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Regalos, de ‘El Picacho’ al museo de Orinoca

Ha causado gran polémica la construcción del museo de Orinoca. Siempre hubo regalos a los presidentes, pero todos se fueron a colecciones privadas.

Una vista de una de las salas del Museo de Orinoca, donde se exponen los regalos que recibió el presidente Evo Morales. Foto: Alejandra Rocabado, archivo

Una vista de una de las salas del Museo de Orinoca, donde se exponen los regalos que recibió el presidente Evo Morales. Foto: Alejandra Rocabado, archivo

La Razón (Edición Impresa) / Rubén Atahuichi / La Paz

00:00 / 18 de octubre de 2017

En el cumpleaños de Hugo Banzer, el 10 de mayo de 1999, los generales de la Policía Nacional quisieron hacer migas con el Presidente. No encontraron mejor opción que regalarle un elefante de bronce de $us 5.000 para intentar aplacar/distraer la grave crisis institucional que por esos días tenía a su comandante, el general Ivar Narváez, en la cuerda floja.

Narváez se defendía entonces de acusaciones de corrupción en la Mutual de Seguros de la Policía (Musepol) y el ministro de Gobierno, Guido Nayar, esperaba un informe del caso para salir personalmente al paso y librar de culpas al Gobierno. Pero los halagos llegaron también a la autoridad política que rige la Policía Boliviana: una réplica de la Venus de Milo de $us 8.000.

Las dádivas resultaron un escándalo político que el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), en la oposición, pretendió capitalizar sin mucho éxito. Cuando lo denunció, al rato le recordaron que Gonzalo Sánchez de Lozada, mientras fue presidente, alquiló un avión de una de las empresas subsidiarias de su empresa Comsur, Aeroinca.

“Es un hecho ilegal o, por lo menos, no ético: alquilar un bien particular para el uso de la Presidencia de la República, cuando ese bien particular es del Presidente de la República”, atacó el presidente Banzer.  

Y el MNR retrucó con la denuncia sobre la compra irregular del avión Beechcraft un año antes, supuestamente para ayudar a paliar los efectos del terremoto de Aiquile, Totora y Mizque. La nave, adquirida en la gestión del ministro de Defensa, Fernando Kieffer, llegó al país cuatro meses después del siniestro y no tenía condiciones de operar en pistas de tierra.

Banzer quiso cerrar el debate sobre los regalos en una concentración en Tiwanaku, cuatro días después de su cumpleaños 73. “Yo los voy a seguir recibiendo de los campesinos, de los pobres; de esos que nos agradecen por lo que hacemos, así tenga que quebrar la ley porque no puedo desairarlos”.

A Sánchez de Lozada, la misma Policía Boliviana le había regalado un gimnasio, una máquina de ejercicios, que también fue blanco de críticas.

Si bien la Ley 2027, del Estatuto del Funcionario Público, prohíbe dádivas “orientadas a favorecer directa o indirectamente las gestiones a su cargo o hacer valer influencias ante otros servidores públicos con propósitos semejantes”, los servidores públicos no están “impedidos de recibir obsequios, regalos o reconocimientos protocolares de gobiernos u organismos internacionales, en las condiciones en que la ley o la costumbre oficial lo admitan”.

Hasta antes de que las toneladas de obsequios al presidente Evo Morales fueran instaladas en un museo en Orinoca, su pueblo natal, aquéllas ocupaban hasta los rincones inesperados de la Casa Presidencial, en San Jorge. En un pasillo estaban apilados en completo desorden máscaras de diablo, trofeos de fútbol, bastones de mando de distinto tipo y sombreros de todo origen; solo estaban bien acomodados en un ambiente especial los equipos de ejercicios que Cuba le hizo llegar para su uso personal.

Su vivienda de alquiler de la calle 20 de Octubre, en La Paz, se mostraba algo parecido. En su casa de Villa Pagador, en Cochabamba, los ponchos, otras prendas y centenares de objetos estaban amontonados en gangochos de colores en un cuarto grande. Otros tantos ocupaban espacios íntimos en el Palacio de Gobierno, uno de ellos, el cuadro de Ernesto Che Guevara hecho de hoja de coca, de Gastón Ugalde, siempre frecuentado en algunas fotos oficiales con sus visitantes.

Y si atesora un regalo en especial, son las pantuflas que el presidente de Rusia, Vladímir Putin, le obsequió hace años. Todo lo de más, que suman miles, fue a parar al Museo de la Revolución Democrática y Cultural.

