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‘Nuestramérica’ en la encrucijada para ampliar el ‘ciclo progresista’ Parte II (final)

Estoy convencido de que, pese a la ofensiva de la derecha y a que el contexto macroeconómico es desfavorable, el proyecto libertario y justiciero seguirá calando en las conciencias, las prácticas y las instituciones, como lo ha hecho en los pasados tres o cuatro lustros.

La Razón (Edición Impresa) / Armando Bartra

00:00 / 04 de enero de 2016

Por tres lustros, Nuestramérica ha sido un caldero social donde se cocinan cambios justicieros y libertarios. No revoluciones al modo de las del siglo XX, sino mudanzas emancipadoras de nuevo tipo impulsadas por una combinación de movimientos sociales y triunfos comiciales, que permitieron tanto rupturas drásticas con el orden anterior como cambios graduales y acumulativos, gestores de una nueva correlación de fuerzas y una inédita direccionalidad en el curso histórico subcontinental. Viraje con alzas, bajas y quiebres regresivos previsibles cuando la transición se opera con democracia y pluralismo político y no con dictaduras revolucionarias. Los triunfos de la derecha en las elecciones presidenciales de Argentina y en las legislativas de Venezuela son descalabros preocupantes que, sin embargo, no cancelan de un golpe comicial la fuerte inserción social de la izquierda en esos países. Los ríos profundos del llamado “ciclo progresista” no se han secado, siguen fluyendo y de lo que se trata es de alimentarlos. Y lo primero es ponderar los muchos y sorprendentes cambios hasta hoy operados.

CICLO. ¿Fin del “ciclo progresista”? Dignidad, soberanía, libertades, reconocimiento de derechos, democracia, pluralismo y participación son dimensiones sociopolíticas del viraje en curso. Viraje que en el ámbito económico se tradujo en recuperación soberana de los recursos naturales y redistribución democrática de una parte de sus rentas, aprovechando para ello la fase expansiva global y la apreciación de las materias primas.

De estos logros y de los factores que los posibilitaron, lo que sin duda terminó con la caída de las commoditie es el ciclo económico anterior y el modelo de desarrollo en él sustentado, no necesariamente el ciclo político social. Dimensiones macroeconómica y sociopolítica que están relacionadas, pues, como dije antes, la legitimidad de los gobiernos de izquierda depende en parte del bienestar y la inclusión social que han propiciado, pero que no deben confundirse.

Como tampoco deben confundirse los descalabros o derrotas electorales de la izquierda, con cambios equivalentes en la correlación de fuerzas. A fines de 2015, en Argentina la derecha de Cambiemos le ganó las elecciones al Frente para la Victoria, mientras que en Venezuela el Gran Polo Patriótico impulsado por el Partido Socialista Unificado perdió la mayoría legislativa frente a la Mesa de Unidad Democrática, en tanto que en Brasil los conservadores capitalizan el desgaste del gobierno de Dilma Rousseff y lo mismo sucede en Ecuador con la oposición a algunas propuestas del gobierno de Correa. Paradójicamente estos retrocesos de la izquierda gobernante son, en parte, resultado de sus avances, pues la mayor base social de las fuerzas conservadoras son las clases medias, robustecidas por los gobiernos y las políticas que hoy combaten.

Pero este eventual vuelco en las mayorías electorales no debe confundirse con un vuelco proporcional en la hegemonía que durante varios lustros fueron construyendo los gobiernos de izquierda y los movimientos sociales, a veces antisistémicos, que los llevaron al poder. El rechazo al neoliberalismo, el derecho de los pueblos a gobernarse y el valor de las libertades políticas y de la justicia social redistributiva se han vuelto gramsciano sentido común, tan así que la derecha tiene que retomarlas, así sea de dientes para afuera, si quiere avanzar electoralmente.

