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Periodismo en tiempos de telebasura y propaganda

La reflexión del autor apunta a la necesidad de tener‘especialistas en información’.

Periodismo en tiempos de telebasura y propaganda.

Periodismo en tiempos de telebasura y propaganda.

La Razón (Edición Impresa) / Gabriel Romano Burgoa

00:00 / 17 de septiembre de 2017

A penas nos conectamos y ya estamos relacionados con una avalancha de estímulos. La información llega frenéticamente sin apenas poder hacer algo para que esto sea de otra manera. Hace mucho tiempo que los contenidos en los medios dejaron de tener mesura con el receptor, por el contrario prima la espectacularidad, el interés por llamar la atención y por transformar lo cotidiano en una trama en la que el show determina todo.

Se trata de un nuevo paradigma en el que estamos arrojados (no sabemos cómo diablos). La memoria nos falla, no recordamos cuándo fue el momento en que apareció aquella propaganda, el programa o el comentario que inició el estado actual de las cosas. Solo notamos que estamos en un momento en el que todo se maneja al límite. Es el tiempo de los contenidos basura (aquello que nos intenta decir mucho y no nos lleva necesariamente a algún lado) y de la propaganda (no necesariamente comercial).

La telenovela de amor ya no es la preferida, en su lugar está el reality que impacta o la serie que nos habla del mundo del narco. Los noticieros mutan, están provistos de una formalidad aparente que combina la calamidad de la crónica roja con el espectáculo en fracción de segundos. En las redes pasa lo mismo, por ejemplo, las firmas reconocidas de noticias interactúan mostrando la realidad espectacularizada y en ocasiones confunden información con la desgracia de alguien; penetran en la intimidad de las personas con el dolor que causa el aguijón.

La política en los medios y en las redes no está exenta de estas condiciones, tienen mucho de contenido basura y propaganda. Cada vez se la asocia más con categorías que la alejan de lo epistemológico (ciencia política) y que la vinculan con la espectacularidad de un reality. Enaltece el insulto, la amenaza y la denuncia (muchas veces irracional) como una prioridad para salir al espectro de difusión. Lo público se convierte en un gran teatro que convive con la realidad de las cosas donde urge el discernimiento fino.

En este diagnóstico aleatorio que refleja algunas situaciones que no son del todo coherentes en el panorama mediático surgen estas preguntas: ¿Cómo esto afecta a la praxis periodística? ¿En qué medida esta ruta abierta por los nuevos paradigmas afecta el modo de entender el periodismo? ¿Cuál es la dosis sensata de la espectacularidad en una noticia y cuál la que se debe aplicar para la mesura reflexiva? ¿En qué medida el estilo de la telebasura y de la propaganda condiciona al periodismo?

Parto de la idea de que ponernos a pensar sobre estas cuestiones abre, fundamentalmente, dos frentes. Uno que debe tener en cuenta a quienes están en el ejercicio diario de la profesión, de aquellos que conocen cómo se hacen las cosas en lo cotidiano y que “juegan en cancha”, pero el otro desde la reflexión académica que toma en cuenta a quienes se forman para el periodismo y los que tenemos la posibilidad de enseñar periodismo.

Enseñar periodismo en los tiempos de la telebasura y la propaganda (no únicamente comercial) supone un desafío importante porque plantea seguir una ruta distinta a lo que se hace. Es decir, no dar por cerrada esta influencia (pasiva) casi generalizada del “nuevo paradigma” y contentarnos con aceptar lo que se va imponiendo bajo términos de adecuación, sino de tener la capacidad de formar personas, crear contenidos, formatos y estilos que influyan sobre lo que se está dando (propuesta y condición activa).

Esta tarea decidió asumirla desde agosto la Universidad Franz Tamayo, cuando abrió una de las pocas carreras (si no la única) de Periodismo a escala nacional. Se trata de la primera dedicada a formar periodistas a nivel de pregrado, pensando en la profesionalización del sector y en la generación de capacidades de los elementos humanos. Algo desafiante ante un mercado laboral aparentemente saturado por la oferta de comunicadores, pero muchas veces carente de profesionales de la información.

La formación de profesionales periodistas en Bolivia supone, a mi juicio, la posibilidad de sentar soberanía en el área. Eso implica una estructura para pensar la labor desde la praxis y la academia. No es malo que en Bolivia existan especialistas que hablen del periodismo desde sus campos del saber, incluso que lo hagan los políticos, pero resulta todavía mejor que lo hagan los futuros periodistas desde sus propios conocimientos y desde su propia realidad con conocimiento de causa.

La enseñanza del periodismo en el ámbito universitario abre la posibilidad de contribuir el estadio de formación primordialmente empírico, de manera que el conocimiento de la experiencia (pensemos en los colegas que se formaron haciendo cobertura) se interrelacione con lo académico de manera que ambos polos se complementen y generen nuevas propuestas del saber. Implica un espacio en el que se dialogue sobre la experiencia del sector, pero que también se tenga en cuenta la sistematización de ese saber.

Enseñar periodismo a largo plazo establecerá una sana diferencia entre el profesional de la información con aquellos actores de la comunicación que no son periodistas. Debe quedar claro que un presentador de televisión no es necesariamente periodista, un animador no es necesariamente periodista, un locutor no siempre es un periodista, el periodista es un especialista de la información y por lo tanto aquellos deben asumir esa diferencia. Considero que este proyecto abre la posibilidad a revalorar la labor del periodista dentro de los medios, que muchas veces es confundida con el encomendero de noticias.

Finalmente, la profesionalización del periodismo abre a posibilidad a la constante interpelación de la conciencia ética de la profesión ante las figuras “deformadas” que aparecen en los medios se hacen normales. Concebir al periodista como el profesional que no hace propaganda por nadie ni para nadie, como aquel que es capaz de ser libre de contar lo que sucede y no de sacrificar la verdad a la noticia. Hacer que el periodista actúe sin acaloramientos innecesarios evitando que se transforme en un agitador sectorial.

  • Gabriel Romano Burgoa es periodista y profesor universitario

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