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Poder y contra poder en Bolivia

A propósito del Frente Amplio, a la oposición que pretende articularse y enfrentar a Morales, le puedo decir que la teoría nos demuestra que las ideologías son como los hongos en los sotobosques, siempre están listas para reaparecer. Si carecen de ella, no tiene la más mínima oportunidad en las elecciones de 2014.

La Razón / Romano Paz

00:01 / 06 de octubre de 2013

A todo poder y contrapoder le corresponde un tiempo, espacio y paradigma determinados. Veamos: Antes de que se reinstaure la democracia en Bolivia, de 1964 a 1982, en menos de dos décadas se sucedieron en el poder más de 20 gobiernos de facto. Durante este periodo se instauró un paradigma de poder que tenía como principales postulados doctrinarios e ideológicos el nacionalismo, el paternalismo y el autoritarismo, contexto en el que no resulta extraño que gobernara una serie de coaliciones militares que ocuparon el poder mediante golpes de Estado. Durante este periodo se mantuvieron en la oposición los partidos políticos de izquierda y de derecha democrática, pues al ser presas de las vejaciones de las dictaduras, valoraron la democracia por encima de los extremos del fascismo o la dictadura del proletariado.

Como todo dogma que no se reinventa, el paradigma autoritario entró en crisis y fue presa de los partidos políticos democráticos que interpelaron el totalitarismo con el apoyo de la oposición civil, renaciendo la democracia en Bolivia el 10 octubre de 1982, instaurándose en Bolivia lo que el politólogo holandés Arend Lijphart, en su construcción teórica, ha definido como “democracia consensual”, modelo de democracia que se caracteriza porque el Poder Ejecutivo se encuentra compartido por grandes coaliciones de gobierno, se da un equilibrio bicameral con representación de las minorías, hay un sistema multipartidista, los ejes del conflicto son multidimensionales, hay problemas de gobernabilidad debido a los conflictos sociales y al bloqueo en el parlamento, por lo que estos gobiernos están obligados a pactar y consensuar permanentemente

Primero sobrevino el modelo keynesiano, en el que el Estado cumple funciones de motor de la economía nacional y es el principal dador de bienestar social, pues de acuerdo con sus principales teóricos, éste no persigue el lucro como lo hace la empresa privada. Naturalmente, quienes nadaron como peces en el agua en este medio, fueron los partidos de izquierda, por lo que se hicieron con el poder comandados por la Unidad Democrática y Popular (UDP) de Hernán Siles Zuazo.

Este modelo fue el más breve de la historia democrática reciente, ya que atravesó —en un periodo aproximado de tres años— una hiperinflación acumulada que bordeó el 21.000%, lo que causó una profunda crisis económica y política que desencadenó en un prematuro y acelerado desgaste del modelo.

En la oposición se mantuvieron los partidos de la derecha democrática y neoliberal, que no desperdició la oportunidad de hacer leña del árbol caído e interpeló el modelo de bienestar social e instauró el modelo neoliberal en Bolivia, manteniendo la democracia consensual. No en balde los cientistas sociales han coincidido en llamar a este periodo como el de la “democracia pactada”, que estuvo regido por una triada de partidos políticos, que en alianza con atómicas fuerzas rotaron en las tres funciones de poder que permite el sistema: oficialismo, aliado y oposición. Su sello principal fue que redujeron al Estado a la mínima expresión.

Durante este periodo, los principales partidos, de manera sistemática, renunciaron a la ideología que los vio nacer y a la masa de militantes, lo que con el paso del tiempo —luego de 20 años— causó que el paradigma entrara en crisis. En tal sentido, quienes se mantuvieron en la oposición sin involucrarse en las acciones de gobierno fueron los grupos globofóbicos, la izquierda indigenista y los movimientos autonomistas, que interpelaron el paradigma y aprovecharon el desgaste del modelo para movilizar todos sus recursos disponibles, forzando de esta manera en 2005 —con la asunción de Evo Morales al poder— la instauración un nuevo modelo, el del proceso de cambio, que no puede concebirse sin indigenismo, neonacionalismo y la implementación de autonomías.

La instauración de este paradigma atravesó por una lucha de poder interhegemónica con resultados ampliamente conocidos: de acuerdo nuevamente a Arend Lijphart, se instauró una democracia mayoritaria, que se caracteriza por la concentración del poder en el Ejecutivo (gobiernos monopartidistas y de mayoría arriesgada), la fusión de los poderes y el predominio del Ejecutivo, una alta polarización, sistemas electorales mayoritarios, gobierno unitario y centralizado, poco respeto por la Constitución debido a la mayoría parlamentaria. Cualquier parecido con la realidad no es ninguna coincidencia.

En tal sentido, si la vapuleada oposición (interna y externa) quiere empoderarse y legitimarse como tal, debe optar por una de las siguientes cuatro opciones: 1) Aliarse con el oficialismo y buscar la instauración de una democracia consensual para obligar al Gobierno a pactar; 2) mantenerse como oposición interna y demandar la reconducción del proceso de cambio; 3) plantearse como una oposición netamente parlamentaria que de momento no busca sustituir al Gobierno ni al orden establecido, sino más bien tiene como principales objetivos: la fiscalización, el respeto a la Constitución, la separación de poderes con los respectivos frenos y contrapesos, además del mantenimiento de la pureza ideológica, la preservación de la identidad política y la conservación de la cohesión organizativa; 4) la alternativa más revolucionaria es interpelar el paradigma y plantear un modelo alternativo al del proceso de cambio.

La mayor parte de la oposición interna y externa, de momento, no se proyecta en ninguno de estos escenarios de manera efectiva, sin embargo, el Movimiento Sin Miedo (MSN) ya probó la primera opción de aliado y ha cambiado a la segunda alternativa de oposición interna para reclamar la reconducción del proceso de cambio. Con respecto a los otros grupos opositores, el politólogo cruceño José Orlando Peralta nos dice que es necesario reconocer que uno de los medios principales para articular en un tiempo determinado a las masas es el discurso ideológico interpelatorio al orden político establecido, pues, es el punto germinal desde donde se construye simbólicamente el ideario político para crear una identidad política.

Al resto de la oposición que pretende articularse y plantarle la cara a Evo Morales, le puedo decir que la teoría nos demuestra que las ideologías son como los hongos en los sotobosques, siempre están listas para reaparecer con el primer chaparrón. Si carecen de ella, no tiene la más mínima oportunidad en las próximas elecciones de 2014.

George Orwell, en su libro la Rebelión en la granja, nos muestra cómo toda revolución termina mordiéndose la cola, no siendo el gobierno de Morales para nada una excepción a la regla, pues somos pasmados testigos del fin de la historia y del último presidente de Bolivia. En adelante, sólo resta defender la revolución de quienes pretendan destronar al régimen y/o cuestionar el paradigma del proceso de cambio, del cual hay intérpretes oficiales de sus sagradas escrituras, ¡prohibido libre pensantes! 

A esto debo acotar que la única verdad irrefutable es la realidad en permanente cambio y movimiento; serán conscientes de ello los bloques opositores. 

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