En Argentina Macri la tiene cuesta arriba pues, además de enfrenar un Legislativo en contra, no le será fácil desmontar lo construido por el kirchnerismo. Y una cosa es ganarle la mayoría legislativa al chavismo palanqueándose en el impacto social que tiene la caída del petróleo y otra suponer que en Venezuela se ha diluido el protagonismo popular de los tres lustros recientes. En Ecuador, Correa ha dejado claro que ya no piensa reelegirse de manera consecutiva, lo que no significa que Alianza País deje de gobernar. Nadie debiera sobreestimar los módicos retrocesos electorales del boliviano Movimiento Al Socialismo. Y tampoco debiera darse por muerto en Brasil al Partido de los Trabajadores y al propio Lula da Silva. La revolución caló en las conciencias, en las prácticas sociales y en las instituciones, y estas son sus mayores trincheras.

Para remontar las dificultades que provienen del ciclo económico regresivo, es necesario un cambio drástico en el modelo de desarrollo, que del énfasis en la actividad primario exportadora habrá de transitar a una economía de la transformación sustentada no tanto en los recursos naturales de la región como en el trabajo de sus pobladores. En esto coincidimos casi todos los analistas de izquierda.

La diferencia está en que para algunos se trata de rectificar el que consideran grave error extractivista, mientras que para otros como yo, la recuperación soberana de los recursos naturales y redistribución de una parte de las rentas por ellos generadas fueron decisiones éticamente necesarias, políticamente adecuadas y económicamente pertinentes que por un rato hicieron posible la continuidad y estabilización de las mudanzas posneoliberales del subcontinente.

Decisión virtuosa pero necesariamente transitoria e insostenible en el mediano plazo, la cual ciertamente debilitó las políticas paralelas de fomento productivo que, habiéndose planteado desde el principio, tuvieron sin embargo que competir con la lógica del mercado que convoca a maximizar los resultados económicos inmediatos provenientes de las rentas, y con la lógica político electoral (¿clientelar?) que convoca a privilegiar los avances también inmediatos en bienestar por sobre la sostenibilidad estratégica de los mismos.

Se los dijo Raúl Castro en una reunión de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) celebrada en 2014: “Hemos padecido el problema de no haber traducido los periodos de altos precios de los productos naturales que se exportan, en procesos de desarrollo de largo plazo”. Lo padeció Cuba, lo padece gravemente Venezuela, lo padecen en mayor o menor grado todos los países que viraron a la izquierda. Y es que en la medida en que se mueven en medio de una economía de mercado y gobiernan en el marco incierto de la pluralidad política, el cambio de pista esbozado es de extrema dificultad. Pero no hay de otra. La nueva fase de la revolución nuestramericana pasa por la conversión del modelo económico.

Lo que supone, también, modificaciones sustantivas a la estrategia, las tácticas y el dispositivo político social, pues no es lo mismo gobernar continuadamente en condiciones de bonanza que hacerlo en un marco de carencias, restricciones y por tanto crecientes oposiciones. Fuerzas de derecha que eventualmente ganarán elecciones, no solo porque el imperialismo y las oligarquías juegan sucio, también porque de eso trata el pluralismo democrático. Un sistema político donde la capacidad de recuperar en subsecuentes elecciones lo circunstancialmente perdido en unos comicios depende de la habilidad política que se tenga para asumir eventuales derrotas en las urnas sin por ello desfondarse.

AVANZAR. Para no retroceder hay que avanzar. Atrevámonos a ser optimistas. En el tercer milenio América Latina es un pasmoso laboratorio de innovación social en donde todos los días se reinventa el futuro. Ha habido tropiezos y habrá fracasos, pero creo que en perspectiva vamos de gane.

Estoy convencido de que, pese a la ofensiva de la derecha y a que el contexto macroeconómico es desfavorable, el proyecto libertario y justiciero seguirá calando en las conciencias, las prácticas y las instituciones, como lo ha hecho en los pasados tres o cuatro lustros, de modo que la izquierda continuará gobernando donde ya lo hace o cuando menos siendo socialmente imbatible donde haya perdido provisionalmente la mayoría. Confío también en que gobiernos y pueblos serán capaces de radicalizar los cambios socioeconómicos, transitando de forma paulatina del modelo primario exportador redistributivo sustentado en la puesta en valor de los recursos naturales a otro sustentado en el trabajo, la productividad y el mercado interno.