La construcción del edificio, que contrasta con el aspecto urbano del pueblo, costó al menos Bs 47 millones. Cuenta con tres ambientes (Inchura, Sullca y Collana) que acogen respectivamente salas sobre la historia de los pueblos indígena originarios campesinos, los más de 13.000 regalos que Morales recibió entre 2006 y 2017, y ambientes para distintas actividades.

Cuestionado por la oposición por tan fuerte inversión en un proyecto que —se teme— no reportará mayores ingresos, el Gobierno justificó en sentido de que la infraestructura fue construida para resguardar la “memoria histórica” del primer presidente indígena de Bolivia, Morales. “He escuchado a gente protestar sobre el museo; ellos (los opositores) siempre quieren ocultar la lucha que ha tenido este pueblo milenario”, dijo el Mandatario.

“No es un museo de Evo, es un museo de Bolivia, de los de abajo, de los humildes”, afirmó el vicepresidente Álvaro García. Y hasta “tiene un valor teológico, casi divino”, complementó el ministro de Gobierno, Carlos Romero.

¿Y qué fue de los regalos que los antecesores de Morales recibieron? No hay registro alguno en el Palacio de Gobierno. Se sabe que Víctor Paz Estenssoro exhibió los suyos una vez en el Palacio Quemado, aunque se desconoce dónde fueron a parar los que le dieron incluso desde 1952.

Carlos Mesa (2003-2005) evitó referirse al asunto. Tuvo uno en especial; en ocasión de la final de la Copa Sudamericana entre Boca Junios y Bolívar, en diciembre de 2014 en Buenos Aires, el entonces titular del equipo argentino, Mauricio Macri (ahora presidente de Argentina), le regaló un libro sobre los 100 años del club, sin saber que Mesa es simpatizante del rival del frente del equipo xeneize, River Plate.

Su sucesor, Eduardo Rodríguez Veltzé (2005-2006), guarda un especial cariño por una chalina tejida con motivos de la wiphala que le fue obsequiada por un diputado. “Me la colocó él mismo a falta de los símbolos presidenciales que no estuvieron disponibles para la ocasión”, cuenta el ahora embajador de

Bolivia ante los Países Bajos y agente de la demanda marítima contra Chile en la Corte Internacional de Justicia, con sede en La Haya.

Sustituyó a Mesa horas después de que éste renunciara a sus funciones derivadas de la dimisión de Sánchez de Lozada. “En los siete meses y medio que duró mi mandato recibí pocos regalos, muchos fueron objeto del robo de un depósito cuando me encontraba fuera del país”, dice.

Rodríguez Veltzé confiesa que los pocos regalos que recibió durante su mandato los conserva en casa.

Pero hizo algo destacable con los libros de donación. “Dispuse organizar la Biblioteca de la Presidencia para albergar las colecciones imprescindibles y para conservar los libros y material impreso que regularmente llegaba como regalo al Presidente”.

La biblioteca está instalada en la planta baja del Palacio Quemado, en el salón de retratos de presidentes. “Me sorprendió que en ese tiempo la Presidencia no hubiese contado con una biblioteca”, afirma el exmandatario.

¿Y qué opina sobre el museo de Orinoca? “No conozco el museo, opinaré después de visitarlo”, responde.

Quien no se guarda palabras sobre el espectacular edificio en la tierra de Morales es el expresidente Jaime Paz Zamora (1989-1993). “No estoy de acuerdo que se haya hecho”, lamenta.

Sin embargo, propone un uso correcto del museo. “Ya que se hizo la inversión, hay que darle un carácter distinto; sería una torpeza no usarlo. No me dejo llevar por el hígado”, asegura.

Quizás Paz Zamora, después de Morales y Paz Estenssoro, sea quien recibió más regalos en su mandato. El viejo líder del extinto Movimiento de la Izquierda Revolucionaria (MIR) se ufana con que tiene 3.000 y que otros muchos se los robaron. “Eran regalos de un país pobre”, reflexiona.

No hizo un museo estatal como el de Orinoca, sino uno particular abierto —afirma— al público en su hacienda de “El Picacho”, en Tarija.

De sus cosas, resalta la colección de gallos (le decían Gallo). “Tengo desde los gallos de Alasita hasta los campeones disecados”, cuenta. También una variedad de cuadros de autores poco anónimos y reconocidos: Inés Montaño, Gildaro Antezana, Luis Zilveti, Antonio Vaca, los hermanos Raúl y Gustavo Lara, y el célebre Oswaldo Guayasamín. Del ecuatoriano, Paz Zamora dice que le pidió pintar en acuarela sus cicatrices. Le hizo el retrato, pero con un pico de gallo.

Cada uno de ellos tiene su historia, y muchas anécdotas. Por ahora, solo saberlo en Orinoca y “El Picacho”.

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