Animal Político

Pequeñas magias del proceso de cambio

 ¿Qué significa ‘gobierno de los movimientos sociales’ después del Fondo Indígena? ¿Qué valor tienen las palabras ‘descolonización’ o ‘buen vivir’? Esas palabras han perdido su credibilidad y por ende su capacidad de interpelación. Hemos pasado del exceso de sentido a la dispersión semántica.

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Komadina Rimassa

00:01 / 25 de enero de 2016

El proceso de cambio es en gran medida una transformación del lenguaje político boliviano, un enorme giro discursivo que disolvió los grandilocuentes enunciados del ciclo estatal neoliberal (“capitalización”, “modernización”, “multiculturalismo”, “mercado”) y lo sustituyó por otro plexo semántico cuyas palabras mágicas y prácticas  simbólicas son harto conocidas: “Estado plurinacional”, “descolonización”, “imperio”, “gobierno de los movimientos sociales”, entre otros. En un primer momento, desde 2000 hasta la investidura presidencial de Evo Morales en enero de 2006, este discurso permitió visibilizar las demandas, intereses, problemas y sobre todo la identidad de los nuevos sujetos políticos: los movimientos sociales de base indígena y campesina.

La aprobación de la nueva Constitución, en enero de 2009, es el hecho decisivo en la instalación de un nuevo régimen de significaciones políticas, por obra suya el programa de demandas del Movimiento Al Socialismo-Instrumento Por la Soberanía de los Pueblos (MAS-IPSP) dejó de ser un discurso en concurrencia con otros programas partidarios para convertirse en una “lengua política”, en el “discurso de todos”. Este acontecimiento produjo lo que Jean Pierre Faye llamó “efecto de lo real”: el discurso genera nuevas instituciones y prácticas políticas, consagra las nuevas reglas del campo político. Por el contrario, los discursos de los partidos políticos opositores, sus críticas, se sitúan en la periferia del campo político y carecen de legitimidad para interpelar a los nuevos sujetos e incluso en épocas electorales se han servido de los discursos gubernamentales para obtener votos. 

El cambio político, por lo tanto, puede ser pensando esencialmente como un cambio lingüístico: la “autoridad lingüística” y la autoridad política se confunden y se autorizan mutuamente. El Estado legitima ese régimen de significaciones y adquiere el poder de determinar la legitimidad o ilegitimidad, la validez o invalidez, de los actos políticos; fuera de ese marco discursivo no es posible participar plenamente en el campo político. Pero, además, es desde ese corpus discursivo que se fijan las acciones y procedimientos para procesar las nuevas demandas sociales y resolver los conflictos.

Ahora bien, entre todos esos enunciados, el “proceso de cambio” (esta vez sí entre comillas) ocupa hoy en día un lugar central en el espacio ideológico y político boliviano. Omnipresente, ubicuo y plástico, este término tiene pues sus pequeñas magias. Veamos rápidamente algunas de ellas.

Primero, permite tomar una clara posición en contra de las ideologías conservadoras y reaccionaria (según Marx, mientras los conservadores intentan mantener el statu quo, el  programa reaccionario se define por el intento de retornar a una época pasada), pues remite inmediatamente a ideas y nociones inequívocamente positivas o revolucionarias: “ir hacia adelante”, “avanzar”, “progresar”, e incluso he escuchado a importantes funcionarios hablar de… ¡“modernización”!

Segundo, es también una función del “proceso de cambio” subrayar permanentemente las distancias entre las posiciones políticas opositoras y aquellas que son partidarias del proceso; en otros términos,  su magia consiste en estructurar la escena política. De acuerdo con María Teresa Zegada, estas palabras funcionan como una suerte de  “operador ideológico” para dividir de manera casi maniquea las aguas entre quienes apoyan al proceso y quienes constituyen una amenaza: eres “amigo” o eres “enemigo”.

Tercero, el nudo de ideas implicado en el “proceso de cambio” permite integrar en un relato coherente lo que de otra manera podría ser leído como una serie heterogénea de acontecimientos, esta narración encadena de manera lógica los contextos históricos y los actores. El protagonismo del pueblo o de los movimientos sociales instituye un sentido común: el proceso es una obra colectiva. Finalmente, este relato (cuya síntesis puede leerse en el Preámbulo de la Constitución) marca simbólicamente una ruptura radical con todas las épocas pasadas: la Colonia, la República, el ciclo nacionalista, el neoliberalismo. Pero la visión de una ruptura paradigmática es actualmente poco creíble; por el contrario, se diría que estamos ante otro patrón del cambio social que se despliega a partir de una lógica de hibridación y no de ruptura. Se trataría de una dinámica que funciona a través de la combinación y mezcla de instituciones “antiguas” con instituciones “nuevas”.  No hay tabla rasa, sino progresividad y yuxtaposición.

Pero, como decía alguien, las hegemonías también envejecen. Después de una década intensa, ¿estamos ante un fin de ciclo? ¿Se ha agotado la magia del “proceso de cambio”?. Lo menos que puede decirse es que las grandes palabras se han vuelto ambivalentes, vacilan constantemente. ¿Qué significa el “gobierno de los movimientos sociales” después de los escándalos de corrupción del Fondo Indígena? ¿Qué valor tienen actualmente las palabras “descolonización” o “buen vivir”? Esas palabras han sido objeto de sobreinterpretaciones, desplazamientos de sentido, mutaciones y falsificaciones; han perdido su credibilidad y por ende su capacidad de interpelación. Hemos pasado del exceso de sentido a la dispersión semántica. El proceso ha entrado en un momento crepuscular (que todavía puede durar mucho tiempo) caracterizado por cierta charlatanería y por falsos optimismos sobre el futuro.

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