Animal Político

Puede España ser un laboratorio político?

El resultado de las recientes elecciones generales en España confirman la posibilidad de ensayar Estados auténticamente plurinacionales.

La Razón (Edición Impresa) / Mariam Martínez Bascuñán

00:00 / 28 de diciembre de 2015

El día de las elecciones, un periodista de France Culture decía que “en España los dos candidatos de los partidos emergentes tienen juntos la misma edad que Bernard Tapie, de 73 años”. Y añadía: renouvellement  (renovación, en francés). Al día siguiente, el periódico The Guardian no cesaba de hacer guiños a España enviando tuits. “¿Cuál es el estado de ánimo de España?”, preguntaba en uno de ellos. Un periodista de una cadena de radio nacional suiza me decía estos días: “En España se ha abierto desde hace tiempo un escenario apasionante. Es un verdadero laboratorio político”.

A veces es más útil observar cómo nos contemplan los otros para saber qué nos está sucediendo. Por ello, tiene sentido que reflexionemos sobre esta pregunta que viene formulada desde fuera; ¿es España un laboratorio político? ¿Representa el ensayo de las transformaciones que se están viviendo en los países europeos?

Primero, y a la luz de los resultados, habría que hablar de la capacidad de supervivencia de la socialdemocracia. Como ocurrió en Francia en los comicios regionales celebrados este diciembre, la socialdemocracia resiste. Pero tan importante como subrayar esa capacidad de supervivencia lo es reflexionar en torno a las condiciones de posibilidad de la misma.

Los partidos tradicionales siguen manteniendo una línea defensiva, mientras los emergentes despliegan la línea ofensiva; inducen a la movilización, generan ilusión en sus votantes y altos niveles de implicación en sus bases. Además activan a los ciudadanos que desde hace tiempo permanecían en los márgenes de la acción política, y seducen a las generaciones jóvenes que aún no han desarrollado un sentimiento de identifica-ción partidista.

Esta profunda diferencia entre una y otra forma de obtener votos tiene que ver, en segundo lugar, con la capacidad de liderazgo. Tanto en Podemos y sus coaliciones electorales como en Ciudadanos se observa un liderazgo que no tiene correlación en los partidos sistémicos; ni en el PSOE ni el PP hay liderazgos con ese nivel y capacidad de movilización. El PP se resiste a hacer el relevo generacional que piden a gritos sus bases, y Pedro Sánchez no acaba de construir credibilidad ni proyectar autenticidad.

Mientras, los nuevos animales políticos están siendo capaces de canalizar el descontento. En este sentido, será interesante ver la pugna por el liderazgo en la izquierda del eje de la nueva política entre Pablo Iglesias y Ada Colau. Ambos tienen en común la articulación de un discurso antiestablishment.

Este discurso está relacionado, en tercer lugar, con el planteamiento de alternativas a las políticas económicas predominantes en Europa. Se presentan como otra manera de hacer política, con discursos de regeneración que afectan a las formas, pero también al fondo del sistema, con la posibilidad de recuperar la acción política.

En España, esto se ha vinculado con un movimiento previo de la sociedad que procede del 15-M. Desde hace tiempo disfrutamos de una ciudadanía activa, vigilante, interesada en la política, participativa y generadora de nuevas técnicas comunicativas a través de redes digitales. Las elecciones no representarían más que la institucionalización de la renovación de esos valores y creencias que previamente habrían despertado en nuestra sociedad y que han acabado afectando para bien a todas las fuerzas políticas.

Pero además, en último lugar, los resultados confirman la posibilidad de ensayar Estados auténticamente plurinacionales. Es un desafío difícil que tiene el peligro de convertir el Parlamento en otra cámara de representación territorial y anular aún más al Senado.

Frente a la izquierda socialdemócrata liberal, resulta llamativa la articulación de una izquierda nacionalista popular presentada bajo la rúbrica de la “nueva política”, cuando habíamos pensado que lo novedoso sería el salto a identidades supranacionales en vez de identidades de clase que activan primordialmente una adscripción territorial, la más vieja de las adscripciones. ¿Están los territorios por encima de los ciudadanos? El proyecto europeísta en ellas brilla por su ausencia. Pero, por otra parte, la forma en la que resolvamos el reconocimiento de esta plurinacionalidad puede condicionar la manera en la que Europa organice las distintas sensibilidades nacionalistas de la Unión.

Se nos ha dispuesto un escenario complejo. Todo lo que se abrió hace tiempo en realidad acaba de empezar. Pero lo más importante es haber desplegado la posibilidad de resetear un sistema político sin partidos xenófobos y antieuropeos. Deberíamos aprovechar la ocasión para ser vanguardia de Europa.

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