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‘Nueva derecha’ en la región: entre el reto y el ‘placer’ de reinventarse

¿Es posible hablar de ‘nueva derecha’ en la región? Mientras para unos hay continuidad con el pasado liberal de los partidos de derecha, para otros, la mayoría, aquélla está en plena reinvención.

La Razón (Edición Impresa) / Iván Bustillos Zamorano / La Paz

01:18 / 21 de diciembre de 2015

Que en los años de los procesos de cambio, con las izquierdas en el poder en varios países, las derechas estuvieran durmiendo el sueño de los justos, no es cierto. El denominado “giro a la izquierda” sudamericano desde los últimos años de los 90 y toda la primera década del nuevo siglo, no debe llevar al equívoco, recomiendan los estudiosos, de pensar que las derechas se han vuelto irrelevantes. Arrinconadas electoralmente, por su propia sobrevivencia estos sectores políticos contrarios a los “gobiernos progresistas” fueron desarrollando nuevas maneras de “reinventarse”: ser más proclives al diálogo que a la confrontación, alejarse de su pasado neoliberal, asumir, hasta casi apropiarse, de las reformas sociales progresistas, “nutrirse” de la debilidad y yerros de los gobiernos “populistas”, apelar a lo no-ideológico, a la pospolítica, hasta renovarse generacionalmente. Acaso el triunfo de los “dos Mauricios”, Macri en Argentina, y Rodas en Quito, Ecuador, sean la mayor prueba de esta renovación. 

RIESGO. Pero, en primer lugar, valga prevenirse contra el riesgo de resbalar en el maniqueísmo “la realidad como negro y blanco”, advierte el sociólogo Jorge Komadina. ¿Se puede hablar de “nuevas derechas”? Komadina llama la atención sobre el maniqueísmo en que se puede caer al hablar de “izquierdas” y “derechas”. Como anotan varios autores y el propio Komadina, es peculiar que nadie, ni personas ni grupos políticos, al final quiera reconocerse “de derecha”, con todas sus letras; “salvo contadas excepciones”. El apelativo de derecha casi siempre le viene de afuera: “cabe notar que esta identificación [de ‘derecha’ y acaso mucho menos de ‘nueva derecha’] no es asumida para sí por los actores (políticos) sino siempre atribuida por otros”, destaca la socióloga argentina Verónica Giordano en el número 254 de la revista Nueva Sociedad. Los rostros de la derecha en América Latina, de noviembre-diciembre de 2014.

Otro aspecto peculiar también es que al parecer, como anota el politólogo chileno Cristóbal Rovira Kaltwasser (en Nueva Sociedad), “derecha e izquierda son conceptos antitéticos, vale decir, el uno existe gracias al otro”; en lo práctico, afirma, esto significa que el eventual predominio de uno de estos dos “campos ideológicos” no significa que el otro desaparezca; el “peso relativo” de cada cual varía según el momento y los contextos nacionales.

Pero Rovira Kaltwasser aún introduce un elemento clave para distinguir a la derecha y la izquierda. “La distinción entre derecha e izquierda se sustenta antes que nada en la concepción del ideal de la igualdad”; así, mientras que la derecha concibe que la mayoría de las desigualdades son naturales y difíciles (o incluso inconvenientes) de erradicar; la izquierda asume que la mayoría de las desigualdades son construidas socialmente y, por tanto, las ve como producto de situaciones que deben ser modificadas, destaca el politólogo. Precisamente, si el proyecto de modernización conservadora que tuvo éxito en las décadas de los 80 y 90 (el neoliberalismo) fracasó y sobrevino la década de gobiernos progresistas, asegura, fue porque los sectores de izquierda pudieron “politizar” fuertemente la desigualdad.

