Animal Político

Picardías electorales

Aunque el país ya vive tiempos electorales, con la actuación de contrarios políticos para los comicios de 2014, no hay motivo para postergar el debate sobre la despenalización del aborto. Cualquier día es posible para considerar un tema tan importante para la sociedad. Sin embargo, opositores y oficialistas prefieren lavarse las manos para evitar un traspié.

La Razón / Sandra Aliaga Bruch

00:04 / 10 de noviembre de 2013

Sensatez: Que los ministros usen 50% de su tiempo para la campaña… Antes usaban el 100%”.  La picardía de La Tertulia en El Mosquito (Página Siete, 20-10-2013) me da pie para hablar de la “electoralización” de la política, un tema no menos pícaro.

Digo esto porque tanto discursos como acciones de las organizaciones políticas en un sistema democrático apuntan a ganar adeptos, la lucha electoral es un continuo. Desde el Gobierno, intentando demostrar que su gestión es eficiente en atender las demandas de la ciudadanía. Desde el llano, intentando persuadir que tienen propuestas viables para gobernar con éxito. Unos actúan por oposición y otros con proposición. El propósito de zambullirse en la arena política es urdir estrategias diversas y múltiples a corto y largo plazo para conquistar el poder para gobernar. ¿Cómo lograr ese poder en un sistema democrático? A través de elecciones.

Si ganas las elecciones, deberás justificar tu presencia en el poder y satisfacer las aspiraciones de quienes votaron a tu favor, de quienes creyeron en tu propuesta y en tu capacidad de hacerla realidad. Si no lo haces, corres el riesgo de perder las próximas elecciones. Es decir, desde el día cero de tu gobierno, todo lo que hagas o digas tendrá una carga electoral.

Si pierdes las elecciones, comenzarás a trabajar en función de ganar las próximas, lo cual implica fortalecer el instrumento político, ensanchar tu base social, hacer visibles tus aportes y capacidades; y lo que ocurre con demasiada frecuencia en tu labor de “oposición”: minimizar los éxitos del grupo gobernante y maximizar sus errores o inconsecuencias. Una vez más, la carga electoral está presente.

En la actual coyuntura del país, la proximidad de las elecciones presidenciales de 2014 tan sólo hace más visible la carga electoral de acciones y propuestas de unos y otros. Pensar que por ello se está electoralizando la política, me parece ocultar la realidad cotidiana de la lucha por el poder.

Un ejemplo.  En el Colectivo Ciudadano en Defensa de los Derechos Sexuales y los Derechos Reproductivos reflexionamos largamente sobre cómo el ambiente y clima electorales podrían entorpecer la posibilidad actual de lograr la despenalización del aborto en Bolivia.  Ello especialmente a raíz del intenso debate desatado por el recurso abstracto de inconstitucionalidad presentado por la diputada Patricia Mancilla Martínez en contra de 14 artículos del Código Penal ante el Tribunal Constitucional Plurinacional (marzo 2012), 5 de ellos referidos al aborto. Aunque el debate se centró en el aborto, el cuestionamiento de conjunto apunta a lograr una reingeniería jurídica favorable a garantizar el ejercicio de los derechos sexuales y derechos reproductivos y de la igualdad de género, a la luz de los principios y mandatos de la Constitución Política del Estado (2009). 

En estas reflexiones, una y otra vez se argumentó la proximidad de las elecciones presidenciales como un obstáculo para impulsar la medida con éxito. ¿Quién se va a pronunciar en torno a un tema tan polémico justo en tiempos electorales? No niego que la coyuntura electoral influye, pero no determina.  Si ponemos las cosas en contexto, admitamos que la iniciativa de despenalizar el aborto siempre enfrentó sistemáticas y eficaces interferencias de los movimientos conservadores de esta sociedad profundamente patriarcal. 

Ello nos llevó como colectivo a plantear (28 de septiembre, 2013) que “para defender los derechos humanos no hay un momento adecuado, ni una situación política conveniente. Cada día es el instante perfecto para levantar nuestras voces, unir nuestras manos y ensartar nuestras esperanzas con la convicción profunda de que somos capaces de construir una sociedad que respete a mujeres y hombres de todas las etnias, edades y orientaciones sexuales en todas las dimensiones de la vida, en un marco intercultural de equidad e igualdad de género.

Ello pasa por garantizar material e ideológicamente el ejercicio de los derechos sexuales y derechos reproductivos de la población boliviana. Ello implica erradicar la violencia basada en género, la discriminación, la homofobia, el sexismo y la subordinación de cualquier persona frente a otra.  Ello exige la despenalización del aborto”. 

¿Será ésta una preocupación electoral? Para nada. Unos y otros seguramente ni toquen el tema para no “meterse en líos”, para no perder “popularidad” sobre la base de no sé qué cálculos políticos de riesgo electoral.  Pero cuando pasen los comicios, ¿lo harán? ¿Es por las elecciones que no lo hacen o porque aún la estructura política no está dispuesta a encarar esta problemática en su real dimensión?

De la misma manera, podemos analizar los otros asuntos sociales, económicos, políticos, culturales…  Podrán decir que actualmente todo está determinado por intereses electorales, sin embargo, insisto que dichos intereses forman parte intrínseca de la vida democrática y que calan profundamente en el accionar político cotidiano del Gobierno y la oposición.  ¿O acaso las estrategias de comunicación del Gobierno dando cuenta de sus logros o las acciones de la oposición para deslucir éstos son actos electorales sólo en tiempos electorales? 

¿Qué diferencia “electoralizada” existe entre los encendidos debates en torno al TIPNIS, las autonomías departamentales, la “media luna”, la (in)dependencia de la administración de justicia, la “persecución” política a los opositores, la (in)constitucionalidad de la nueva candidatura de Evo...?  

El pueblo boliviano, en su inteligencia natural y emocional, articula sus apuestas políticas sin deslumbrarse ante los destellos propagandísticos superfluos y desorientadores, sin dejarse llevar por el marketing político. Hay resortes estructurales que operan en el imaginario como cable a tierra que hace corto circuito con cualquier (mala) intención de pretender hacernos creer que la electoralización de la política comienza con el anuncio de las elecciones y termina en los comicios.

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