Animal Político

La era de Putin

El relevo gubernamental

La Razón / Carlos A. Carrasco

00:00 / 11 de marzo de 2012

Las elecciones del 4 de marzo, con o sin fraudes, han demostrado un amplio apoyo para que Vladimir Putin asuma por tercera vez la Presidencia de la Federación Rusa. Su mandato iniciado en 2000, cuando frente al caos aseguró la estabilidad, posibilitó, con su estilo de poder vertical, sacar a los rusos de la miseria soviética en que estaba sumido el país.

Con permiso constitucional de repetir un cuarto mandato hasta 2024, Putin refleja la adicción rusa hacia los gobiernos longevos y autoritarios, desde los zares imperiales que dejaron sus cetros asesinados a puñaladas o envenenados, hasta los jerarcas impuestos por la Revolución de Octubre, que como Josef Stalin duró 30 años en el Kremlin o Leonid Brezhnev (18).

Sin embargo, desde la implosión de la Unión Soviética se implantó un modelo de democracia iniciado por Boris Yeltsin, que incluía la alternancia en el poder.

Quizá por ello abdicó voluntariamente a favor de su entonces Primer Ministro y delfín preferido, a cambio de una ley de inmunidad para él y su familia. El mandato de Vladimir Putin, electo presidente por vez primera en  2000, coincidió con la guerra separatista de Chechenia, que fue aplastada a sangre y fuego.

Paralelamente, la casta de nuevos ricos apodados “oligarcas” forjada al calor de la largueza de su predecesor que mediante privatizaciones sospechosas cedió las empresas públicas, fue asediada por Putin, que incluso encarceló hasta hoy a Mikhail Khodorkovsky, el magnate de la petrolera Ikon.

Su eficiente gestión, que resultó en un incremento del 72% del Producto Interno Bruto (PIB) y una disminución del 50% en los índices de pobreza, se tradujo en la aparición de una pujante clase media (25% de la población y 40% de la fuerza laboral), base de su popularidad que lo impulsó para un segundo mandato en 2004, con el 71,31% de votos.

En 2008, para conservar la imagen democrática de su poder, Putin dejó como custodio del solio presidencial, por cuatro años, al inocuo Dmitri Medvedev, en tanto que él se movía al puesto de Primer Ministro a la espera de las recientes elecciones, con las que, favorecido con el 63.64% de votos, volverá a la Presidencia hasta 2016.

Tener el control absoluto de esa nación de 142 millones de habitantes, en un inmenso territorio con nueve husos horarios, requiere las virtudes de un Putin cuya rigurosa disciplina lo muestra como abstemio total, padre de dos hijas y marido a medio tiempo. Es campeón de karate, tenista y deportista cotidiano, y además del ruso habla alemán e inglés. Jurista de formación, ingresó en 1971 a los servicios secretos soviéticos (KGB) desde donde fue asignado a Dresde, en Alemania, hasta la caída del muro de Berlín. Su pasantía por la KGB le permitió consolidar amistades y lealtades que le sirvieron de útiles peldaños en su vertiginosa ascensión al Kremlin.

Los altos precios del petróleo y del gas natural aseguraron a Putin mucha tranquilidad en el campo económico (con un presupuesto programado a 130 dólares por barril). Sin embargo, cualquier vaivén negativo en el precio del crudo influirá acremente en las finanzas fiscales.

Luego de haber ofrecido estabilidad a su pueblo, Putin se empeñó, también, en fomentar el retorno a los ancestrales ritos ortodoxos que la revolución combatió. Esta sola medida le sirvió para estimular un nuevo sentido de identidad nacional, cara al pueblo ruso, después de haber descendido del nivel de superpotencia en el periodo soviético al modesto status de un país de peso mediocre.

Los desafíos que el futuro Presidente enfrentará son grandes en las dos rusias existentes. Una, simpatizante de Occidente, moderna, urbana, de aspiraciones democráticas y europeizadas, y otra, pegada a sus tradiciones, rural y opuesta a todo cambio, como la Ley de Tierras, últimamente promulgada. Ambas soportan una corrupción galopante que —se dice— acumula, entre comisiones y sobornos, el 2 % del PIB.

Aunque Rusia Unida tiene los ribetes de partido dominante, los movimientos de protesta contra Putin, que ganaron las calles, reclaman un alto a la corrupción, mejor distribución de la riqueza, renovación generacional y otras banderas similares a los indignados universales.

La convocatoria a las manifestaciones, a través de las redes sociales, reunió el 6 de marzo unas 20 mil personas, lo cual no es preocupante frente a millones de electores efectivos. Pero ese nivel puede crecer si se considera que el impacto de la penetración internáutica es de 50% en el país y de 70% en Moscú. Por añadidura, se insiste en que Putin será forzado a convocar la elección de gobernadores regionales por voto popular, lo que podría socavar su poder central.

En política externa, la Rusia moderna aspira a emular la aureola de la Unión Soviética a través de la Comunidad de Estados Independientes, creada en base a los antiguos miembros de la ex Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Aparte de la fugaz guerra con Georgia y el apoyo a Siria en el Consejo de Seguridad, sus relaciones con la Unión Europea y Estados Unidos son normales.

En suma, la gestión de la era de Putin es globalmente positiva, pero no está exenta de obstáculos impredecibles.

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