Animal Político

Perros peligrosos, en las calles y en las casas

Son muchos y grandes los desafíos en este ámbito, el más grande de todos pasa por educar a las personas. Es decir, por ocuparse de lo más importante de una ciudad: el ser humano. Sólo así evitaremos que desgracias mayúsculas como la de Rosalía se repitan.

La Razón / Gonzalo Jordán Lora

00:03 / 02 de junio de 2013

Hace dos semanas, en distintas ciudades del país, dos niñas fueron brutalmente atacadas por perros de razas consideradas peligrosas. El primer caso ocurrió en El Alto, cuando Rosalía, una pequeña de cuatro años, sufrió la embestida de dos rottweiler que no aplacaron su ira sino hasta literalmente destrozarla. Catorce días después, su vida aún corre peligro; y en caso de sobrevivir, lamentablemente va a necesitar una serie de cirugías para atenuar las secuelas de la brutal agresión. El otro caso tuvo lugar en Santa Cruz, y casi le cuesta un ojo de la cara (el izquierdo) a una niña de seis años, que fue atacada por un pitbull mientras caminaba por la calle junto a su madre.

Como es de suponer, estos dos hechos pusieron —nuevamente— en la palestra la necesidad de una ley que prohíba la tenencia de cierto tipo de canes, que constituyen un serio peligro para las personas y para otros perros; pero también y sobre todo, las limitaciones y negligencias gubernamentales y particulares a la hora de controlar la tenencia y el tráfico de animales, tanto domésticos como silvestres. 

Agregando más leña al fuego, el anuncio de una posible norma que obligue a eliminar a este tipo de perros propició una marcha de protesta —cuándo no— en la ciudad de Santa Cruz protagonizada por quienes defienden su tenencia. Estas personas argumentan que no es verdad que existan razas peligrosas, sino que en realidad los peligrosos son los dueños, quienes crían a los animales de manera agresiva; y tienen toda la razón.

En efecto, la fidelidad y nobleza de los perros, sin parangón en el reino animal, los vuelven completamente dependientes de sus dueños, de quienes copian costumbres y carácter. Por eso, cuando son criados con cariño, responden positivamente, siendo compañeros fieles y amorosos. Si, por el contrario, son víctimas de maltratos, reaccionan también de manera agresiva, algunas veces contra sus propios amos; otras, la mayoría, contra personas y animales “desconocidos”.

No obstante, las personas que esgrimen estos argumentos olvidan (convenientemente) que, por lo general, quienes crían a este tipo de perros no lo hacen precisamente para que cuiden a sus hijos o para que pasteen ovejas. Lo hacen con el propósito de proteger sus hogares o negocios, pero también para aparentar ante sus vecinos y amigos, en una suerte de fortalecimiento inconsciente de su “hombría”, como queriendo cubrir sus carencias a través de sus mascotas, cuando en realidad no hacen sino proyectar sus temores e inseguridades. Lo propio ocurre con algunos conductores, jóvenes y no tan jóvenes, que detrás de un volante, mejor si se trata de un 4x4, tratan de demostrarse a sí mismos que son capaces de “doblegar” la voluntad de otros conductores (para ellos, rivales) e imponer su ley: la del más bruto. Cuestión de orgullo y baja autoestima, diría algún freudiano.

Tampoco olvidemos que no son pocos quienes crían a este tipo de canes para organizar peleas de perros o  para contiendas entre pandillas. De hecho, la iniquidad de algunos es tal, que incluso suelen sacar a sus “mascotas” a las calles para que “practiquen” con otros perros, independientemente del tamaño o del color que sean. En suma, aquel refrán que asegura que detrás de todo gran hombre hay una gran mujer, bien puede ser extensible para este caso. Algo así como: detrás de todo perro peligroso hay un hombre agresivo, desconsiderado e inseguro, con honrosas excepciones, claro está (están también los que los crían para reproducirlos con fines comerciales, por ejemplo, los dueños de los rottweiler que atacaron a la niña de El Alto).

Y ante esta situación de indefensa, profundizada por la incompetencia de los gobiernos municipales; y ante el número creciente de brutales ataques de perros peligrosos —cada día, en promedio, seis personas son agredidas por canes, en su mayoría niños (el 80%), según estimaciones de Zoonosis—; y ante la desidia de los dueños de estos animales que los sacan a pasear frecuentemente sin bozales, a veces sin correa o, peor aún, los dejan sueltos en las calles, no queda sino tomar decisiones drásticas, como prohibir su tenencia.

El problema es que, como bien se sabe, una norma de nada sirve sino viene acompañada por todo un andamiaje que asegure su aplicación. Y, lamentablemente, el interés de la mayoría de los gobiernos municipales no está puesto precisamente en combatir éste y otro tipo de “eventualidades” relacionadas con el cuidado del medio ambiente, pues no suelen ser muy visibles y, por ende, no dan réditos políticos.

Por ejemplo, El Alto, la segunda ciudad más grande del país, con más de un millón de habitantes, carece de una perrera municipal; y mejor ni hablar de controles municipales. Negligencia que se refleja en la Feria 16 de Julio, donde se comercializa todo tipo de animales, peligrosos unos, silvestres otros. O bien en las calles, inundadas de perros callejeros (más de 250 mil) que deambulan en busca de comida y agua, pasando frío, hambre, accidentes, contrayendo y a la vez diseminando enfermedades (como la triquinosis, sarna, hongos, pulgas, rabia y una serie de infecciones parasitarias). En suma, una situación de mucho riesgo para la salubridad de la población y muy penosa para los propios perros.

En la ciudad de La Paz tampoco nos va mucho mejor. Por ejemplo, la unidad de Zoonosis, con muy pocos recursos y poco personal (existen seis personas y un vehículo para el rescate de los animales), es la responsable de controlar la expansión de enfermedades, pero también de lidiar con el problema de los perros callejeros (más de 150.000). Por tanto, su labor  resulta insuficiente por la falta de recursos. Y si esto pasa en una de las ciudades que más ha avanzado en temas de gestión municipal, mejor ni imaginar que ocurre en el resto de los municipios.

Como se puede observar, son muchos y grandes los desafíos en este ámbito. El más grande de todos pasa por educar a las personas, es decir, por ocuparse de lo más importante de una ciudad: el ser humano. Hacen falta campañas que ataquen la ignorancia de todos aquellos que no entienden la responsabilidad que implica tener una mascota; responsabilidad no sólo hacia las demás, sino también respecto a sus propios familiares y mascotas. También son necesarias medidas gubernamentales como el establecimiento de impuestos a la tenencia de animales, el registro de las mascotas por medio de tatuajes y multas para aquellos que los dejen en las calles. Sólo así evitaremos que desgracias mayúsculas como la de Rosalía se repitan.

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