Animal Político

Palabra mágica se busca

En un tiempo en que las autonomías fue la bandera, era palabra mágica. Ahora, otras palabras se cree que son mágicas, aunque no suenen como tal ante la gente.

La Razón / Claudia Peña Claros

00:03 / 10 de noviembre de 2013

En realidad, todas las palabras tienen su magia. El solo hecho de yo decir “todas las palabras tienen su magia” y que con esas palabras empecemos a entendernos, es un hecho mágico, sin duda. Pero así como no todas las palabras son iguales, las magias tampoco son todas las mismas. Están los trucos del mago, por ejemplo. La magia de los cuentos. Los momentos mágicos. Las “coincidencias”, los “milagros” y cosas así.

Y también está la lucha política. Es precisamente en esa lucha política que hay un aviso, una urgencia, una misión dificilísima y central: encontrar una palabra mágica. En el pasado reciente, las bolivianas y bolivianos hemos visto el poder que puede desplegar una palabra mágica.

Hemos visto cómo ante su conjuro se levantan y unifican los más diversos intereses, cómo se despiertan los adormecidos, cómo se convoca a miles y miles de gentes, y cómo todas esas gentes, no sólo diversas sino también diferentes, están dispuestas a cruzar el umbral y salir a la calle, a gritar esa palabra para emborracharse en su magia hasta olvidarlo todo, y a desbordar su casa, sus días, sus relaciones, con los símbolos que convocan, una y otra vez, a la deseada magia, a la deseada luz, a la deseada certeza, de aquella palabra.

En Santa Cruz hemos marchado borrachos de luz, hemos sucumbido al gigantesco poder de una palabra. Porque deseábamos alguna certidumbre, como la sombra de un árbol generoso que nos cobija del sol al mediodía. Porque deseábamos una creencia inconmovible, como cuando somos chicos y creemos en nuestros padres. Porque en medio de los liderazgos mediocres y artificiales necesitábamos (con cuánta fruición) una magia que tiña esa mediocridad, y la maquille y la eleve a la medida de nuestra fuerza, a la medida de nuestra larga (demasiado larga) espera.

Fue nuestra necesidad la que multiplicó cien y mil veces la magia de aquella palabra. Hundiendo las manos en nuestra historia regional, escogiendo unas cosas y desechando, decidiendo olvidar otras, nos entregamos en cuerpo y alma a esa palabra. Así, se nos hacía que la autonomía alcanzaba para llenarlo todo. Todos nuestros problemas, desde los más pequeños hasta los más grandes, serían resueltos. Decir “autonomía” era decir todo. Las más disímiles esperanzas entraban ahí.

Pero la magia no está hecha para los hombres y las mujeres. La magia pertenece a otro orden y no podrán dominarla las torpes manos de algún ilusionista necesitado. Bajo el brillo del neón y por detrás de las canciones bonitas, más allá de las marchas imponentes, bajo todo ese maquillaje de elocuencia y dorado porvenir, estaban los de siempre, los patrones de toda la vida, y con ellos su tamaño, su restringido tamaño y sus limitados intereses.

Y allí estuvimos también nosotros, en medio de aquel arrebato, inevitablemente pegados al tamaño de nuestros antiguos líderes. Así fue cómo luego nos vimos engrandecidos pero al mismo tiempo demasiado pequeños, violentos contra nuestros hermanos y hermanas por la calle.

Fuimos aquella muchacha que en el Plan tumba a un joven, moreno como ella, al piso y lo sujeta para que otros jóvenes, morenos como ellos, lo revuelquen a patadas. Fuimos la voz rasposa y gruesa de Rubén Costas gritando que un león se había despertado. Fuimos el de la Unión Juvenil quemando un mercado popular, y fuimos la mujer de pollera que llora la violencia y su desgracia.

Fuimos los insultos y las tiendas de armas con stock agotado en Santa Cruz. Fuimos aquel rubio senador llamando a alzar las armas durante la toma de instituciones en septiembre de 2008, y fuimos los ojos azorados de quienes mirábamos desde nuestro espanto. Éramos como un furioso rebaño de ovejas, desbocado por las calles de la ciudad. Fuimos una noche afilada, que duró varios años.

Al despertar, la magia resultó ser apenas una bandera cansada de ondear al viento, una caja vacía de contenido, que no alcanzaba para pensar una propuesta nacional, menos para que los abanderados permanezcan hasta el final, en vez de huir ágiles y después reclamar justicia desde su exclusivo autoexilio.

Eso nos pasó a nosotros, los cruceños.  Ahora, no decimos nada. Actuamos como si nada hubiera pasado, y pretendemos distraernos entre noticias anecdóticas y espectáculos festivos. Todo sirve para no mirarnos a la cara, para no preguntarnos por qué, de cómo y qué hacemos para recuperarnos.

La vida sigue, y pareciera que esos que patearon y maldijeron, parece que esos que recibieron los golpes y aprendieron a devolverlos, parece que no éramos nosotros, y que aquello no hubiera sucedido hasta en el último rincón de nuestras casas. Pretendemos engañarnos, y el silencio se impone.

Así sucedió con esa palabra mágica, autonomía. Ahora son otros los urgidos. Las razones son más o menos las mismas: un Evo Morales que se levanta querido y omnipresente en demasiados rostros, una elección nacional que los encuentra colgados de la cola de las iniciativas gubernamentales, balbuceando que si los precios internacionales, que si las licitaciones, que si el avión...

Entonces se les ocurre: una palabra mágica. Y ahí van ellos, vetusta la mirada, tras de una tierra prometida que todo les brinde. Una palabra mágica que haga que las masas retornen a la calle, que la gente acuda borracha a su luz.

Vamos viendo aquellos intentos que se encienden y se apagan, como los curucucíes en el patio. “Pacto fiscal”, dicen (pero la voz ya no sale ronca, ni está la gente enojada), y no pueden terminar de gastar la plata que les llega gracias a la decisión nacionalizadora de 2006. Suman y restan, se reúnen, pero es barato el maquillaje.

“Regalías regionales”, intentan, amenazantes desde los bloqueos, pero la propuesta de ley resulta ser apenas un plagio, y el amedrentamiento es menos efectivo que la  seducción. “Potosí federal”, gritan, y su misma gente les calla, porque ya pasó hace tiempo el momento constituyente, y ahora es la hora de ver la comida, los servicios básicos, el agua para regar, el camino para volver.

“No hemos recibido nada”, reclaman, pero la gente mira las zanjas abiertas para el gas domiciliario, y piensa que tal vez su hija, cuando sea grande, pueda trabajar en la planta de úrea o en la estación del satélite Túpac Katari.

¿Cómo se puede contra un Gobierno que ha multiplicado la economía en los últimos siete años? ¿Cómo se puede contra un Presidente que está en todas partes, cuando ellos nunca pudieran ni quisieron estar? ¿Cómo, si no tienen un programa, una alternativa, una razón?

Sólo con magia. Una que les sirva de bandera para que la gente movilizada les lleve en brazos a través de la campaña hasta las urnas. Pero se olvidan que están diluidas las incertidumbres, que es tiempo de promesa antes que de exacerbación. Hay un liderazgo que lo es más allá de las cámaras y los discursos encendidos.

De cara lavada, con levita nueva, los ilusionistas intentan el truco: del sombrero vacío intentan que aparezca el conejo de la suerte. Pero está demasiado vacío ese sombrero y la gente está cansada de ese show. Y si no les resulta bueno el truco (ellos lo saben), la magia de la historia los hará desaparecer.

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