Animal Político

Relaciones peligrosas

Incidencia de las elecciones en EEUU

La Razón / La Paz

00:00 / 28 de octubre de 2012

Ricardo Paz Ballivián

Según un análisis del Instituto Boliviano de Comercio Exterior (IBCE), las exportaciones bolivianas a Estados Unidos alcanzaron 816,9 millones de dólares entre enero y julio de 2012, monto mayor a los 510,3 millones de dólares del mismo período en 2011. Si leemos esto en el contexto de un escenario en el que Bolivia ya no cuenta con el beneficio de la Ley de Preferencias Arancelarias Andinas y Erradicación de la Droga (ATPDEA), comprobamos una vez más que no siempre la beligerancia política se refleja en el terreno comercial.

Estados Unidos representa el tercer mercado más importante del comercio exterior boliviano, después de Brasil y Argentina. Pero si obviáramos las exportaciones del gas sería de lejos el primero. De hecho, las ventas nacionales hacia el país del norte se cuadruplicaron en volumen y valor en los últimos ocho años. En  2003, las ventas llegaron a sólo 211 millones de dólares, mientras que en 2011 aumentaron a 877 millones de dólares.

Las ventas nacionales a ese país no han roto la tradición de relacionamiento comercial entre nuestras naciones. Han crecido fundamentalmente por la venta de materias primas. En 2011, la principal exportación fue el estaño en bruto, además de desechos de metal y plata. La norma es que los productos libres de arancel son los que crecen, mientras que los que no ingresan libres de arancel crecen muy poco o nada, siempre de acuerdo con los datos elaborados por el IBCE.

Ahora bien, contrariamente a lo que piensan muchos analistas, no es lo mismo para Bolivia que gane la reelección Barack Obama a que irrumpan nuevamente los republicanos con Mitt Romney a la cabeza. Con Obama, las relaciones seguirían la ruta crítica trazada hace 12 meses y es probable que se intercambien embajadores antes del primer trimestre del próximo año. En cambio, con Romney es probable que el proceso se retrase y entremos a una nueva y tediosa negociación; es decir, volvamos a cero.

Si bien la mayoría de los expertos internacionalistas está de acuerdo en que Latinoamérica no es una prioridad para la política exterior estadounidense, Romney, no obstante, ha dado señales de mayor interés en los aspectos políticos de la relación. Ha mencionado más de una vez la necesidad de endurecer posiciones respecto a Hugo Chávez y Fidel Castro (y por ende a lo que considera la órbita de acción de los mismos: Daniel Ortega, Rafael Correa y Evo Morales, principalmente).

Sin duda que las relaciones entre Estados Unidos y Bolivia se encuentran, a pesar de todo lo que ha pasado en estos últimos años, “narcotizadas”, es decir, influenciadas de manera importante por la temática de las drogas y el cultivo de la hoja de coca. Los otros asuntos (ATPDEA, Usaid, etc.) dependen de lo que suceda con el tema principal.

En el Gobierno se observa con claridad que existen visiones diferenciadas sobre lo que deberían ser las relaciones con Estados Unidos. Mientras la Cancillería se ha esforzado al extremo para lograr el restablecimiento pleno de relaciones diplomáticas y, por ende, la reposición de un vínculo menos hostil, otros miembros del gabinete hacen gala, cada vez que tienen la oportunidad, de su animadversión a lo que denominan el “imperio”.

Si hubiera un giro de la administración norteamericana, con una actitud menos tolerante a los exabruptos constantes del Gobierno boliviano, como podría suceder si gana Romney las elecciones, nos encontraríamos rápidamente con un deterioro aún mayor de las relaciones y con la posibilidad cierta de que la poca cooperación existente en la actualidad desaparezca por completo. Usaid terminaría de ser expulsada e inclusive las organizaciones no gubernamentales estadounidenses sobrevivientes (IRI, NAS, etc.) dejarían a corto plazo nuestro país.