IGUALDAD. “Si hay algo que tienen en común líderes populistas como el difunto Hugo Chávez en Venezuela y el presidente Rafael Correa en Ecuador, con los movimientos indígenas en Bolivia y gran parte de las organizaciones detrás de los ciclos de protesta en Brasil y Chile, es que todos estos actores demandan la implementación de reformas para confrontar la desigualdad existente”, escribe.

Hoy, para Komadina, estos grupos o sectores sociales y políticos contrarios a los gobiernos de izquierda, son  como un “archipiélago de fuerzas políticas que no tiene un discurso o identidad definidos”. Lo que en algún momento fue liberal o neoliberal ha empezado a cambiar, a ‘montar’ una nueva identidad ideológica.

“En el caso de América Latina es una construcción política e ideológica en proceso; yo no veo que se vuelva a redefinir como neoliberal o como liberal a secas; está construyendo una identidad creo yo en un mediano plazo y esperemos que no cometa los mismos errores que cometió siempre en el pasado. Creo que este es un proceso largo de constitución de una fuerza política que probablemente va a desplazarse hacia el centro político e ideológico”, señala el sociólogo.

Aquí aparece, precisamente, dice Komadina, otra característica de dichos grupos contrarios a los procesos progresistas: que se “nutren” del debilitamiento o degeneración política de las administraciones progresistas; aunque, eso sí, no hay que ver en esto una simple reacción contra el populismo.

Un rasgo en que coinciden los estudiosos de Nueva Sociedad es que esta nueva derecha necesariamente ‘renace’ o se asienta en el marco de los procesos de cambio; aceptando como legítimas y necesarias las reformas que llevaron adelante los gobiernos progresistas de la región.

“Sí está en ese proceso de aprendizaje, o más bien de renovación. Sabe que las políticas neoliberales han sido nefastas, que no puede revivir las limitaciones que ha tenido la gestión del neoliberalismo en la década de los 90; se está renovando, está produciendo nuevas mutaciones ideológicas, tratando de ser menos dogmática, por ejemplo, en la relación entre el Estado y el mercado, o en el tema de la participación indígena, de la diversidad; hay distintos tópicos que está incorporando paulatinamente a su discurso”.

MACRI. Especial caso de ‘nueva derecha’ es el argentino, específicamente Propuesta Republicana (PRO) de Mauricio Macri. Acudimos para una aproximación al texto del sociólogo argentino Gabriel Vommaro, “Meterse en política”: la construcción de PRO y la renovación de la centroderecha argentina, en Nueva Sociedad, 254.

El primer rasgo que Vommaro destaca es que el PRO nació de un think tank (grupo o laboratorio de ideas, de reflexión) durante la crisis argentina de 2001-2002; en él conviven, dice, políticos de larga data con militantes nuevos relacionados al mundo empresarial, de ONG y los think tanks liberales.

Dos cosas le caracterizan: ser un “grupo político enraizado en el mundo empresario, por un lado, y en el mundo del voluntariado, por el otro”; esto marca su ‘personalidad’, modos de actuar, valores y simbología: sus actos “tienen mucho de fiesta de fin de año”, se destaca el valor del “emprendedorismo”, el éxito personal o partidario pero entendido como producto de un ‘espíritu empresarial’. Jefe de Gobierno (alcalde) de la Ciudad de Buenos Aires por dos gestiones consecutivas, aquel emprendedorismo se traducía en el “disfrute en el hacer” la ciudad, lo que “gobierna buena parte de la estética y la moral partidarias”, explica Vommaro.

Este ‘hacer’ la ciudad, la vida pública, también es festivo, se celebra o reivindica “la vida plácida en una ciudad estetizada, sin violencia ni conflicto”. Este un rasgo definitorio: la nueva derecha que va más allá de las ideologías, hacia lo ‘postideológico’: hace rato, señala Vommaro, el PRO “sortea definiciones ideológicas tajantes como las que tenían los partidos de derecha tradicionales. Más allá de la izquierda y la derecha, busca posicionarse como un partido que mira hacia adelante”.  

