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Este año asistiremos a la campaña electoral más larga de los últimos tiempos. Estamos ante señales de predominio de una tendencia centrípeta en el sistema de partidos que seguramente se ratificará en las elecciones presidenciales de este año, lo que tiene que ver con la fase de estabilidad en el ‘proceso de cambio’.

La Razón (Edición Impresa) / Fernando Mayorga

00:01 / 05 de enero de 2014

En el transcurso de 2013 se definieron algunos rasgos del proceso político que empezó a teñirse de disputa electoral. Este año asistiremos a la campaña electoral más larga de los últimos tiempos, también seremos testigos de la competencia política más previsible en términos programáticos desde el arribo del MAS (Movimiento Al Socialismo) al Gobierno. El porqué de aprestos electorales un año antes de los comicios tiene que ver con las circunstancias que enfrentan el oficialismo y las fuerzas opositoras. El porqué de la tendencia centrípeta en la competencia política tiene que ver con la fase de estabilidad en el “proceso de cambio”.

En mayo de 2013, Evo Morales fue habilitado por el Tribunal Constitucional para postular por segunda vez consecutiva a la Presidencia de acuerdo con la nueva Carta Magna; cinco meses después, las organizaciones campesinas afines al MAS ratificaron el binomio, y durante el segundo semestre de 2013 las encuestas de opinión pública mostraron un incremento de la aprobación de la figura presidencial que culminó con una cifra de 60% en diciembre. Este recorrido expresa varias facetas que deben ser explicitadas para evaluar su efecto en la estrategia política del MAS. Primero, la importancia del liderazgo de Morales como factor de unidad de la coalición político-social que caracteriza al partido de gobierno. Este hecho puede ser percibido como una debilidad del “proceso de cambio” debido a la supuesta dependencia respecto al líder carismático; sin embargo, la experiencia venezolana mostró que ante la desaparición física de Chávez salió a relucir el “chavismo” como fuerza electoral constante en torno a una doctrina política, la del proyecto bolivariano. En el caso boliviano, Morales “encarna” el proyecto de Estado Plurinacional, pero éste se sustenta en una coalición que no fue gestada desde el Estado —como ocurrió en Venezuela y Ecuador, con sus improntas militar y tecnocrática, respectivamente— sino en el seno del sindicalismo campesino, de cuyas filas surge el líder.

Después de ocho años de gobierno es necesario auscultar los rasgos de “evismo” presentes en el proceso político para desechar elementales hipótesis que reducen la explicación de los hechos al factor carismático. Otro hecho destacable es la reiteración del binomio presidencial, algo que no ocurrió en procesos análogos como el venezolano, ecuatoriano y argentino. La presencia de Álvaro García Linera en el lugar vicepresidencial es significativa porque rompe con una doble tradición: oficiar como “quinta rueda del carro” o ser considerado un traidor que conspira (vgr. Jorge Quiroga con Hugo Banzer y Carlos de Mesa con Gonzalo Sánchez de Lozada). Estas pautas se esfumaron desde 2006, más aun, el rol vicepresidencial fue reforzado en el texto constitucional y es dable señalar que García juega un rol informal de primer ministro, pero es un papel que se sustenta en una lealtad inquebrantable a Morales y tiene el mensaje adicional de la subordinación explícita de un intelectual urbano a un liderazgo político campesino/indígena.

De esta manera, el carisma del líder se refuerza, así como las señales de unidad partidista, todo ello basado en una relación con estabilidad y cooperación.

La estabilidad es otro factor importante para explicar el ejercicio del liderazgo presidencial en la gestión gubernamental. El “proceso de cambio” ingresó a una nueva fase en enero de 2013 con la adopción de la Agenda Patriótica del Bicentenario 2025 como eje del modelo de desarrollo. Ya resalté la importancia de ésta como expresión de un giro programático en la construcción del Estado Plurinacional. Aquí me limito a señalar que en la campaña electoral se definirá el alcance de ese giro programático; no obstante, existen indicios suficientes para suponer que el resultado será el reforzamiento de una tendencia “Estado céntrica” de carácter moderado que recupera, con sello propio, la tradición “nacional popular” de los gobiernos populistas progresistas de Latinoamérica. Y ese sello propio es “lo plurinacional” que se sustenta en el reconocimiento de las “naciones y pueblos indígena originario campesinos” como sujetos con derechos colectivos, cuyos intereses son articulados/canalizados por el MAS, pero de manera subordinada al Estado que se postula como representante de los intereses generales o el bien común.

Este largo recorrido por los meandros del MAS permite explicar el comportamiento de las fuerzas de oposición, que se define por dos elementos: la aceptación del Estado Plurinacional como proyecto hegemónico y la renovación organizativa con objetivos a largo plazo. La renovación organizativa se expresó en la creación del MDS (Movimiento Demócrata Social), que no solamente reemplaza a Podemos (Poder Democrático y Social) y CN (Convergencia Nacional), sino pretende una institucionalidad para asegurar su presencia permanente en el espectro político. No es una alianza electoral, sino la búsqueda de una postura partidista en el campo opositor, a la “derecha” del lugar ocupado por el MAS, pero aceptando el proyecto masista; por eso postula un “Estado autonómico e indígena” y no contrapone “autonomía departamental y Estado Plurinacional”.

Otro dato de renovación organizativa es el impulso para la formación del Frente Amplio en torno a UN (Unidad Nacional) porque fortalece a un partido estable, pero débil electoralmente. Este frente abre la posibilidad de adicionar una apelación progresista a un partido y un candidato (al margen de la retórica sobre dirección colegiada y elecciones primarias) que asumieron posiciones moderadas en el proceso constituyente. En 2013 enfocaron sus críticas en la gestión pública y no tanto en el “gobierno autoritario”; también aprobaron un documento que, casualmente, plantea un “consenso del bicentenario: continuidad e innovación para construir un país para todos”.

Por su lado, el MSM (Movimiento Sin Miedo) culminó un proceso de fortalecimiento con la realización de elecciones internas para ampliar su red organizativa y romper su barrera geográfica. Se sitúa en un lugar privilegiado en el espectro político porque critica al MAS desde la izquierda y se enfoca en el estilo de conducción del “proceso de cambio”. Por ello, su planteamiento de “República Plurinacional” debe entenderse como un intento de diferenciación del MAS y como una estrategia para disputar las apelaciones “republicanas” del MDS y del Frente Amplio que resaltan el carácter “autoritario” y “despótico” del Gobierno.

Estamos, pues, ante señales de predominio de una tendencia centrípeta en el sistema de partidos que seguramente se ratificará en las elecciones presidenciales. No es, como se dice en estos días, un simple deseo de año nuevo.

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