincidencia.Un ejemplo: en Argentina el gobierno de Cristina Fernández dio la batalla contra la poderosa oligarquía del campo para incrementar la renta agrícola captada por el Estado y destinada a servicios públicos y otros gastos sociales.

Su política fue acusada por cierta izquierda de extractivista por lo primero y clientelar por lo segundo. Ahora los voceros del presidente Mauricio Macri anuncian que se cancelarán o reducirán las retenciones agrícolas estatales, merma que obligará a aumentar los precios de los servicios públicos y deteriorará el nivel de vida de los argentinos. ¿De verdad es tan malo recuperar y redistribuir las rentas? ¿De veras todos los gobiernos no poscapitalistas son iguales?

Pero en el terreno de las ideas de izquierda, el problema mayor que yo encuentro es que una parte del pensamiento crítico sigue mirando con ojos del siglo XX los procesos ocurridos en el cono sur en el arranque del siglo XXI. Sigue pensando en una revolución y un socialismo que quedaron atrás, y es incapaz de percibir las vertiginosas y felicísimas novedades revolucionarias que nos trajo el tercer milenio.

En 1998 Venezuela dio la señal de salida y años después, al encabezar con Lula, Kirchner y Evo la derrota del ALCA e inaugurar los tiempos del Alba, Hugo Chávez devino el padre fundador de la nueva América bolivariana. Emblema de la indianidad empoderada, Evo Morales es artífice del primer Estado plurinacional comunitario del continente y del mundo. La nueva Constitución de Ecuador le mueve el piso a la teoría jurídica liberal, reconociendo los derechos de la Pachamama. Los gobiernos del brasileño Partido de los Trabajadores redujeron dramáticamente la desigualdad social en uno de los países más desiguales del planeta. Los Kirchner llevaron a la Argentina del “corralito” y el “¡que se vayan todos!” a la tenaz reconstrucción tanto de la economía como de la dignidad nacional. Y los gobiernos de izquierda ganaron elecciones una y otra vez.

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