La vida pública, en la visión del PRO, afirma Vommaro, es “una prolongación del mundo privado, formato compatible con un partido que quiere atraer a los grupos sociales menos politizados”. Un ejemplo emblemático de esto fue la campaña electoral de las legislativas de 2013, cuando los candidatos de PRO instalaban sus livings en los parques e invitaban a la gente a conversar ‘como si estuvieran en su casa’.

Para la politóloga cruceña Helena Argirakis, en cambio, la ‘nueva derecha’ aún no es protagonista de un pretendido “nuevo ciclo” (el cual habría empezado con las derrotas en Argentina y en Venezuela); en ambos casos, la situación es de un “empate catastrófico”, dice, similar a lo que se dio en Bolivia en los primeros años del gobierno del presidente Morales, afirma. “En Venezuela se ha generado esto que en ciencia política se llama el ‘gobierno dividido’, cuando una fuerza política maneja un órgano del poder y otra maneja otro órgano”.

ECONOMÍA. Para analizar la irrupción fuerte de la derecha en Argentina y Venezuela, Argirakis recuerda la decisiva importancia del ineludible telón de fondo que es la economía del país; la crisis económica que afecta a ambos países debido en buena medida al manejo económico no siempre adecuado de los gobiernos progresistas.

Un factor sobre el que llama la atención Argirakis es lo que denomina “la derecha internacional”. Esto se vio especialmente en el caso venezolano, destaca: “sí hay una incidencia, lo que yo llamo asedio, de la derecha internacional; eso sí pesa; más me preocupa el asedio de esa derecha que los esfuerzos de la derecha local; más preocupa esto que los venezolanos llaman la ‘guerra multifactorial’, el asedio económico, político, mediático, eso es grave”.

Ahora, recuerda la socióloga argentina Giordano, hay que saber distinguir a la derecha en el poder de la que está en oposición (Venezuela, Bolivia, Ecuador y Argentina); es precisamente la última la que perfila el asumir los logros de los procesos de cambio, aunque sea solo por conveniencia política coyuntural: “si se estudia el discurso proselitista de estas fuerzas, se observa con claridad  que han comprendido el desacierto que significaría en términos de resultados electorales pretender cargar contra algunas de las políticas consideradas como conquistas populares”.

A lo que apelan, estas ‘derechas críticas’, señala Giordano, más bien es a los problemas “reales” de la gente, aquellos no ideológicos, postideológicos: “Lo que sí pueden hacer, y lo hacen, es poner en la agenda temas como la ‘mano dura’ contra la inseguridad, a menudo en el marco de discursos que buscan presentarse como ‘postideológicos’, apelando a unos ‘problemas de la gente’ que hipotéticamente no distinguen ni ideologías ni culturas políticas”.  

Caso particular también es el del presidente de Colombia, Juan Manuel Santos. Exministro de Defensa de Álvaro Uribe, es el Jefe de Estado de su país desde 2010; fue reelecto presidente en junio de 2014, cargo que ostentará hasta 2018. Es reconocida la participación de Colombiana en la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) y los acercamientos que tuvo con los gobiernos progresistas (Venezuela, Argentina), además de los significativos avances  que logró en las negociaciones de paz con las FARC.

SANTOS. Fundador del Partido de la U (Partido Social de Unidad Nacional), que apoyó a Uribe para su reeleción en 2006, su peculiaridad es haberse apartado de éste a tal punto de hoy considerarse su antagonista, siendo de la misma corriente de derecha.

Y es que lo característico de Santos, señala la politóloga colombiana Gina Paola Rodríguez (también en Nueva Sociedad 254) es la aplicación en Colombia de la llamada “Tercera Vía”: “Aunque fraternice con la izquierda latinoamericana, Santos encarna un proyecto político radicalmente diferente”. Proveniente de una de la familias más poderosas de la capital (de los dueños del diario El Tiempo), “el Presidente colombiano absorbió las ideas del liberalismo desde la cuna”, señala Rodríguez.

