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Redes sociales, el mundo que la clase política no logra ‘tomar’

La relación de los políticos en Bolivia con las redes sociales está marcada por la incomprensión. Su desconcierto se caracteriza por una oscilación del poder político que pulula entre insinuar el control de estas plataformas digitales y aprender a usarlas.

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Aguilar Agramont / La Paz

00:07 / 07 de marzo de 2016

Es difícil decir con precisión cuáles son las potencialidades comunicacionales (su efectividad) de las redes sociales (RRSS). En todo caso, al menos al principio, el Movimiento Al Socialismo (MAS) atribuyó su derrota en el referéndum del 21 de febrero al uso de estas herramientas por parte de la oposición y habló de la necesidad de debatir su regulación. ¿Cómo son las redes y cómo se fueron convirtiendo en uno de los escenarios de las pugnas y reivindicaciones políticas en Bolivia?

Dentro de sus rasgos generales, hay que convenir que las redes sociales permiten a sus usuarios expresarse e interactuar casi sin limitaciones de contenido ni forma (las propias redes tienen sus normas específicas que prohíben por ejemplo la publicación de posts racistas, entre otros). Si bien son los usuarios quienes se autorregulan unos a otros, los mensajes que se publican muchísimas veces escapan incluso al mismo control del servicio que da una específica red.

Sin embargo, por esta potencialidad de expresión, frente a otras formas de comunicación, las RRSS devienen una herramienta comunicacional privilegiada y, salvo las excepciones mencionadas, libre (incluso considerando a las restricciones a la visibilidad de un post no pagado).

FENÓMENO. El investigador en el tema Pablo Rivero explica el fenómeno comunicacional de las redes sociales en internet: “No son medios convencionales, no son medios unidireccionales”, sino que se crean y popularizan a partir de expresiones sociales (“de ahí el ‘préstamo’ de la categoría sociológica “redes sociales”) a través de la tecnología y el contexto histórico y social, los cuales “convergen en la posibilidad de reproducir —esto es lo importante— las relaciones sociales, ideas, prácticas, creencias y manifestaciones culturales en la web”.

Es decir que son un mecanismo comunicacional que puede ser descrito como multidireccional, que además hace que cohabiten diversidad de códigos, formatos y lenguajes.

En cambio, la política en su sentido más restrictivo y convencional, el que se refiere al ejercicio del poder, es en esencia unidireccional, por tanto, opuesta a la dinámica más bien heterogénea de las redes sociales. Por supuesto, la política en su sentido amplio, de la preocupación y acción por lo público, excede aquella referencia inmediata y tiende a sobrepasar lo que una autoridad dice o hace, ‘invadiendo’ los intersticios cotidianos de la vida; aunque los políticos en ejercicio del poder o pugnando por ejercerlo quieran de una y otra forma monopolizar la práctica de la política. Es en esa forma restrictiva de entender la política que hay una inclinación por lo vertical, lo que en el ámbito comunicacional se expresa en la vocación por controlar los mensajes.

Esta afición del ejercicio del poder es perturbada por herramientas como las redes sociales. Así lo explica Rivero: “Las plataformas en internet (llamadas o mal llamadas ‘redes sociales’) son innovaciones sociales con tecnología de principios del siglo XXI que explosionan las formas controladas de comunicación uni o bidireccional, (que) ‘descontrolan’ las relaciones por canales distribuidos y desconcentrados”.

En efecto, la estructura convencional de las instituciones políticas (partidos e instituciones de Gobierno y Estado) se inclina hacia la centralización de todo, incluidos los mensajes, por lo que la lógica heteróclita de las redes sociales parece haber dejado perpleja a una mayoría de los políticos.

Así lo dice el comunicador Tonny López: “(En las RRSS) el tema es entrar en la interacción entre usuarios. Tanto oficialismo como oposición no tienen mucha idea de cómo se manejan las redes sociales, pero con tanta práctica se están dando cuenta de la dinámica: actuar e interactuar”.