Si gana Obama, es previsible que los sectores del Gobierno boliviano menos antagónicos a la administración estadounidense consigan imponer una actitud más pragmática y menos beligerante. Por el contrario, si llegara a vencer Romney, es probable que los sectores “duros” del régimen boliviano radicalicen su actitud y se provoque un mayor distanciamiento, que en el extremo podría llegar al cierre de embajadas.

Estados Unidos ha perdido interés en América Latina, como se ha podido comprobar en el último debate que llevaron a cabo los candidatos Obama y Romney el lunes 22 de octubre. Era un debate sobre política exterior y solamente una vez fue mencionada Latinoamérica (por Romney). Y si ésa es la realidad para la región, la actitud en relación a nuestro país es todavía más displicente. Paradójicamente, a medida que la coca y la cocaína boliviana se han desviado hacia Brasil y Europa, hemos perdido la atención de los norteamericanos.

Sin embargo, una nueva administración en el norte, incluso si fuera de continuidad en el caso de la reelección de Obama, representa una ventana de oportunidad para remozar las relaciones de nuestro país con la potencia mundial. Así que no deberíamos descartar, aún cuando sólo fuera en el ámbito de lo hipotético, que cambien las actitudes de ambos gobiernos y se produzca una situación más amigable y cooperativa.

Todo dependerá de las nuevas directrices que emerjan de Washington, una vez se disipen los humos de la contienda electoral. Como se sabe, las declaraciones de los candidatos están fuertemente influenciadas, sobre todo en Estados Unidos, por lo que demandan los electores, pero luego tienen poca relación con lo que los gobernantes hacen en el ejercicio de las políticas públicas. En todo caso, si habría que hablar de lo que nos conviene a los bolivianos como resultado de los comicios del  próximo martes, deberíamos usar el refrán que dice “más vale lo viejo conocido quelo nuevo por conocer”.

En muy mal momento

Andrés Guzmán Escobari

En 1870, el presidente de Bolivia, Mariano Melgarejo, decidió expulsar al representante del imperio más poderoso del mundo, el Reino Unido. Eso nos costó ser borrados del mapa por la misma reina Victoria I, quien, al enterarse de la expulsión y del maltrato que recibió su embajador en nuestro país, sentenció: “Bolivia no existe” (según Carlos Mesa, este episodio de la historia ocurrió en la gestión de Belzu, no de Melgarejo).

En 2008 ocurrió algo muy parecido. Evo Morales expulsó al embajador del imperio más poderoso del mundo, Estados Unidos, pero nunca supimos si el entonces presidente de esa potencia, George W. Bush, intentó borrarnos del mapa o si dijo algo respecto a nuestra existencia, porque desde que Morales asumió la presidencia, la política estadounidense hacia Bolivia ha sido inequívoca, actuar con la máxima indiferencia posible ante lo que haga o deje de hacer el Gobierno boliviano.  

Pero en lugar de que esa indiferencia contribuya a calmar los ánimos antiimperialistas de nuestros gobernantes y propicie una etapa de distensión y entendimiento, ha generado una mayor tensión que se manifiesta en los constantes ataques del presidente Morales al gobierno del norte, los que han llegado a ser proferidos con palabras soeces y descomedidas. Esas actitudes de descortesía, el uno por indiferente y el otro por irrespetuoso, han hecho que las relaciones entre los dos gobiernos se encuentren en un muy mal momento —el peor desde que Washington desconoció al régimen narcodictatorial de Luis García Meza (1980– 1981). Esto, sumado a que la situación significa desaprovechar la posibilidad de hacer importantes negocios para Bolivia y continuar perdiendo influencia política y económica en la región para Estados Unidos, hace que sea no sólo necesario, sino urgente, que las autoridades de ambos países se esfuercen por recomponer sus vínculos político-diplomáticos.

