Animal Político

Pinocho, cuéntame un cuento

‘Si no tienes nada bueno que decir de nadie, ven y siéntate a mi lado’, decía Alice Roosevelt Longworth. El chisme  no es necesariamente mentira, es un arma de comunicación por excelencia, normalmente usada contra el poder o desde el poder. Claro, la gente común la emplea con   extrema frecuencia.

La Razón / Mario Espinoza Osorio

00:02 / 17 de marzo de 2013

Dice que la directora del periódico se va a fin de mes. 

— ¿Quién dice?

— Todos. Es un hecho. Y si no crees, te apuesto 700 dólares.

Este diálogo es genuino y, definitivamente, parte de un chisme, como otros, como muchos que recorren los pasillos de todos lados.  El chisme es posiblemente el primer medio de comunicación de la historia. Los comunicólogos tendrían otra acepción: La primera forma de comunicación de la historia es el testimonio contado a través de generaciones (que es lo mismo). De esa manera coincidiremos todos en que Moisés, que flotaba en el río en una cesta, fue recogido por la hija del faraón. Sí, claro. Y seguramente lo llevaron al palacio real donde fue criado por la propia princesa. Lo demás es fácil imaginar. Por ejemplo, el diálogo cruel y malicioso de por qué la hija del faraón usó prendas tan anchas durante tantos meses. Chisme. Sabroso y mejor si se refiere a la familia real.

El chisme no es necesariamente  mentira. Por eso se llama chisme y generalmente es algo que la mayoría de la gente realmente disfruta. Pero hay del otro. El mal chisme, que es algo obsceno, canalla y malicioso:

— A mí no me gusta el chisme, querida, pero me han contado que el niño no es hijo del marido.

— No me digas, y a mí me han dicho que por eso se negaron a hacer  la prueba de ADN con el niño.

— Para no hablar de la moral distraída de ella. Dicen que era terrible.

— Qué horror, ¿no? Por eso, amiga, a mí no me gusta es chisme. Hace mucho daño.

La filosofía da conceptos complicados y a menudo abstrusos del chisme. Pero suele haber una coincidencia: el chisme es inherente al ser humano y mucho más desde que entra en juego el lenguaje, pues ya no crees sólo en lo que ves, sino en lo que te dicen ya sea en forma de noticia o de chisme.

No existe en ningún lugar un manual contra el chisme. Por lo menos, las ciencias que se ocupan de la conducta humana no hacen hincapié en ningún método para combatirlo. Los hechos más importantes en el mundo no sólo han estado plagados de  teorías de la conspiración, también se han tejido chismes a cual más morboso. Lady Diana, tras su muerte y su entierro, fue blanco de los chismes desde los más fantásticos hasta los más sádicos. John Kennedy estaba, según el chisme, divorciándose  de Jackie obsesionado por el recuerdo de Marylin.

— ¿Fue Colón un delincuente? 

— ¿Sabías que Marx era un burgués, vividor y borracho, y que estuvo varias veces en la cárcel por eso?

— Eso es nada: Leonardo era un narcisista y la Monalisa es su autorretrato.

— ¡Ahhh!, y Einstein… y Eva Perón y el Che…

Pocos se han salvado del chisme en la historia, y Bolivia no es la excepción. Pueblo chico, infierno grande. El Presidente y sus gustos, el Vicepresidente y su matrimonio, los ministros, los comandantes de la Policía y las Fuerzas Armadas, diputados y senadores,   famosos y no tan famosos.  

Uno de los hechos más buscados para el chisme es el del delito. Lo sufrió hace años la familia de Jorge Lonsdale por su secuestro. La desaparición de la hija de Marcela Martínez ha dado para todo. Lo curioso es que la gente habla con una seguridad y autoridad que conmueve cuando las fuentes generalmente son “la  prima del cuñado de un amigo íntimo de la familia”, por decir cualquier cosa. 

En política, el chisme suele sustentarse en medias verdades o en la imaginación, generalmente malintencionada. El chisme más común tiene que ver ahora con la orientación sexual del personaje. Otra variante del mismo tema es el triángulo amoroso que suele formarse alrededor de la gente en el poder. En general, el Presidente, el Vicepresidente y el Ministro de Gobierno, en cualquier gobierno, salvo excepciones que las hay, pasan a ser dueños de un sex appeal irresistible en el que el imaginario popular hace el resto del chisme.

Otro de los temas favoritos es el curioso razonamiento de que si alguien está en el Gobierno es automáticamente un ladrón. No hay que pecar de ingenuos, eso suele ser verdad. Pero hay diferencias, porque el chisme en todo caso se diferencia cualitativamente de la mentira. El chisme, para ser maligno, lo reiteramos, no debe ser necesariamente una mentira, y en ese contexto las sábanas de los políticos son una cosa, pero fornicarse la economía del país y desviarla a los propios ahorros es otra muy distinta. 

Por ahí alguien con la suficiente ingenuidad diría que lo terrible no son los chismes. Que lo terrible radica en la historia oficial y la mediatizada, supuestamente imparcial escrita para dominar, para mantener el status quo de la minoría privilegiada. Por ahí alguien piensa que lo sabroso está en    el chisme, en la cultura popular, en la  tradición inédita, en la tradición oral de los pueblos, patrimonio intangible de la humanidad y otras excusas para   seguir hablando mal del otro.

En la Historia de la estupidez humana, de Paul Tabori, se cuentan centenares de chismes colosales, a cual mejor. La periodista Bárbara Walter solía decir: “Muéstrame a alguien que nunca chismee, y yo te mostraré a alguien que no está interesado en la gente”. Pero yo, por ahora, sigo esperando la renuncia de mi directora.

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