Animal Político

Periodista, peyorista y peyotista también

El oficio de nuestras vidas

La Razón / Marco Basualdo

00:02 / 09 de septiembre de 2012

Me enseñaron a no mentir y decir siempre la verdad. No me refiero a mis padres, que obviamente también lo han hecho. Lo hago evocando aquellos días de instrucción universitaria en la que se dictan las teorías que distan, y mucho, de lo que finalmente es la práctica sobre el escritorio y de ahí al impreso. ¿Qué me llevó a estudiar Comunicación para luego derivar hacia el periodismo? Aunque suene díscolo (creo que a esta altura ya lo estoy), fueron culpables aquellos suplementos de arte y rock que solía coleccionar en mi adolescencia, que, por cierto, se va alargando y es algo que empieza a atemorizarme. Pero, bueno, sin virar de tema, no estoy muy seguro si la aptitud por el periodismo estuvo siempre ahí; me animo a pensar que tuve que domar la actitud cuando el simple fanatismo se podía convertir en una profesión o, para sacarle un poco esa chapa fea por protocolar, una forma de ganarse la vida. ¿De manera honesta?

No robé, no falté a la rigurosa verdad, no mentí (no puedo, algunas de las mujeres que tuve como pareja me han dicho que soy muy malo para eso), pero ¿sobredimensioné? Pues, calculo que sí. Y es que me hice en el camino.

Informar, educar, entretener. Las máximas del periodismo, la exégesis de los que se creen el nexo, los del privilegio entre las fuentes y la descabezada masa. Es lo que uno aprende en las aulas; allí me enteré lo de la teoría hipodérmica (aquélla que dice que los mensajes son como inyecciones al organismo; o sea, a más pinchazos, mayor adicción). También recuerdo a autores de apellidos raros como Mattelart, McLuhan y ése Namakforosh (o como se escriba, podría consultarlo en Google, pero me juré honestidad hasta la muerte  y si no me acuerdo cómo se escribe el apellido de este personaje, pues no me acuerdo). Hay mucha pose en la profesión, ventilar supuestas erudiciones es, sin dudas, la predilecta.

Carrera de caballos en la “U” hasta alcanzar el día del debut laboral. Con miedo, timidez y total desconocimiento del trabajo coyuntural (no había escuchado esa palabra en la vida, que aún hoy me suena más a dolor corporal, algo así como “me duele la coyuntura”), me integré a una sala de redacción donde los dedos sobre las teclas no dejaban de sonar, las llamadas informaban desgracias en su generalidad y las puertas me empezaban a espantar con su ruidos o vaivén. La vida con el periodismo empezaba a darse de manera furtiva. Orden del día, entrevista a fondo, coloquial narrativa.

Mi primera nota impresa fue como la primera eyaculación. Feliz y realizado, con la sonrisa de Guasón. Le había informado a la gente sobre la exposición artística de un pintor que se la pasó encendiendo puchos y tirándome el humo a la cara mientras yo cavilaba en mi mente las preguntas más acuciosas para llevarlas al papel. Genial. Al día siguiente caminé orgulloso con el periódico bajo el brazo, pensando en que alguien me reconocería por mi hermosa prosa periodística. Pero todos pasaban de largo, nadie me dijo nada; ni siquiera entre los que empezaban a ser mis colegas. Salvo la alegría de mi madre y el plato de egocentrismo que se habrá tragado mi entrevistado, nadie en el planeta advirtió mi debut en las páginas de un diario. No importa, me dije; el tiempo traerá los reconocimientos y las palmadas en la espalda.

Con metas en mente, pasaron las semanas y empecé a tomar el teléfono, la libreta y la reportera con más confianza. Pocos se negaban a las entrevistas y quise redescubrir el mundo para plasmarlo en reportajes que debían cambiarle la vida al lector. Pese a buscar, no logré encontrar nada nuevo y lo que en realidad cambió fue mi estatus en la redacción. De la apacible sección de Cultura me mandaron a cubrir Policial. El periodismo se volvía serio y sangriento, ya no era cosita de un amante del arte con sueños de escritor e ínfulas de bohemia frustrada. Esta vez el decálogo era: a más muertes y más tragedia, mayor material, inmejorables salidas, diversos enfoques.

Luego, hacía las otras secciones; Sociedad fue una de mis preferidas y la que más me ha marcado como ser humano de paso por la Tierra. Mis caminatas empezaron a mostrarme la realidad del asfalto. No más libros, no más cátedras. El infortunio y la sobrevivencia ahí, para deleite de mi escabrosa y hasta morbosa pluma; más bien dicho, morboso teclado.

De a poco me iba convirtiendo en lo más peyorativo de aquello que en un principio emocionaba e inspiraba encauces. Los temas que podía abordar en torno a la rutina del hombre y de la mujer suburbanos siempre me inflaban el pecho. Pensaba que ponerlo en un periódico sería mi carta de denuncia; los panfletos de descargo ante la impávida sociedad. Pero he visto muchos de aquellos reportajes haciendo de papel de envoltura de media docena de huevos y hasta de una libra de azúcar. No importa, con el tiempo llegarán los reconocimientos y las palmadas en la espalda, me dije.

De un medio en otro, acumulé muchos amigos y también enemigos. Colegas, entrevistados, lectores... fui cosechando amores y desencantos. Deben ser los gajes de la profesión, pensé, y así se fueron hilvanando algunas pocas amistades y se fue tejiendo una incalculable red de enemistades. Tratar de ser honesto con la palabra no era bueno, tenía que ser más calculador, más frío, dejar de escribir con el corazón, ser más profesional y más “objetivo” si quería ser “digno” en esto.

A contramano, fui testigo del admirado crecimiento de aquéllos que se habían bautizado conmigo en esto de ser informativista. Encontraron en la profesión la mejor manera de entablar lazos con el poder, venga de donde venga; por ello muchos terminaron laburando para empresas privadas de rubros muy distintos, en instituciones y medios del Estado, y otros que se lanzaron a la política, casualmente fuentes contra las cuales despotricaban desde sus escritorios con el control de televisión en mano a la hora de monitorearla.

Tener la exclusiva supuso un precio; el periodismo había sido sólo un puente, un pedestal, una rampla para tomar impulso hacia otros fines. A esta altura ya no sé si es cuestionable de tan normal, las oportunidades no se dan todos los días y sabemos que este mundo es de los “vivos”; pero aún así, esto no podía ser cien por ciento noble, pensé. Y aunque desmoralizado, seguí escribiendo.

No todo podía ser malo. El periodismo me permitió las experiencias más lisérgicas entre los paisajes a los que me llevó mi agenda de travesías para la cobertura mediática. Experimenté aquello que no tiene precio y que solemos perder entre el cemento y la velocidad de los relojes y la mecánica bravura de los autos. Sentir el frescor del pasto en los pies, el arremolinado viento en las mejillas, las gotas del agua tibia cayendo desde el cielo, la majestuosidad de la creación. Narrarlo fue siempre un lujo.

De esta manera, tecla tras tecla, he contemplado el paso de gentes de micrófonos colgantes, impetuosos en su lucha, alucinados por la “pepa”, la primicia, el peyote de los medios que es la información, ésta que hoy corre por las venas y arterias del mundo moderno a la orden del click y sin la cual se hace imposible la vida del animal social que es el hombre.

Así de alucinados estamos todos. Pero no importa, con el tiempo llegarán los reconocimientos y las palmadas en la espalda.  

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