Animal Político

Periodismo de esperanza y desesperanza

Reflexión en tiempos plurinacionales

La Razón / Edwin Flores Aráoz

00:02 / 30 de septiembre de 2012

Las fábricas de noticias esparcen al menos dos percepciones: hay días en los que el periodismo se hace “más necesario que el pan nuestro” porque sus contenidos están plenos de esperanza para la gente más vulnerable que vive en incertidumbre y, en otros momentos, ese mismo oficio/profesión daña intimidades, dignidades y libertades. A veces campea brioso en las calles, en las pantallas y en los altavoces como mensajero de paz y en otras ocasiones actúa como generador de conflictos. 

Así, entre esos dos rumbos, como toda obra labrada por la mano y la mente del hombre (y de la mujer) el periodismo camina por un sendero dinámico y, a la vez, perfectible en tanto instrumento de comunicación, información, opinión e interpretación cuya función formativa/orientadora/fiscalizadora se desarrolla en la medida de los tonos de libertad que le permiten y/o que se permite ejercer.

Veamos algunos rasgos del periodismo de esperanza. En una conferencia de periodistas realizada en 2005 en Bogotá, y auspiciada por la CAF en junio, el maestro de Comunicación y Ética Javier Darío Restrepo relató, a manera de revelación, cómo el director de Liberación, Zlatko Diezrevic, supo que su periódico era “más necesario que el pan” cuando los guerreros lo incendiaron en Sarajevo.

A pesar de la destrucción total de sus equipos e instalaciones, según contó Restrepo, al día siguiente el rotativo circuló y, no obstante de que los ejemplares se vendían al doble de su precio, se agotaron en manos de los lectores que apenas tenían el dinero suficiente para comprar pan. Y cuando Restrepo preguntó a Diezrevic, ¿cómo se explica que un medio pueda ser más necesario que el pan?, éste le respondió: “Porque en las crisis la gente puede vivir sin pan, pero no sin esperanza”.

Fenómenos similares se vieron también en el país. Hubo medios que en algún momento lograron respeto, credibilidad e influencia en la sociedad. Las radios mineras (1960-1980) son una experiencia histórica por demás conocida, en cuyo modelo comunicacional democrático se ejercía la dinámica dialógica del emisor-perceptor/perceptor-emisor. O el caso de los dos medios escritos de La Paz, que en “octubre negro” (2003) conquistaron la simpatía de un sector ciudadano por haber sintonizado con la demanda social al exigir, en sus ediciones, la salida del poder de Gonzalo Sánchez de Lozada. La gente evitó el decomiso de los ejemplares y garantizó su venta libre.  

Ahora, veamos señales del periodismo que genera incertidumbre. En este ámbito existe un seudoperiodismo (sensacionalista) que considera que la noticia es sinónimo de mercancía; que apunta a las emociones/sensaciones antes que a las razones; que escandaliza antes de informar, caricaturiza la realidad; hace héroe al delincuente y delincuente al justo; vende, pero no tiene credibilidad ni influencia; busca la emulación del periodista y del medio con la lucha de la primicia por la primicia; es parcial y sectario; hace que prime la venganza y la perversidad; no respeta lutos, enfermos ni moribundos al acosarlos para lograr una versión; socava los valores morales de una sociedad y pone en riesgo la libertad de expresión y los derechos a la comunicación e información.   

Con una fuerte dosis de crítica a ésa y otras formas de publicación, el 10 de diciembre de 1993, cuando recibía el Premio Nacional de Periodismo, José Gramunt de Moragas S. J., hizo una reflexión que hoy hace tanta falta en las casas periodísticas donde algunos de sus habitantes se convierten —desde la óptica del jesuita— en una especie de divinidades griegas que desde el Olimpo de la tecnología de los medios todopoderosos, por un lado, informan, ilustran y aproximan hombres y pueblos y, por otro, prodigan mil embrujos y sofismas.

En esta línea, hoy, al margen de las causas que llegan a los tribunales de honor, el ciudadano de estos tiempos plurinacionales es testigo de casos mediáticos no esclarecidos y que, en cierta forma, afectan la credibilidad de medios y trabajadores de los mismos.

Para muestra, cinco botones. Entre diciembre de 2008 y marzo de 2012 se presentaron los siguientes títulos que causaron polémica: El caso de los 33 camiones, “Evo negocia ‘luz verde’ con los contrabandistas”; el de Luisa Larico, sindicada y encarcelada de manera injusta por el supuesto rapto de un bebé, “Estoy muerta en vida”; un trabajador de un medio televisivo que le pide a un menor consumir droga para ilustrar su nota; el caso Chaparina, “Muere un bebé en violento operativo”; y el proceso ordinario de un “Periodista condenado a 2,6 años de cárcel por difamación”.

Sean esos, errores, faltas, infracciones mediáticas leves o graves; interpretaciones, delitos de imprenta o hechos sancionados por el Código Penal, lo innegable es que afectan el prestigio social de la comunidad periodística. A esta situación se suman la espectacularización o farandulización de los espacios noticiosos, la discrecionalidad en el manejo de géneros; escasa investigación, documentación y contextualización; carencia de pluralidad y contraste de fuentes, entre otros defectos.

Entonces, no cabe duda, existe una situación de crisis en el gremio, entendida como “un tiempo de decisión” (S. Sontang) para reflexionar, enfrentar y resolver los dilemas; un instante de repensar en sí mismo, es decir, una “situación transicional” (E. Torrico) que si no se encara de manera adecuada puede seguir horadando las bases éticas y legales de la profesión. 

Ante esta realidad, hace falta tomarse un tiempo de reflexión, asumida como una relación íntima entre el observador (periodista), lo observado (dichos y hechos de la realidad social) y el lenguaje usado por aquél que expresa a este último (E. Torrico). Por ello, es necesario fortalecer la toma de conciencia del operador semántico de los medios y sus organizaciones, de tal manera que actúen de acuerdo con los límites legales, éticos, técnico-gramaticales y constitucionales, que impone el ejercicio profesional en un Estado de derecho democrático.

Dicho de un modo técnico, a la hora de convertir la realidad en un texto para la sociedad; es bueno respetar con mayor minuciosidad las reglas de oro del buen periodismo y recordar que, por ejemplo, las comillas como los hechos son sagradas al referirse a “flojos”, “flojera”, “acusa” y “opina que”, y dejar de hacer interpretaciones precarias y superficiales que pueden ser tomadas como conjeturas y que luego sigan ocasionando conflictos político/mediáticos que dan pábulos al poder para que advierta con “sentar precedente” y criminalice la palabra.

En suma, es necesario un ejercicio autocrítico y fiscalizar el cumplimiento técnico y ético del mensaje para evitar que luego intenten cercenar las manos de los mensajeros o escribanos que tuvieron la osadía de teclear esos títulos.

Y en el terreno legal, ¿cómo impedir episodios que arriesguen la libertad de la palabra y del constructor de mensajes?

Como pocos países en el mundo, Bolivia goza de garantías y obligaciones con estatus de constitucionalidad. Existen derechos a la comunicación, información, opinión e interpretación y obligaciones como autorregulación, responsabilidad, réplica y rectificación. Éstos, junto a la Ley de Imprenta y los códigos de ética son linderos en los que medios y periodistas deben trabajar para seguir siendo portadores de esperanza y que algún día el periodismo nacional sea “más necesario que el pan”.

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