Animal Político

Reflexión desde Chile sobre ‘El Poder Dual’

Un signo que dejaba al desnudo las graves carencias en Chile, según Zavaleta, era el uso inconsistente, maniqueo e irresponsable de la categoría analítica de la ‘dualidad de poderes’.  (Texto escrito por los 30 años de la muerte de René Zavaleta Mercado)

La Razón (Edición Impresa) / Manuel Loyola Tapia / La Paz

00:05 / 28 de diciembre de 2014

Varios de los temas principales del pensamiento de René Zavaleta Mercado, sea de los que iniciara en Bolivia, como de los que prosiguió en su exilio mexicano, se dieron cita en su trabajo chileno. Su preocupación por las formaciones estatales (tanto en Europa como en América Latina); las notables diferencias del rol histórico cumplido por estas formaciones de acuerdo con el tipo de actuación de las burguesías locales y europeas; la frustración de los Estados nacionales en nuestra región tras la balcanización independentista de comienzos del siglo XIX; la necesidad de estudiar estos fenómenos históricos propios recurriendo a los principales teóricos del marxismo (desde el propio Marx hasta Gramsci y Trotsky); el moldeamiento de conceptos como acumulación histórica o centralidad obrera, entre otros, resultan ser un imprescindible trasfondo de ideas que se debe tener en cuenta al momento de hacer una adecuada apreciación del contexto intelectual personal que lo llevaría a escribir lo sustancial de El Poder Dual.

MÉTODO. Dando muestras de un cuidadoso tratamiento metodológico, El Poder Dual arranca con el despeje de lo que Zavaleta estimaba podía ser el sentido más sólido y fructífero de la categoría de la dualidad de poderes para el pensamiento político revolucionario de nuestra región. Detengámonos un instante en este acápite, en la caracterización que Zavaleta hizo de esta necesidad de aclaración conceptual, a fin de no mutilar los alcances de su elaboración.

Jalonado por determinados pasos que van de lo general a lo particular, el desbroce que Zavaleta ofrece de la dualidad bien puede traducirse en las siguientes interrogantes: ¿De qué debemos hablar al referirnos a la dualidad de poderes? ¿Cuál es la pertinencia y vigencia de tal concepto en la realidad política latinoamericana? y, ¿existió o no dualidad de poderes en las experiencias de Bolivia y Chile?

Sobre la primera de estas interrogantes, para Zavaleta hablar de dualidad o de poder dual en el contexto del materialismo histórico solo puede ser aceptado como una metáfora, una fórmula aproximada a la realidad, pues, en estricto rigor, esta dualidad no puede existir sino como una anomalía esencialmente temporal, una precaria realidad que jamás podrá condecirse con los fenómenos efectivamente consistentes que evidencia la evolución histórica de cualquier sociedad que, de modo más o menos directo, ha estado bajo el influjo de la modernidad capitalista, como son, ciertamente, las sociedades de Europa occidental y las latinoamericanas. La historia de estas sociedades solo acepta, como conditio sine qua non de su modernización, la unicidad del poder en su interior, unicidad que ha de presentarse con todo el vigor de una sola estructura estatal; si por circunstancias, que de todos modos son explicables por esta misma necesidad, hubiese en la sociedad más de un poder equivalente, esta posibilidad no podrá perdurar pues esto es contrario a la naturaleza del movimiento histórico occidental.

Dado lo anterior, Zavaleta nos advierte que no obstante lo taxativa que debe ser la noción de dualidad de poderes en el pensamiento revolucionario marxista, a raíz, como ya se mencionó, de su absoluta provisionalidad, su utilidad como instrumento analítico resulta completamente imprescindible: su valor, de orden eminentemente teórico, radica en su inmenso potencial heurístico, en tanto se ubicaría como “modelo” en virtud del cual podríamos estar en condiciones de hacer una acertada descripción de los factores que incidirían, a favor o en contra, en una solución revolucionaria de las luchas en la regiones dependientes. Así, no obstante que desde un punto de vista del realismo histórico la dualidad es insostenible, esta imposibilidad no la priva, desde el ángulo estricto de la teoría, de una condición vital para la eventual incidencia en el proceso histórico particular.

DUALIDAD. Ahora bien, siendo la dualidad una categoría histórica de difícil aprehensión, las posibilidades de que arribemos a la identificación de los nodos básicos de su verificación, a saber, la simultánea presencia en una misma estructura social de dos fuerzas estatales —una vigente y otra emergente, ambas con similares capacidades o potencialidades de plantear un orden nacional con la imprescindible fuerza coactiva-coercitiva— requiere que estemos en condiciones de dar cuenta de la dinámica de factores objetivos y subjetivos en que se enraíza un proceso de confrontación de clases.