Siguiendo esta misma tesis de la incomprensión política de la lógica de las RRSS, la ciberactivista Eliana Quiroz va aún más lejos, pues señala que los políticos para decodificar o entender las redes requieren de una mediación (que deviene de una autonomía todavía en formación de las mismas redes): las RRSS “aún no pueden ser protagonistas sin ayudas, tienen la necesidad de generar una dupla con los medios de comunicación masivos. Sin éstos, las redes no podrían ser relevantes en la vida política, porque el sistema político aún no entiende el mundo virtual, le es ajeno, lo que más entiende hoy es el lenguaje de los medios. De modo que los medios funcionan como traductores y amplificadores cuando la noticia se genera en internet, o buscan legitimidad de sus contenidos en las redes sociales, donde se cree que la ciudadanía habita”.

PERPLEJIDAD. Rivero afirma que esa perplejidad de los políticos ante las redes tiene varias causas; pero aunque hay excepciones, una mayoría “no logra adoptar una lógica digital y se queda en la práctica analógica, porque aún las prácticas políticas son dominadas por estructuras jerárquicas, centralizadas y con poca presión (jurídica y social) para transparentarse o al menos abrirse a través de recursos digitales, tecnologías (incluso emails o SMS, que ya no son tan nuevas) y ejercicios presenciales. Tenemos además una concentración de mensajes, casi un monopolio, a través de conferencias de prensa y programas de Tv tipo de infotainment [programas que ofrecen información bajo fórmulas de entretenimiento; el término procede de unir information y entertainment]”.

El resultado es el desconcierto de una mayoría de los políticos —desorientación que se transfiere al modo en que las instituciones de la política tradicional se expresan en las redes— los cuales se mueven oscilantes entre un extremo y otro, esto es: intentar comprender estas herramientas usándolas, o proponer controlarlas (como en el caso del oficialismo) o utilizarlas desde una lógica de centralización del mensaje en el caso de las oposiciones. Ese movimiento oscilante está bien descrito por López, cuando se refiere a cuatro hitos de la relación entre el poder político y las redes sociales.

Estos cuatro momentos son: 1) la escaramuza de posts en Twitter entre Carlos Mesa y Sacha Llorenti. “Ésta fue la primera vez que los medios tomaron un post de redes como fuente”; 2) en octubre de 2012, el vicepresidente Álvaro García Linera dijo que se encuentra anotando los nombres y apellidos de quienes insultan al Presidente en RRSS; 3) en 2015, Evo Morales ve debilidad de su campaña en redes sociales e instruye a sus seguidores a utilizar la herramienta y hacer proselitismo en ese espacio (recientemente, García Linera llamó a jóvenes del área rural a hacer lo propio: utilizar las redes para desmentir lo que considera falsedades que se difunden en las plataformas digitales); y 4) en febrero de 2016, luego del referéndum constitucional, cuando Morales dijo que las redes “tumban” gobiernos y hay que debatir su regulación.

Como se ve, en estos hitos está la oscilación entre la repulsión por las redes sociales, y la necesidad por parte de los políticos de acudir a ellas.  Tal vez, la traslación de la política a la web (originada en el no planificado choque entre Llorenti y Mesa) es, “como mucho (de lo que sucede) en la web, espontáneo e intuitivo”, describe Rivero. En todo caso, frente a la tentación de regular las redes están los ensayos, tanto de políticos como de las instituciones públicas (partidos y sus variaciones), que buscan utilizar las redes sociales y comprender sus mecanismos.

El acercamiento a las redes por parte de los políticos vinculados al ejercicio del poder es relatado por Quiroz por oposición a esa otra política del activismo (ciberactivismo) relacionada a temas de interés público como los derechos de las mujeres, acceso a la información, etc.

Antes del referéndum de 2016 —da cuenta Quiroz—, en Bolivia la internet era reconocida como un “espacio político en disputa” solo por algunos ciudadanos y otros tantos periodistas. “Las organizaciones políticas, los políticos y las entidades de Gobierno tenían escasa actividad en espacios virtuales”. Entonces, la política en la web boliviana sucedía “sobre todo del lado de la ciudadanía con expresiones activistas con las más diversas causas”: derechos de los animales, mejora del servicio de internet, violencia de género, promoción del uso de software libre, temas medioambientales, entre otras.

