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Ojos bien cerrados

En el otro extremo se encuentran las ‘petromonarquías’ del Golfo Pérsico que, a pesar de tener una de las economías con los ingresos per cápita más altos del mundo y la posibilidad de recibir a quienes huyen, han cerrado con puño de hierro sus fronteras.

La Razón (Edición Impresa) / Mariano Vázquez es periodista en temas internacionales

00:00 / 13 de septiembre de 2015

Mientras los 28 miembros de la Unión Europea subastan a la baja y de mala gana cómo se reparten una cuota de 160.000 refugiados, países limítrofes de Siria ya han acogido a más  de 4 millones de personas que escapan sin pausa del conflicto armado en ese país.

A pesar de que este flujo incesante lleva un lustro, los medios de comunicación han puesto el foco ahora, cuando los países centrales empiezan a ser receptores de una porción del drama, lo que evidencia quién ocupa la cúspide de la pirámide comunicacional. Tampoco aparece en los titulares la responsabilidad de los países europeos en el descalabro de Medio Oriente.

La guerra, que se inició en marzo de 2011, lleva más de 200.000 muertos y colocó a Siria como el país con más desplazados del mundo: 7,6 millones dentro de su propio territorio y 4.088.099 repartidos en naciones vecinas. La cifra, difundida por el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), impresiona: 1.938.999 en Turquía, 1.113.941 en Líbano, 629.266 en Jordania, 249.463 en Irak (a pesar de que se trata del tercer país del mundo con más desplazados, con 3,6 millones), 132.375 en Egipto y 24.055 en otros países del norte de África. Este movimiento humano implica que la mitad de la población de Siria ha escapado de su terruño.

En el otro extremo se encuentran las petromonarquías del Golfo Pérsico que, a pesar de tener una de las economías con los ingresos per cápita más altos del mundo y la posibilidad de recibir a quienes huyen, han cerrado con puño de hierro sus fronteras. El apoyo financiero de Arabia Saudí, Qatar y Kuwait a las formaciones militares extremistas que intentan derrocar al gobierno de Bashar al-Assad explican esta decisión.

Alex Praça, periodista brasileño residente en Bélgica, considera que cuando pase el shock de la catástrofe migratoria “la atención pública irá hacia los regímenes que financian la crisis en Siria, no solo las dictaduras del Golfo sino también los países que dan armas a los rebeldes, como Estados Unidos, Reino Unido y Francia”.

En esa línea, Gabriel Puricelli, presidente del Laboratorio de Políticas Públicas de la Argentina, afirma: “No habrá solución a la crisis sin un acuerdo mínimo entre los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU y sin una conferencia regional que defina un nuevo equilibrio que excluya a ISIS, y que termine con la guerra con intermediarios que las monarquías absolutas sunnitas del Golfo Pérsico han lanzado contra la teocracia iraní en territorio sirio e iraquí”.

El especialista en temas internacionales también apunta a las responsabilidades de las dos grandes potencias de la guerra fría: “Rusia, sosteniendo la dictadura de la dinastía Assad y Estados Unidos, tolerando el financiamiento saudita de la insurgencia sunnita, han contribuido a alimentar un conflicto que se les ha escapado de las manos a ambos”. Y subraya: “No habrá solución a esta situación si Washington y Moscú no abandonan sus posiciones previas y permitan que la comunidad internacional en su conjunto ejerza la responsabilidad de proteger a todas las víctimas del conflicto, mediante una intervención humanitaria”.

Se trata de una catástrofe solo comparable con la ocurrida en la Segunda Guerra Mundial. Así nació la Convención de 1951, que crea el estatus de refugiado, quien no debe ser expulsado ni devuelto a su país de origen, ya que su vida está en peligro. El analista internacional de origen catalán Aníbal Garzón nos explica: “Europa y cualquier Estado firmante deben dar refugio a esta población, de lo contrario ponen en duda su rol democrático en la comunidad internacional”. 

La cifra de desplazados forzosos es escandalosa: 59,5 millones de personas en todo el globo. “Son niveles que eclipsan claramente todo lo que hemos visto antes”, declaró el Alto Comisionado de ACNUR, António Guterres.

El número de conflictos en los últimos cinco años ha contribuido a esta situación: ocho en África (Costa de Marfil, República Centroafricana, Libia, Malí, noreste de Nigeria, Sudán del Sur y, este año, Burundi); tres en Oriente Medio (Siria, Irak y Yemen); uno en Europa (Ucrania), y tres en Asia (Kirguistán, Myanmar y Pakistán).

La superdifundida foto del niño Aylan Kurdi, inerte en aguas turcas, es una muestra de la doble moral occidental. No hay ley ni convención ni civilización que proteja a los niños. Ellos son los principales afectados por el conflicto sirio: 5,5 millones de menores se vieron desplazados, 10.000 perecieron en la guerra. La postal de Aylan es útil a los gobiernos europeos para que no se hable de las responsabilidades y causas de esta crisis mundial.

Convenientemente, grupos fundamentalistas como Al-Qaeda o ISIS atacan a gobiernos que no gustan a los intereses geopolíticos de Estados Unidos o Europa, así generan un marco de inestabilidad en la región, destruyendo países, azuzando conflictos facciosos, “jibarizando” al Estado y provocando así el calvario para millones.

Para Garzón, fotos de esta naturaleza “permiten a la OTAN generar opinión pública favorable para justificar bombardeos contra Siria. Mientras los medios nos ocultan la gran causa de todo este fenómeno social: Arabia Saudita, Qatar y Kuwait, con la complicidad de Estados Unidos y Europa intentaron, en plena Primavera Árabe, desestabilizar el gobierno de Bashar al-Assad con una invasión externa militar”.

Alex Praça recuerda que “los refugiados no son solo de Siria, sino también de Afganistán, Irak, Darfur y Eritrea. No creo que los líderes del G-20 estén a la altura del conflicto. Por el contrario, posiblemente se escucharán más anuncios de intervenciones militares. La comunidad internacional no ha cumplido ni con el 30 por ciento de los fondos exigidos por Naciones Unidas para cumplir con la asistencia a estos millones de refugiados en Turquía, Líbano y Jordania. Encontrar una solución pacífica para el conflicto en Siria debería ser la prioridad número uno para los países del G-20 y no pueden excluir a Rusia e Irán en las negociaciones”.

Gabriel Puricelli pide una solución duradera: “Los 160.000 refugiados que Alemania le propone recibir a sus socios de la UE son el 2 por ciento del total de refugiados. La única solución es una paz duradera en Siria, Irak y Libia: que se creen condiciones para un retorno seguro de quienes se han visto obligados a un éxodo que no deseaban”. Además de ampliar “todo lo necesario el presupuesto de ACNUR y establecer un acuerdo internacional (no solo europeo) para dar acogida a cuantos refugiados sea posible en todos los países del mundo que estén en condiciones mínimas de hacerlo”.

Finalmente, Aníbal Garzón llama a “acabar con el conflicto armado y ayudar a que Siria recupere su soberanía eliminando toda la financiación a los actores armados irregulares”.

Mientras las potencias europeas tienen los ojos bien cerrados a la catástrofe humanitaria de los desplazados, éstos siguen caminando entre la indiferencia de los gobiernos y la solidaridad de los pueblos.

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