Llegado a este punto, Zavaleta privilegiará la sanción de ciertos datos que estimó decisivos para el diagnóstico de la dualidad y el probable derrotero de la misma en la confrontación política. De esta forma, la exacta dilucidación de la dualidad estaría en directa correspondencia con las características que asumieran en una determinada situación histórica: a) la existencia de una clase organizada; b) la presencia de un partido revolucionario; c) el encuentro entre clase y partido; y, d) la posibilidad de hacer de una crisis de gobernabilidad, una de carácter general nacional.Involucrándonos en la segunda de las preguntas formuladas, la calidad analítica que Zavaleta confirió al concepto dualidad de poderes estaba en directa relación o pertinencia respecto de la modalidad que podía asumir la resolución del problema tal vez más acuciante dentro de su pensamiento: el problema de la construcción del Estado-nación que, en la época del capitalismo transnacional (imperialismo), necesariamente debía asociarse a la consecución del socialismo en nuestros países.

No es del caso detallar aquí esta tesis zavaletiana, de enorme gravitación entre los dependentistas de su época. En lo medular, ella consistía en que la hegemonía mundial del capitalismo expuesta por los países centrales, en un derrotero que iba del siglo XVI al XIX, invariablemente jugaba contra cualquier evolución democrático-burguesa que emprendieran las élites gobernantes de los países del capitalismo periférico, de suerte que los componentes políticos y económicos típicos de los procesos nacionales europeos (democracia representativa, industrialización, secularización), deseables en la perspectiva de las luchas emancipadoras, no serían jamás parte de las tareas de los grupos dominantes locales al hallarse objetiva y subjetivamente ligados a los intereses no nacionales. En consecuencia, las banderas de las realizaciones burguesas debían ser tomadas por los sectores subalternos (construcción del Estado-nación) los que, en tal expectativa, contaban con la gran oportunidad de saldar en un solo gran esfuerzo, metas que podían y debían perfectamente sobrepasar el horizonte de realizaciones democrático-burguesas. A estos fines, la categoría de la dualidad de poderes —con toda la impronta teórica que Zavaleta le imprime— se erguía como la clave de bóveda que no solo disponía del atributo que podría hacer avanzar a la teoría marxista del Estado proletario para la fase transicional hacia el socialismo (contando, por tanto, con un valor científico-normativo de amplios alcances), sino también, para el caso del marxismo latinoamericano, de una caudalosa cuantía operativa, al resolver la inveterada inoperancia de las burguesías locales para proponerse y llevar a cabo las metas históricas que se esperaban de ellas. De ahí entonces la convicción que asistía a Zavaleta de abordar la problemática de la dualidad como una cuestión atingente al imperativo gnoseológico leninista de enfrentar la política proletaria bajo el prisma de la actualidad de la revolución (Georg Lukács). Por lo demás, apuntaba Zavaleta, a comienzos de los años 70 América Latina disponía ya de una acumulación histórica suficiente (entre fracasos burgueses e intentos populares) para proponer y sostener que tanto teórica como prácticamente la dualidad estaba a la orden el día. Es así como en la obra que comento (El Poder Dual) da otra vuelta de tuerca a la dualidad pasándola por el tamiz de las experiencias revolucionarias de Bolivia y Chile de la segunda mitad del siglo XX.

Sin duda que la vivencia chilena que nuestro personaje tuvo bajo el periodo más álgido de la Unidad Popular, experiencia que venía antecedida de una clara frustración por la derrota de la Asamblea Popular boliviana en 1971, estuvieron en la base de la dureza con que abordó la problemática de la dualidad de poderes respecto de Chile. Esta acritud no pasaría de ser un síntoma de malestar puramente personal (anímico e intelectual), sino le concediéramos, en todo lo que corresponde, el crédito de agudo analista de una realidad como la chilena, que muy pronto revelaría toda su tragedia.

CHILE. Los planteamientos de Zavaleta sobre la dualidad de poderes bajo la Unidad Popular —siempre entreverados con diversas consideraciones históricas, políticas y sociológicas— pueden sintetizarse de la siguiente manera: A partir de 1972, la conducción de la lucha popular había entrado en una confusión que no solo obedecía a los embates de la actuación opositora —esperable y natural, por lo demás— sino, por sobre todo, a la evidencia cada vez más nítida de que el proceso de cambios de la alianza izquierdista adolecía de acciones y declaraciones sobre el sentido más profundo de su proyecto; es decir, ni antes ni después de 1970, había hecho un significativo esfuerzo teórico por dilucidar el carácter de su lucha, su ubicación en el contexto histórico, las posibilidades y limitaciones que le brindaba la institucionalidad estatal burguesa, el agotamiento de consignas y formulas movilizadoras, la muy probable puesta en marcha de alternativas bonapartistas, o el enorme peso de la ideología del orden estatal, siendo Chile, como bien lo resalta en su libro, “la patria del Estado” en América Latina.