CAMPAÑAS. El sistema político había frecuentado las redes sociales solo en la campaña de las elecciones generales de 2014, cuenta Quiroz. Los partidos prácticamente no tuvieron presencia fuera de esa época electoral. Mientras tanto, algunas personalidades políticas tenían cuentas “medianamente bien administradas”, como Betty Tejada, Óscar Ortiz, Manuel Canelas o Samuel Doria Medina. Aunque, “usualmente, carecían de la interacción con la ciudadanía”. López midió que solo el 3% de los políticos administran sus cuentas personales en RRSS, el resto lo delega a terceras personas.

Por lo demás, estas herramientas usualmente eran utilizadas para la difusión de sus actividades, vuelve Quiroz. Un ejemplo de “buena administración” es Carlos Mesa. Por ejemplo, en la entrevista en PAT en que este expresidente desmintió que tenga una intención de ser candidato a la presidencia en 2019, se refirió al aspecto práctico de su cuenta en Twitter, señalando que le permite dar una declaración pública sin la necesidad de llamar a una conferencia de prensa, lo cual muestra la consciencia de la “dupla” entre medios y redes, anotada por Quiroz. En cuanto a entidades de Gobierno, concluye la ciberactivista, muy pocas “informaban y proponían interacción al público a través de sus cuentas de Twitter o Facebook”.

Hoy una buena excepción es el Tribunal Supremo Electoral (TSE), que interactúa todo el tiempo con los usuarios. El resto de instituciones estatales con presencia en RRSS todavía se queda en las buenas intenciones, manteniendo sus cuentas inactivas a veces durante varios días y reapareciendo solo cuando una coyuntura crítica les obliga a informar mediante estas herramientas (por ejemplo el caso de YPFB y las lamentables muertes por intoxicación de la semana que acaba). En el ínterin, cuando no existe una situación de crisis, es posible que las cuentas de instituciones estatales caminen con un exceso de cautela, que les hace preferir la inactividad.

Aunque cabe decir que esas cuentas, por más activas que estén, informando de sus actividades, están lejos del manejo de redes que hace el TSE.Rivero remarca esta falencia con ejemplos en que las prácticas políticas se han “normalizado” en plataformas en internet, ya que “allí es donde ‘está’ la gente y las esferas políticas sienten la necesidad de aproximarse, de llevar su mensaje”. Pero, otra vez: “en Bolivia aún se mantiene una lógica unidireccional o restringida de la práctica política en la web”.

En cuanto a la relación de usuarios con instituciones de Gobierno, “no hay una legislación sobre transparencia, datos abiertos y control social; tampoco hay una decisión política de generar mecanismos de intercambio o generación colectiva de normas, políticas o iniciativas ciudadanas por la web o con aprovechamiento de redes sociales en internet”, cuestiona al mencionar que no hay que ir muy lejos para encontrar buenos ejemplos de lo contrario a lo que sucede en Bolivia: “en Colombia hay ejemplos muy interesantes de prácticas políticas abiertas, basadas en plataformas tecnológicas, que buscan involucrar y acercarse a la gente”.

Después de todo este recorrido, volviendo al hito cuatro que enumeraba López (Morales diciendo que las RRSS tumban gobiernos y que hay que debatir su regulación), se puede decir con Quiroz que la novedad es que, durante la campaña del referéndum hasta hoy, “la dinámica social en internet ha logrado imponer agenda política y construir un relato social de una manera vertiginosa y llena de emotividad, como son las redes sociales digitales”.

Entonces, ¿servirá de algo regular las redes en función de la conclusión del MAS de que fueron factor determinante en su derrota (es claro que debe haber una regulación orientada exclusivamente a permitir su uso en la lucha de delitos como la trata de personas, por ejemplo) o sería mejor seguir intentando despojarse de la persistencia intrínseca pero no fatal ni insuperable, de la vocación del ejercicio del poder?

Una conclusión oportuna es la de Quiroz al contestar la pregunta ¿cómo pueden los políticos y organizaciones políticas incluirse en la dinámica de las redes?: “Entendiendo y aprendiendo cómo funcionan, convirtiéndose en actores relevantes del ciberespacio, generando contenidos apreciados (esperemos que sanos, no farandulescos, ya que ambos son aceptados), porque una de las características de las sociedades en internet es que son meritocráticas, no vale hablar sino hacer”.

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