Estudiante en la London School of Economics, allí conoció al exprimer ministro Tony Blair y su doctrina de la Tercera Vía, “que adaptó y retomó para su aplicación en Colombia, con el convencimiento —señala la politóloga Rodríguez— de que era posible hacer compatibles el liberalismo y el socialismo democrático. Santos insiste hoy en representar a ‘una corriente de opinión nueva, moderna, en la que el enfoque correcto es el mercado hasta donde sea posible y el Estado hasta donde sea necesario’ (Alberto Acosta)”.

Para el apunte que se lleva en el presente artículo, no podía faltar el actual fenómeno político ecuatoriano de “el otro Mauricio”, el “Mauricio quiteño”, Mauricio Esteban Rodas Espinel, alcalde metropolitano de Quito desde 2014.

Fue en las elecciones municipales de febrero de 2014 que el presidente Rafael Correa habló de una “restauración conservadora”, señalan el sociólogo Franklin Ramírez Gallegos y la historiadora Valeria Coronel en su estudio La política de la ‘buena onda’. El otro Mauricio y la reinvención de la derecha ecuatoriana en tiempos de Revolución Ciudadana, en Nueva Sociedad 254.

Aparte de aludir a la cuarta victoria consecutiva socialcristiana en la Alcaldía de Guayaquil, Correa con lo de ‘restauración conservadora’ sobre todo hacía referencia, afirman nuestros autores, a la derrota de la oficialista Alianza País (AP) en Quito, “bastión de la Revolución Ciudadana” liderada por Correa.

Pero lo peculiar aquí, llaman la atención el sociólogo y la historiadora, es la forma en que Mauricio Rodas ganó la elección, su discurso y estrategia política. Para decirlo en sus propias palabras: “Rodas colocó en el centro de su campaña la tesis de que ‘la batalla ideológica izquierda-derecha era cuestión del pasado’”.  Es aquí donde aparece el verdadero gurú de la ‘nueva derecha’:  el estratega de marketing político ecuatoriano Jaime Durán Barba, asesor de Mauricio Macri, Felipe Calderón y de la candidata brasileña Marina Silva.

RODAS. Para lo que se trata aquí, interesa sobre todo la estrategia propuesta a Rodas por Durán Barba. Ramírez y Coronel la resumen en tres ejes. Uno, “presentar a Rodas como el chico débil que enfrenta al Goliat de la todopoderosa Revolución Ciudadana”. Esto suponía, dicen, “construirlo” como sin recursos, sin aparato político, sin ambiciones políticas, “en fin, borrar de su figura todo interés y vocación de poder”; y, un detalle nada despreciable: siempre ir de la mano de su esposa.

Dos. “Evitar cualquier signo de confrontación política, más aún si tiene ribetes ideológicos y activa la conflictividad social. El que lucha, pierde”. Esto, no solo es una táctica contra el poderoso lleno de razones ideológicas (AP), sino, apunta, dicen los autores, a la identidad misma del candidato y su proyecto: “recuperar la fluidez de lo social que la política populista interrumpe con su esencia polarizadora. Para el ciudadano en busca de una ‘vida hermosa’ cualquier atisbo de lucha y contradicción luce espantoso. La política del antagonismo lo repele. Procura una sociedad armónica de interacciones políticas dóciles”. Esta es la política de “buena onda” común a ambos mauricios.

Tres. “Evitar discursos refundacionales y dar señales de cambios parciales” en el marco de los logros de la Revolución Ciudadana. “Tras casi una década de retorno estatal y de políticas sociales construidas bajo la bandera del mandato popular, la campaña de Rodas construye una narrativa que integra —banalizándolos y naturalizándolos— algunos elementos de la transformación operada por la izquierda gubernativa (la cuestión social, la titularización de tierras en la periferia, etc.) para ocupar también sus territorios simbólicos y nutrirse de sus zonas desérticas”.

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