Uno de los medios o signos que dejaban al desnudo estas graves carencias —sostuvo— era el uso inconsistente, maniqueo e irresponsable de la categoría analítica de la dualidad de poderes. En los hechos, todos los sectores y dirigentes de la izquierda la estaban empleando, todos, de una forma u otra; y hacían alusión a ella proponiendo diversidad de juicios, diagnósticos, procedimientos para su materialización, pero, a fin de cuentas, estas expresiones no pasaban de ser juegos verbales, ilusiones, lamentables entredichos que estaban muy lejos de la seriedad y profundidad implicadas en una efectiva dualidad.

Una expectativa real de dualidad —se encargaba de enfatizar— implicaba que de modo explícito y como resultado de opciones y decisiones de larga data —lo que debía dar cuenta del espesor orgánico e histórico del proyecto— la clase emergente expusiera y demostrara su vocación estatal mediante órganos y conductas que informaran de tal vocación. Estas exigencias para Zavaleta eran tan ciertas que ellas debían emprenderse aun si la dualidad, por las circunstancias que fuesen, no llegara nunca a plantearse abiertamente. Lo único cierto —finalizaba en su elaboración— era que en Chile se trabajaba sobre una apariencia o, cuando más, sobre un instante que revestía significado de confrontación dual, lo que no precisamente podía significar que este tipo de confrontación lo hubiese sido.

Lo que inquietaba a Zavaleta no era tanto que la dualidad estuviese o no a la orden día, cuestión que lo alejaba de cualquier voluntarismo teórico, sino, como ya señaláramos, que la dirigencia social y política de la Unidad Popular y de la izquierda chilena, en una dimensión más histórica, no hubiese dado con los fundamentos reales de su proceder, obviando, hasta donde pudo haberse hecho, confusiones finalmente imposibles de resolver.En diciembre del 73, en México, Zavaleta hará las reflexiones finales sobre el caso chileno, enfatizando en lo que había advertido como el gran talón de Aquiles del proyecto de la Unidad Popular: la completa confusión sobre dualidad de poderes respecto del carácter del Estado chileno en la perspectiva de su transformación.

ADVERSIDAD. Con todo, en una observación que seguramente buscaba mantener la inteligibilidad analítica del lamentable escenario chileno, Zavaleta apuntará que, a pesar de las graves adversidades que habían afectado a la Unidad Popular en sus últimos meses, aún le restaba a la dirigencia chilena una posibilidad de haber hecho menos dramático el desenlace de una vía (la vía pacífica) que, no por inviabilizada en los hechos, tenía que correr la suerte de la total catástrofe, tal como finalmente se dio: la oposición golpista —nos señala— jamás tuvo la victoria asegurada; hasta última hora estuvo cruzada de miedos e incertidumbres que bien pudieron haberla sepultado a condición de que la izquierda se hubiese desecho, aunque fuere por el instante necesario, de la mitología del Estado burgués: “Triunfaron a lo último tanto los sectores burgueses de la Unidad Popular (que habían hecho de la legislación un fetiche) como los ultraizquierdistas (que hacían una dilatada ofensiva hasta impedir la constitución hegemónica de una vanguardia obrera). Ni el PC (Partido Comunista) ni los demás sectores obreros supieron construir su propia hegemonía y no pudieron, por consiguiente, habilitar a (Salvador) Allende para la explotación de la crisis nacional general que se venía”.

Los años del exilio mexicano de René Zavaleta vieron profundizar en él una perspectiva analítica ya anunciada en el tratamiento del concepto de la Dualidad de Poderes recién visto, es decir, la perspectiva de considerar los problemas del poder, en especial de su transformación en vistas a los intereses populares de la región, en directa correspondencia con las realidades históricas y culturales de sus pueblos. Esto, indudablemente, debía hacerse carne —como condición de acierto y eficacia en el largo plazo— en el tipo de actuación y orientación que debían promover las organizaciones sociales y políticas de la izquierda latinoamericana. De esta forma, y con esto concluimos, este desplazamiento implicó una sustancial modificación en el abordaje de la Dualidad, pasando de un tratamiento de orden esquemático y técnico (de fuerte influencia leninista), a otro de raigambre más cultural e intersubjetivo, en la línea de lo que décadas antes había dejado previsto Antonio Gramsci.

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