Animal Político

Periodistas en las redes sociales

Ningún código de conducta, por más prolijo que sea, anticipa y resuelve todos los conflictos que pueden surgir con las intervenciones de redactores en las redes sociales y otros foros.

La Razón (Edición Impresa) / Tomàs Delclós

00:04 / 19 de enero de 2014

Las redes sociales son un espacio de proyección del trabajo de los periodistas, fuente informativa y terreno para establecer una interlocución distinta con los lectores. Pero la intervención del periodista no puede tener la misma franqueza que en una taberna y hay un largo repertorio de episodios conflictivos en esta relación, necesaria, que se establece en las redes sociales.

En noviembre de 2012, la Dirección de The New York Times destinó un editor a tutelar preventivamente los mensajes en las redes sociales de su responsable del despacho en Jerusalén después de que publicara comentarios o enlaces (a un diario libanés favorable a Hezbolá, por ejemplo) que fueron muy criticados por lectores que los consideraban una toma de partido. La defensora del lector del diario apoyó la medida del diario para asegurarse que las intervenciones en las redes sociales de su periodista fluyeran más suavemente. Se trataba, escribió, de aprovechar la promesa de compromiso de los medios de comunicación social con los lectores sin exponer The Times “a los pensamientos sin filtrar y sin editar de un reportero”. Otros finales han sido más penosos. La CNN, por ejemplo, despidió a una redactora, Octavia Nasr, en 2010 por un “controvertido” mensaje político en Twitter. Nasr comentó posteriormente que en las redes sociales no se trata de lo que dices y de lo que quieres decir, se trata de la percepción de lo que has dicho y de lo que quisiste decir. “¿Qué guía puede abordar eso?”, se preguntaba.

En dos años, he recibido muy pocas quejas sobre el tono de alguna réplica de periodistas o colaboradores de este diario en las redes sociales. Quejas de envergadura dispar y nada comparable con el asedio injurioso que algunos foreros practican en sus comentarios sobre distintos redactores. La última llegó recientemente. Una periodista de este diario enlazó en su cuenta de Twitter una viñeta de El Roto publicada por El País. Mostraba una mujer embarazada que se hacía la siguiente reflexión: “¿Cómo es eso de que el embarazo es mío y el aborto de un psiquiatra, un cura, un juez?”. Y un lector replicó que cómo era eso de que la pensión de manutención de los hijos es del padre y la decisión de abortar solo de la madre. Esta intervención motivó un segundo mensaje de la periodista que concluía con la frase: “¿En qué mundo vives?”. Otros miembros de la red entraron en el debate, uno de ellos tratando al citado lector de “zopenco”. Y éste me remitió una carta, de quien mantengo el anonimato para no multiplicar el insulto, en la que manifiesta que es profesor universitario, “me presento con mi nombre, apellidos y fotografía, me he limitado a rebatir un argumento fundado en un conocimiento deficiente del Derecho de familia español”, y considera una afrenta pública la expresión “en la que se me tutea y se me dice que no sé en qué mundo vivo, hecho con el salvoconducto de ser periodista de El País” y jaleada, prosigue, por trolls, condición que algunos intervinientes en el foro achacan, a su vez, al lector. La periodista se inhibió en el cruce de mensajes posteriores y no publicó ninguna otra réplica. Los diálogos en la red social admiten un registro más cotidiano y de mayor emotividad, pero la interjección no es la respuesta apropiada. En todo caso, la periodista no fue la autora del insulto.

La empresa editora de este diario publicó, la versión definitiva data de 2012, un breve código en el que se enumeran principios generales aplicables a toda persona vinculada de una forma u otra a las empresas del grupo y en cualquier entorno digital, ya sean redes sociales o blogs personales o profesionales. En el mismo se tratan cuestiones como la asunción de los valores democráticos, confidencialidad sobre futuros productos u operaciones de la compañía, respeto a la legalidad, responsabilidad en el empleo de fuentes, evitar los rumores, corregir los errores... y se añade un protocolo de respuesta en caso de crisis, entendida como daño a la empresa o a sus empleados. Sobre la cuestión de la relación con los lectores, el artículo 5 fija que “siempre debemos utilizar un lenguaje y tono correctos, siguiendo las normas básicas de educación socialmente establecidas” y termina con una apelación, en el artículo 10, al sentido común. Se trata de un código breve y genérico, muy distinto a los que se prodigan en el mundo anglosajón.

