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Política marítima: mitos y realidades

El texto desmiente varios de los mitos sobre la relación diplomática entre Bolivia y Chile. Por ejemplo, se demuestra cómo la política marítima chilena nunca fue constante, sino que fue variando. También se desmitifica que Bolivia  cambie de estrategias, pues el país tiene una propuesta clara desde hace más de medio siglo.

La Razón (Edición Impresa) / Javier Murillo de la Rocha

00:00 / 17 de febrero de 2013

La encendida polémica protagonizada por los presidentes de Bolivia y Chile en la reciente Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) ha puesto en evidencia, una vez más, la magnitud de las diferencias que separan a los dos países.

Las expresiones de los mandatarios y las reacciones que provocaron nos muestran la necesidad de acabar con ciertos mitos, vale decir, creencias que se fabrican y difunden con el avieso propósito de distorsionar la verdad histórica y desprestigiar la causa marítima boliviana, cuando se cumplen 134 años de encierro geográfico.

Se sostiene, con insistencia, que a Bolivia le va mejor cuando opta por los acercamientos con Chile. Falso.  En realidad, lo que ha ocurrido en ese largo período de 134 años en que hemos ensayado todos los escenarios nos ha demostrado que da lo mismo llevarse bien o mal con los gobiernos de Santiago, porque seguimos en el lugar de siempre: enclaustrados. Lo ratifica en el último tiempo la actitud del presidente Evo Morales, quien, entre 2006 y 2011, apostó por una política de apertura con Chile sin precedentes, hasta que agotada la paciencia y descubierto el juego dilatorio, encubierto en el señuelo adormecedor de la agenda de los 13 puntos, resolvió anunciar la posibilidad de una demanda ante tribunales internacionales.

Se dice también que Chile jamás cambió de política y que esa conducta supuestamente firme, digna de admiración para algunos, es la que da consistencia y eficacia a su gestión internacional. Falso. En 1895, mediante el Tratado de Transferencia de Territorios se comprometió ceder a Bolivia Tacna y Arica, o en su defecto Caleta Vítor u otra análoga. En 1900, su enviado plenipotenciario señor König, declaraba, por escrito,  que la  “opinión pública” de su país “se ha modificado notablemente a contar desde los últimos días de 1895” y que el pueblo chileno tenía “ideas uniformes muy distintas de las que manifestó públicamente en mayo de 1895”. En 1950, Chile aceptó negociar la cesión a Bolivia de un corredor al norte de Arica, sujeto a compensaciones que no tengan carácter territorial, aunque es bien sabido que sus ojos estaban puestos en las aguas de los lagos Titicaca, Poopó y Coipasa. En 1975, Chile aceptó formalmente transferirnos una franja territorial al sur de la línea de la Concordia, pero imponiendo condiciones onerosas como el canje territorial, en el que incluía las 200 millas marítimas, la desmilitarización del área y la utilización del cien por ciento de las aguas del Lauca. A partir de 1987, cuando Chile resolvió interrumpir groseramente el intento de negociación bajo el planteamiento del llamado “enfoque fresco”, decide descartar cualquier posible solución futura que implique soberanía, lo cual cierra el camino a la restitución de la cualidad marítima.

Todos los casos sumariamente expuestos demuestran, sin réplica posible, que la diplomacia del vecino país ha ido desmejorando progresiva y sistemáticamente los términos de una posible solución, en perjuicio de Bolivia, hasta reducirlos a ofrecimientos de zonas autónomas, depósitos francos, diríamos casi galpones para almacenar las mercancías de y hacia Bolivia. ¿Cómo se puede sostener, entonces, que Chile siempre ha mantenido la misma postura? Es correcto, sin embargo, reconocer que ha sido consistente y exitoso en su empeño de cerrar, cada vez más, las vías de una posible solución a nuestro encierro geográfico.

Se afirma que los “bolivianos no saben lo que quieren”. Falso. Los planteamientos formulados por la diplomacia de nuestro país han sido consecuentes y claros. Desde 1950, Bolivia ha demandado un territorio soberano al norte de Arica, con un frente marítimo que le permita proyectar su soberanía hacia el océano, y que incluya la carretera La Paz-Arica, el oleoducto y el ferrocarril, habiendo manifestado, como lo hizo en 1975, estar dispuesta a considerar aportes en recursos que contribuyan al desarrollo integrado trinacional del occidente de nuestro país, el norte de Chile y el sur del Perú; aportes que podrían consistir en gas y agua, bajo un régimen de comercialización. Está claro, en consecuencia, que Bolivia sabe lo que quiere para recuperar, en términos razonables, su cualidad marítima.

Se afirma, que los fracasos de las sucesivas negociaciones emprendidas han sido responsabilidad de Bolivia. Falso. Está demostrado, con base en datos incontestables, que la falta de voluntad política de Chile, sincera y franca, ha sido el factor que ha frustrado, una y otra vez, a lo largo de  134 años, las negociaciones emprendidas con la finalidad de terminar con nuestro enclaustramiento geográfico.

El vecino país asumió los compromisos brevemente expuestos cuando deseaba aislar a Bolivia ante la amenaza de otros conflictos externos, desconociéndolos tan pronto se disipaban tales amenazas, para lo cual, en la medida en que ello se daba, introducía en el curso de las negociaciones, exigencias cada vez más difíciles  de cumplir, o se parapetaba detrás de posturas inflexibles, como ocurrió en 1976, a raíz de la consulta y respuesta del Perú, hasta inviabilizar los respectivos procesos.

Lo lamentable es que, a este afán de endosar a Bolivia la culpa de los sucesivos fracasos se ha sumado alguno que otro boliviano, al asumir  oficiosamente la vocería de los intereses chilenos con una adhesión de sospechosa persistencia.

Finalmente, se repite, sin mayor análisis, que en Bolivia nunca hubo la imaginación y la habilidad diplomática requeridas para llevar a  buen término una gestión coherente y eficaz, y que ésa sería la causa para que sigamos privados de un acceso soberano al océano Pacífico. Falso. Cabe, en este punto, subrayar que el éxito en asuntos de tanta complejidad no es el resultado de la genialidad de las fórmulas que se propongan ni de la habilidad para ejecutarlas, sino del poder que se pueda desplegar en la búsqueda de los objetivos trazados y de la determinación que demuestren las partes involucradas, que debe ser más grande que los obstáculos que es preciso remover para alcanzar acuerdos de tanta trascendencia como los que demanda la solución del enclaustramiento geográfico impuesto a Bolivia hace 134 años.

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