Animal Político

Pasajes de la vicepresidencia: el segundismo perfilado

¿La quinta rueda del coche?

La Razón / Ricardo Aguilar Agramont

00:00 / 12 de febrero de 2012

Como si no hubiese sido suficiente ser el segundón de una gestión de gobierno, como si el rol de vicepresidente en Bolivia no hubiese sido de por sí una suerte de cumplimiento de mera formalidad electoral y como si de hecho el prefijo “vice” no conllevara de suyo el signo de una gradación negativa, los vicepresidentes de Bolivia son casi anónimos, pues el imaginario político del país ha sido desde siempre eminentemente caudillista.

Este rasgo hizo que la historiografía (que gusta tanto de los “grandes” nombres) no se detenga sino pocas líneas en ciertas anécdotas vicepresidenciales en las que entró por un tropiezo tal o cual vicemandatario, por lo general, más por mérito de una curiosidad en la sucesión constitucional que por la lucidez de alguna de estas autoridades.

Un ejemplo (aún solitario) que marca el inicio del estudio académico y multidisciplinario acerca de este puesto gubernamental es la compilación El vicepresidente ¿a la sombra del poder? de Gustavo Aliaga, Carlos Cordero y Carlos Mesa.

En todo caso, como se dijo en el artículo anterior, la evolución de esta investidura muestra una marcada y progresiva ganancia de protagonismo e institucionalidad. Lo más visible es que hay una coincidencia entre la importancia que tenía el cargo a un año del nacimiento de Bolivia (con la Constitución Bolivariana de 1826) y el rol que se le atribuye desde la nueva Constitución Política del Estado (CPE).

Simón Bolivar, autor de aquel documento, delimita en siete artículos la función del cargo. El que interesa para la comparación es el número 88 en el que se dice que “El Vicepresidente de la República es el jefe del ministerio”; y el 90, que reza: “Despachará, y firmará a nombre de la República y del Presidente todos los negocios de la administración con el ministro respectivo”. Así, el vicepresidente es algo parecido a un primer ministro encargado de toda la administración estatal.

Con la actual Constitución también se evidencia una importancia principal de la investidura. Entre sus atribuciones, en el inciso 2 del artículo 174, se destaca: “Coordinar las relaciones entre el Órgano Ejecutivo, la Asamblea Legislativa y los gobiernos autónomos”; y, el 3: “Participar en las sesiones del consejo de ministros”.

Si en 1926 la segunda cabeza de gobierno era el jefe de lo que hoy se llama el Órgano Ejecutivo, actualmente ha retornado a él (participa de consejo de ministros) sin dejar de ser el presidente nato del Congreso (Órgano Legislativo). En los años intermedios a 1938 y el de la promulgación de la nueva Constitución (2009) sólo cumplía esta última función.

Obviando las posibles contradicciones de este ordenamiento anfibio entre el Ejecutivo y el Legislativo (que podría poner en cuestión la independencia de poderes), está por demás visto que el carácter de segundismo que tenía el cargo en el pasado no es otra cosa que precisamente éso: pasado. Después de las normas escritas por Bolívar, la Constitución de 1839 elimina el cargo hasta 1878. El país estuvo 41 años sin vicepresidentes.

Un periodo curioso fue cuando la Carta Magna de 1880 (en el gobierno de Hilarión Daza) posibilitó la doble vicepresidencia por voto directo. El primer vicepresidente podía sustituir al mandatario (en caso de muerte, invalidez o enfermedad) y presidir el Senado, el segundo sólo sustituirlo. Hasta 1920, 19 del total de los 38 vicepresidentes que ha tenido Bolivia fueron producto de esta modalidad (en 1921 se retornó a la vicepresidencia única).

Hasta la nueva CPE no hubo cambios importantes en sus atribuciones constitucionales, salvo tal vez en 1938, cuando se explicita que el vicepresidente es la cabeza del Congreso (el Legislativo). Si bien antes era el presidente del Senado, se sobreentendía que también lo era del Congreso, aunque esta función nunca estuvo claramente formulada hasta ese año. De cualquier modo, haya tenido la investidura más importancia o no en distintos contextos, su principal atribución siempre fue la de suceder al Presidente en caso de enfermedad, muerte o viaje.

Restan las anécdotas en torno al cargo, posiblemente encabezadas por la del exvicepresidente Juan Lechín Oquendo. Habiendo ganado la elección de 1960 junto a Víctor Paz Estenssoro. Juan Lechín terminó por irse de embajador a Italia, no sin antes declarar que “la vicepresidencia es la quinta rueda del carro”.

Esta afirmación sólo es comparable con la queja de Jaime Paz Zamora (vicepresidente de Hernán Siles Zuazo durante la UDP), quien lanza un reproche de tintes domésticos porque Siles ni siquiera le delegaba una tarea que, en tiempos de la hiperinflación, no debió ser cosa para subestimar: “El presidente no me manda ni a comprar pan”.

Al retroceder a 1939, uno se encuentra con un caso que por inusual entró a la historia. Estando Germán Busch de presidente electo, decide declararse dictador. La nueva posición del gobernante militar deja más que mal parado a su vicepresidente Enrique Baldivieso, quien queda fuera del poder ante la imposibilidad irrisoria de asumir el papel de “vicedictador”.

Cuando Busch se suicida, Baldivieso vuelve con toda la intención de sucederlo, no obstante Quintanilla toma la silla de facto y elimina por decreto el cargo. Bolivia no tuvo a nadie en este puesto hasta 1940, cuando se restituye la investidura. 

Volviendo en el tiempo, en el siglo XIX hay un cambio de mando digno de una tragedia isabelina. Se trata de Tomás Frías, quien llegó a la presidencia dos veces por la vía de la sucesión en 1872 y 1874. La primera se dio tras el asesinato del presidente Agustín Morales a manos de su sobrino Federico Lafaye, en pleno Salón Rojo del Palacio de Gobierno.

Luego, Frías sucedió a Adolfo Ballivián, quien ganó las elecciones de 1973 con Frías de segundo hombre. Un cáncer de estómago hizo que éste deje el poder y que, una vez más, aquél sea el mandatario (1974).

Probablemente el caso más insólito de una sucesión fue la de Carlos Mesa (2005). Habiendo llegado a la Presidencia por traspaso de mando, no existía vicepresidente que lo reemplace. El cargo correspondía a Hormando Vaca Díez (presidente del Senado) y en segundo lugar a Mario Cossío (presidente de la Cámara de Diputados). Al renunciar al puesto ambos, el cargo llegó al último peldaño constitucional: el presidente de la Corte Suprema de Justicia, Eduardo Rodríguez.

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