The Washington Post en su guía de conducta en redes sociales recuerda a sus periodistas que cuando intervienen en ellas siempre son periodistas del diario y les recomienda, antes de publicar un mensaje, preguntarse si su contenido suscitará las dudas del lector sobre su capacidad para hacer el trabajo de manera objetiva y profesional. “Si es así, no lo publiques”, concluye. El texto incluye recomendaciones prácticas como la de contar hasta diez antes de responder a una crítica, no tomarla como algo personal y nunca replicar en nombre del diario.

En el código de la agencia AP figura una advertencia sobre activar un “me gusta” de la página de un político o hacerse seguidor de la web de determinadas organizaciones, porque ello puede crear la percepción “entre las personas no familiarizadas con el protocolo de redes sociales” de que aquel miembro de AP es un defensor de sus postulados. Es una prevención que figura en más de una guía de este tipo. Algunas, ante la necesidad informativa de seguir estas páginas, establecen que el periodista también figure como seguidor de sitios digitales que mantienen posiciones opuestas para que no se confunda el propósito informativo de este seguimiento con nada que pueda acercarse a una adscripción ideológica.

El de la BBC, por ejemplo, establece que si a un corresponsal político le interesa por razones profesionales unirse a un grupo de Facebook del partido laborista también debe hacerlo con uno del conservador, uno de los liberales y uno de los nacionalistas. En el código de AP se llega a detallar que sus directivos “no deben emitir solicitudes de amistad a los subordinados. No pasa nada si los empleados quieren iniciar el proceso de amistad en línea con sus jefes”. En la guía de la BBC, algunas normas son más restrictivas para los periodistas que trabajan en los contenidos editoriales, particularmente los políticos, que para el resto de personal. Es recurrente en varios supuestos el deber de consultar previamente a un superior.

Un aspecto que se reproduce también en más de una guía es el de mantener el diálogo con los lectores, pero evitar, como describe el de AP, “entrar en prolongados intercambios de ida y vuelta con la gente enojada que se vuelve menos constructiva con cada nueva ronda”. Los comentarios abusivos deben reportarse, prosigue, a la compañía que actuará para conseguir su borrado.

Reuters ha optado por unas recomendaciones más genéricas y breves. Tras advertir que se debe evitar, “a toda costa”, la retórica incendiaria o el hablar por hablar, termina con un “tener cuidado” y antes de colgar un mensaje aconseja reflexionar sobre el impacto que pueda tener en “nuestra profesionalidad o reputación colectiva”.

Ningún código, por más extenuante que sea su articulado, anticipará y resolverá todos los conflictos que pueden presentarse. Con todo, los principios generales que establecen los códigos éticos, aunque daten del periodo analógico, son aplicables igualmente. Los periodistas de un medio han de tener presente que, sea cual sea el tema que traten, se identifiquen o no como tales miembros de la Redacción, muchos de sus seguidores lo son por su condición profesional y la prudencia en las redes sociales nunca será un error, particularmente si se comentan temas que se siguen profesionalmente.

El juicio sobre una práctica profesional se establece analizando el tratamiento dado a una información, pero las intervenciones del periodista en las redes sociales pueden confundir este análisis o propiciar conclusiones erróneas. Una cosa es atender la crítica razonada, para rebatirla o asumirla, y otra responder a provocaciones que únicamente pueden alimentar una riña inútil y que seguramente está en la intención de quien la inicia. La paradoja reside, como escribió la defensora de A Folha en un polémico asunto, en que quien necesita y trabaja por la libertad de expresión debe limitar la propia para proteger su credibilidad y la del medio.

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