Animal Político

Persiste la división entre la sociedad civil cubana

¿Está la sociedad civil cubana —la disidente y la oficialista— realmente lista para el diálogo horizontal de la misma forma en la que sí parecen estarlo los gobernantes, otrora enemigos íntimos de las Américas?

La Razón (Edición Impresa) / Claudia Azcuy Becquer

00:00 / 03 de mayo de 2015

La VII Cumbre de las Américas (Ciudad de Panamá, 9-11 de abril de 2015) ha sido calificada de “histórica” por la prensa internacional; ésta coincidió en destacar, tanto el encuentro entre Cuba y Estados Unidos como el apoyo de la mayoría de los Jefes de Estado a Venezuela (en la coyuntura en que el país sudamericano fue declarado por la administración de Barack Obama como una “amenaza para la seguridad de los Estados Unidos”).

No obstante, fue el primer hecho —el cara a cara entre Cuba y Estados Unidos— lo que ameritó más calificativos de la prensa. Aunque la reunión en Panamá no significó más que un evento social para que los presidentes del hemisferio se reconocieran, hicieran algo de turismo político y posasen para la esperada foto, el valor simbólico de la instantánea, que por vez primera incluye a Cuba en el registro de la Cumbre, indudablemente no tiene precedente.

Pero no son ni las declaraciones de Castro y Obama, ni el apretón de manos, ni su reunión privada e informal, los únicos síntomas que dejaron vislumbrar el cónclave de Panamá. Si bien se pudo constatar la voluntad política de ambos líderes, a pesar de las profundas diferencias alimentadas durante medio siglo, también se vio una sociedad civil cubana fragmentada e incapaz de reconocerse a sí misma en su totalidad.

A raíz de que un grupo de disidentes —residentes tanto en Cuba como en el exilio, financiados los primeros por los segundos— llegó a Panamá para participar en el Foro de la Sociedad Civil, previo a la reunión de jefes de Estado, se produjo críticas de parte de la delegación cubana oficialista, que consideraba un “irrespeto” la participación de aquéllos.

No se puede aquí soslayar que la concurrencia de estos grupos discrepantes con el régimen cubano, como representantes de una parte de la sociedad civil, hace visible la apertura manifiesta de Castro sobre éste y otros temas.

Si la participación del gobierno de Cuba en la VII Cumbre de las Américas resultó inaugural de una era de posible reconciliación en la región, la asistencia de la otra voz de su ciudadanía hubiese podido dar fe de dicha reconciliación en el escenario popular. Pero no fue así.

En cambio, se escuchó el repudio de unos hacia otros, cuando ambas delegaciones provocaron actos públicos de violencia en el centro panameño. Con gritos de “¡mercenarios!”, los autoproclamados “cubanos legítimos” pedían a los otros que se retirasen, al no considerarlos representativos de un pueblo “que no los conoce”. Anclados en una forma de pensar caduca, expropiaron a sus coterráneos el derecho a ser cubanos; derecho que, al parecer, no se alcanza habiendo nacido en la isla y compartiendo la misma historia, sino profesando los valores revolucionarios con vocación de monje. Olvidaron, además, que también los más grandes baluartes de la revolución cubana fueron “mercenarios” en su época y no por ello su causa fue menos justa, menos necesaria o menos noble. Una prueba más, quizás, de que el lenguaje, como la historia, funciona a veces como uno de esos buenos libros que uno lee como quiere y que muy fácilmente nos causa la egocéntrica ilusión de ser sus únicos lectores.

Del otro lado del escenario, se aprovechó la excitación de los medios para, de vez en cuando, representar un teatro que ya a muchos aburre. Podría decirse que la oposición cubana demostró tener más rasgos comunes con aquéllas de otros países de Latinoamérica que los que uno hubiese imaginado, a pesar de sus muy distintos orígenes y motivaciones.

Desconectada —al menos en el plano simbólico— de lo que ocurría en Panamá, la disidencia acudió a sus ya habituales lugares comunes de denuncia que, por más carga verídica que en ocasiones posea, ha ido desgastándose sin lograr prácticamente incidencia alguna. No tomaron en cuenta el lugar ni el momento al que asistían: un espacio que ameritaba, por lo menos, una palabra renovada y más a tono con los nuevos tiempos que vive la isla, signados por un gradual descongelamiento del último resquicio de la Guerra Fría.

Dio la impresión, una vez más, de que la disidencia cubana no logrará nunca representar algo más sincero que los intereses de perpetua vendetta de la comunidad anticubana de Miami y, solo por eso, su discurso construye más vacío que sentido.

En resumen: un espectáculo patético, sin percepción del momento histórico actual y con protagonistas débiles, muy lejos de encontrarse a la altura que marcaron sus propios líderes. Entonces, surge la interrogante crucial en este análisis: ¿está la sociedad civil cubana —la disidente y la oficialista— realmente lista para el diálogo horizontal de la forma en la que sí parecen estarlo los gobernantes, otrora enemigos íntimos de las Américas?

Más allá de que los puñetazos dados y recibidos en Panamá puedan considerarse un hecho aislado, previsible y hasta cierto punto “normal”, dadas las provocaciones de ambas partes —que incluso pueden leerse como un síntoma de que la falta de práctica ha moldeado una sociedad civil cubana que no sabe participar ni reconocer al otro—, lo acontecido en la previa de la VII Cumbre de las Américas dejó entrever una inercia ideológica que, poco a poco, habrá que superar.

Imposible no asistir al pensamiento del filósofo esloveno pop, Slavoj Zizek, cuando hace varios años reflexionó sobre la apariencia de las masas en el “socialismo real” y cuyo análisis podría ser aplicado a la realidad que posiblemente están viviendo, tanto los cubanos de un lado y del otro como otros pueblos de la región. En pocas palabras, Zizek advierte cómo las masas mantienen una entusiasta cohesión aparente ante el sistema, pues dejar entrever su desintegración provocaría la disolución del orden social. Lo crucial de este enfoque es que, realmente, nadie cree en dicha cohesión —y todos saben que nadie cree— pero el espectáculo se mantiene. ¿Por qué? El esloveno responde, acudiendo a la teoría del psicoanálisis: “para recordar una vez más el sueño freudiano del padre que no sabe que está muerto, lo que debe evitarse al gran Otro (encarnado en la mirada del líder) es el simple hecho de que está muerto”.

Pero, ¿realmente no sabrá el gran Otro que está muerto?

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