Esa menor influencia estadounidense en la región quizás no se perciba tan notoriamente en Washington, sin embargo, aquí en Latinoamérica, al menos en cinco países sentimos en el día a día que la posición de la Casa Blanca ya no está presente en las decisiones políticas de nuestros gobiernos y, en ese punto, debemos reconocer el éxito de la diplomacia promovida desde Cuba hace más de 50 años. No obstante, en el caso de Bolivia, no compartimos que esa política se base en anteponer nuestra dignidad por sobre cualquier otra consideración, incluso por sobre nuestros intereses nacionales. La historia nos enseña que la ideologización de la política exterior es contraproducente. Necesitamos exportar productos con valor agregado con urgencia para desarrollar la industria nacional y diversificar nuestra oferta exportable y no podemos, por tanto, darnos el lujo de perder el acceso a un mercado de más 300 millones de habitantes con un ingreso per cápita de casi 45 mil dólares al año, tal como está ocurriendo actualmente con la suspensión del ATPDEA (Ley de Preferencias Arancelarias Andinas y Erradicación de la Droga, del inglés), que fue dictaminada a partir de 2008 por el Congreso estadounidense.

En este contexto, las elecciones presidenciales de Estados Unidos podrían servir para recomponer las relaciones entre ambos países, sea a través de una reinvención del trato bilateral con la administración de Barack Obama o sea mediante un borrón y cuenta nueva con el posible gobierno de Mitt Romney. No obstante, por los antecedentes antiimperialistas de nuestras autoridades y por la costumbre que tiene el imperio de actuar impasiblemente ante los gobiernos contrarios a su política internacional, parece imposible que mejoren los vínculos entre ambos gobiernos en los próximos cuatro años.

Hay varios problemas que los gobiernos de los dos países deben resolver para normalizar sus relaciones a nivel de embajadores, y si bien se ha suscrito un acuerdo marco que contiene los lineamientos para alcanzar ese objetivo, no hubo ningún avance significativo; eso pese a que dicho acuerdo se encuentra plenamente vigente porque ya fue aprobado por la Asamblea Legislativa de Bolivia y porque, al ser vinculante, no necesita ser ratificado por el parlamento de Estados Unidos. 

Para lograr la correcta ejecución de dicho acuerdo es necesario que la próxima gestión gubernamental de Washington defina claramente el papel de Usaid en territorio boliviano, organismo que ha sido acusado de conspirar contra el Estado Plurinacional; que sepa aplicar las acciones de “responsabilidad compartida” con la administración de Evo Morales en la lucha contra el narcotráfico, que según sus propios parámetros ha sido “un fracaso demostrable” en el último tiempo; y, sobre todo, que dé curso a la extradición de Gonzalo Sánchez de Lozada. Sobre este último punto, si bien es cierto que las autoridades bolivianas no cumplieron con todos los requisitos que exige el Tratado de Extradición entre ambos países, como el de verificar que los delitos por los cuales ha sido imputado se encuentren tipificados en la legislación estadounidense, la Casa Blanca tampoco demostró ninguna voluntad por proceder a la extradición, a pesar de que en el seno de la Organización de Estados Americanos (OEA) rechazó enfáticamente el asilo político otorgado por Ecuador a Julian Assange, quien, valga recordar, es acusado de violación, coerción y acoso sexual, pero no de genocidio.

Por todo esto, y porque en la campaña electoral de Estados Unidos se ha visto que los intereses y preocupaciones de ese país se encuentran en el Medio y Lejano Oriente, no vemos con mucho optimismo lo que pueda acontecer con Bolivia en los próximos años. Aun así, esperamos un cambio de actitud de parte de ambos gobiernos que permita desarrollar una relación normal en términos políticos y diplomáticos, el uno porque debe dejar su actitud de indiferencia que llega a ser hasta maleducada y el otro porque debe actuar con respeto si quiere ser respetado y, principalmente, porque debe priorizarse los intereses nacionales de la patria por sobre cualquier otra consideración.

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