Animal Político

El Perón del Caribe

Chávez nació en los llanos de Venezuela. Se dice de la gente de allí que es reservada al principio, pero que cuando entra en confianza, se revela seductora. Este hijo de Sabaneta se hizo querer y odiar en forma equivalente, súbita y acalorada, aunque ahora ya está transformado en leyenda.

La Razón / Rafael Archondo

00:00 / 10 de marzo de 2013

Hay que estar muy despistado para no querer admitir que Hugo Chávez, el hasta hace días Presidente de Venezuela, había alcanzado ya hace tiempo la estatura de figura indispensable para entender a la América Latina de principios del siglo XXI.

Sí, y despistados hay miles. Chávez fue subestimado obstinadamente desde aquella mañana de febrero de 1992, cuando su rostro aturdido, bajo una boina roja de paracaidista, ocupó, por primera vez, las pantallas de televisión del mundo entero. Apenas se encendieron los reflectores, aquel teniente coronel arrestado soltó la siguiente frase, propulsando con ella un tren de acontecimientos inesperados: “Primero que nada, quiero dar buenos días a todo el pueblo de Venezuela, y este mensaje bolivariano va dirigido a los valientes soldados que se encuentran en el regimiento de paracaidistas de Aragua y en la Brigada blindada de Valencia. Compañeros: lamentablemente, por ahora, los objetivos que nos planteamos no fueron logrados en ciudad capital. Es decir, nosotros, acá en Caracas, no logramos controlar el poder. Ustedes lo hicieron muy bien por allá, pero ya es tiempo de reflexionar y vendrán nuevas situaciones y el país tiene que enrumbarse definitivamente hacia un destino mejor. Así que, oigan mi palabra. Oigan al comandante Chávez, quien les lanza este mensaje para que, por favor, reflexionen y depongan las armas. Les agradezco su lealtad, su valentía, su desprendimiento, y yo, ante el país y ante ustedes, asumo la responsabilidad de este movimiento militar bolivariano”.

Chávez había empezado a hablar y ya nadie, salvo la muerte, tendría el poder de callarlo. Su historia personal nos otorga una prueba clara de cómo las circunstancias individuales pueden llegar a ser demarcatorias para una sociedad en ebullición.

El 4 de febrero de 1992, un plan meticulosamente madurado en dos décadas, se puso en ejecución. Cinco tenientes coroneles, encabezando a más de dos mil uniformados, salieron a las calles con la meta de derrocar al presidente Carlos Andrés Pérez, aquel socialdemócrata cansado, que desde 1988 empujaba trabajosamente su segundo mandato bajo las inclemencias de una crisis económica galopante. El movimiento de tropas se activa cuando aterriza el avión presidencial trayendo a Pérez de regreso de la Conferencia de Davos (Suiza). La misión de Chávez era ponerlo bajo arresto a fin de crear un vacío de poder y reformar el país desde sus raíces. Al parecer, un capitán involucrado en las acciones filtró información sobre el inminente golpe de Estado. La infidencia tuvo consecuencias profundas. Diez minutos antes de la medianoche, el Presidente es despertado por una urgente llamada telefónica. De inmediato se coloca el traje por encima del pijama y sale veloz rumbo al Palacio de Gobierno. En la autopista se cruza con los blindados que van por él y que no advierten su adelantamiento sigiloso. En esa madrugada, todos los camaradas de Chávez han conseguido tomar el control del país y cuando el sol se asoma sobre Caracas, Venezuela entera despierta ocupada por los rebeldes. Sin embargo, el propósito medular del operativo, capturar a Pérez, ha fallado.

A partir de las 10.30, la televisión difunde lo que parece ser una salida a la crisis: la capitulación del único jefe golpista que ha decidido entregar sus armas. Chávez pronuncia entonces aquellas célebres palabras que hemos transcrito hace un momento. De ese modo, el gobierno consigue conjurar la arremetida, pero en el mismo trance, sella su destino trágico. Ha naufragado el golpe, pero ha emergido el caudillo que Venezuela estaba esperando para poner fin a 40 años de gobiernos de relevo entre socialdemócratas y demócrata cristianos. El rodar de los tanques ha cedido paso al despliegue del carisma. Si Chávez lograba capturar y evitaba ser capturado, posiblemente hubiese sido uno más entre varios cabecillas airosos, disputándose el mando supremo. El traspié le permitió ser seleccionado para fungir como portavoz del movimiento y atraer en torno suyo las expectativas de un pueblo cansado de escuchar promesas incumplidas. Después de dos años de arresto y un hermanamiento creciente con la gente, en diciembre de 1998, era elegido como Presidente por mayoría absoluta. Así se quedó 14 años, ganando elección tras elección, con un ímpetu que parecía incombustible. 

Mucho más que carisma. Los 38 años previos al fallido golpe de Estado le sirvieron a Chávez para adquirir una conciencia política compartida por muchos de sus contemporáneos asistentes a la Academia Militar de Venezuela. Durante su primera presidencia (1969-1974), el demócrata cristiano Rafael Caldera tomó la decisión de mejorar la formación académica de las Fuerzas Armadas.

Chávez pertenece a la primera promoción beneficiada por el llamado Plan Andrés Bello. En la lista de los llamados doctores, figuraban los primeros 80 uniformados con título de licenciatura en Ciencias y Artes Militares. Con ese gesto de superación académica, Venezuela marcaba una diferencia con el resto de América Latina, sumergida bajo dictaduras adictas a la doctrina de la Seguridad Nacional. Chávez y sus compañeros estudiaron teoría política desde el primer año y tensaron sus capacidades en las clases de Historia, donde los escritos de Bolívar eran pieza vital del plan de estudios.

Entre 1971 y 1973, estos cadetes conocieron de cerca la experiencia de sus colegas de Panamá, donde un teniente coronel llamado Omar Torrijos montaba el operativo de recuperación del Canal que sigue siendo cimiento de su economía. Pero la huella más honda en la mente de Chávez y sus compañeros parece haber llegado en 1974 cuando conmemoraron en Lima los 150 años de la Batalla de Ayacucho. Veinteañeros todos, estrecharon la mano del presidente Juan Velasco Alvarado, militar como ellos, y en plena faena de recuperación del petróleo y de la soberanía popular.

A partir de ese momento, cuentan sus biógrafos Marcano y Barrera, Chávez vive una doble vida. En el día cumple sus deberes militares y en la noche, lee y discute, ayudado por el tabaco y el café, que lo mantienen despierto. Su hermano Adán, con quien creció bajo la protección de su común abuela Rosa Inés, ya era para entonces un militante de la izquierda insurreccional. Con él y en la biblioteca de otro cuadro marxista, Esteban Ruiz Guevara, Chávez se politiza incesantemente.

Ambos datos muestran con claridad lo planteado por Maquiavelo. La fortuna del Príncipe se compone de saber y fortuna. Chávez gozó de una inmejorable suerte, pero aquella ocasión televisiva no hubiera sido ganancia si no la condimentaba con inteligencia y astucia. Y es que el éxito político es una sofisticada mezcla entre oportunidades aprovechadas e intelectos previamente desafiados. Nos disponemos a ver ahora si los chavistas preservan el embrujo de aquellos años fundacionales.

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