Pero mi apuesta mayor no es tanto que en el cono sur se conserve en lo fundamental lo ganado como que el ciclo progresista se amplíe y que la izquierda avance todavía más. Y ese avance tendrá que ser sobre todo en Colombia y en México, dos grandes países del subcontinente hoy gobernados por la derecha neoliberal, pero donde el descontento es grande y se aprecian progresos políticos y sociales de las izquierdas. En Colombia son muy alentadores los acuerdos de paz con la guerrilla, que la coyuntura obligó a firmar a un gobierno tan de derecha como el de Santos, y paralelamente movimientos sociales como los dos Paros Nacionales Agrarios que ponen dentro de sus fronteras, y no en La Habana, el debate sobre el futuro del país. En México, el crimen de Iguala rompió el dique liberando la soterrada indignación popular, de modo que va quedando atrás el pasmo en que nos sumió el retorno del PRI a la presidencia, y a la mitad del sexenio el gobierno de Peña Nieto está profundamente desacreditado y por momentos peligrosa-mente acorralado.

Y si Colombia y México se suman pronto al frente progresista, el efecto será continental, en todas partes se fortalecerá la izquierda y el ciclo de cambios será imparable. Y no estoy pensando solo en las posibilidades de ampliar el bloque económico sino, y sobre todo, en el vuelco en la correlación de fuerzas continental que supondría el que dos grandes países se añadieran a la convergencia.

Para nosotros, asumir el papel geoestratégico que nos tocó es un desafío y una gran responsabilidad. Responsabilidad grande porque hoy luchamos por nuestra propia emancipación, pero también por hacer la parte que nos toca en la emancipación del subcontinente. La ventaja es que ya no estamos solos, pues nos vamos integrando a un potente movimiento multinacional, poco a poco vamos formando parte del generoso, multicolor y carnavalesco otromundismo nuestramericano.

Pese a que en años recientes los mayores protagonistas del cambio fueron los gobiernos de avanzada y no los movimientos sociales que lo dinamizaron al principio, la izquierda escéptica sostiene que en tres lustros nada memorable hicieron las administraciones dizque progresistas del cono sur. Contradictoriamente sostiene también que lo que hicieron fue insuficiente y por añadidura pronostica que ya no lo harán más pues su ciclo terminó. Mensaje que, amén de incoherente, es extremadamente desalentador para los mexicanos y en general los que aún estamos en esta orilla y cuando nos animemos a tirarnos al agua nos costará más cruzar porque hay viento en contra. Por suerte, el balance es erróneo y el pesimismo infundado. Lo que ha venido ocurriendo en la orilla de enfrente bien vale un chapuzón.

Como se ha visto en mi reseña, son abundantes los saldos positivos del viraje subcontinental y, lejos de cerrarse, el ciclo progresista continúa. Nuestros hermanos del cono sur nos aguardan. No los hagamos esperar.

POSDATA. “No puedo hablar mucho porque a las 12 de la noche me convierto en calabaza”, dijo Cristina Fernández ante cientos de miles que la despedían. Y sí, a las 12 de la noche del 9 de diciembre de 2015 la presidenta de Argentina se bajó de la carroza gubernamental para reincorporarse a la calabaza plebeya. No lo dijo con amargura, cólera o derrotismo, pues la mujer que junto con su esposo Néstor Kirchner más coadyuvó a que ese país conosureño recuperara la dignidad, sabe bien que “el lugar natural del militante no es siempre el gobierno sino… el pueblo”. Y además tiene una convicción, una seguridad que debiéramos compartir quienes a veces nos sentimos tentados a confundir fracasos electorales con fines de ciclo y derrotas definitivas. “Estoy convencida —dijo— de que la gente va a defender cada uno de los derechos adquiridos”. No podía haberse despedido mejor. ¡Salud Cristina!

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