Animal Político

Romper con un colonialismo simpático

La obra de David Harvey es buena para discutir el capitalismo globalizado, pero no obliga a abordar los impactos sociales, ambientales o eco-nómicos dentro de cada país, ni a dialogar con saberes indígenas.

La Razón (Edición Impresa) / Eduardo Gudynas

00:03 / 27 de septiembre de 2015

Una de las cuestiones más llamativas en las críticas al capitalismo que se hacen desde América Latina son las repetidas invocaciones al geógrafo inglés David Harvey. Las citas a su idea de “acumulación por desposesión” se repiten en centenas de textos académicos, y el propio autor ha sido invitado por los gobiernos progresistas de Ecuador y Bolivia.

Harvey propone esa idea para reemplazar el concepto de “acumulación originaria” (o “primitiva”) propio de Karl Marx. Se refiere a procesos como la mercantilización de la tierra, expulsión de campesinos o la financiarización de las economías.

Son ideas atractivas que, sin entrar en detalles, muchos compartiríamos. Pero más allá de eso, quisiera explorar otras aristas de esta “moda Harvey” y del hecho que los gobiernos progresistas lo inviten y se apoyen en sus conceptos para reforzar sus imágenes de radicalidad. Me preocupan dos cuestiones. La primera es que esa “moda” deja de lado la rica historia de reflexiones latinoamericanas para volver a dejarnos en manos de pensamientos norteños. La segunda es que si bien pueden compartirse críticas como las de Harvey, de todos modos son insuficientes para la realidad latinoamericana. Y es precisamente por ser incompleta que los gobiernos progresistas lo citan y lo invitan.

MODA. Me explico comenzando por el primer punto. El problema de la acumulación por desposesión que popularizó Harvey, como apropiación capitalista de recursos naturales o del trabajo, en sus ideas básicas no es una novedad. En América Latina tenemos una larga y triste historia de la apropiación masiva de nuestros recursos o la desposesión de indígenas y campesinos. También contamos con muchos pensadores, militantes y académicos, quienes, cada uno a su manera, en por lo menos el último siglo, han sostenido esencialmente esas ideas.

Más allá de acordar o discrepar con aspectos puntuales de la tesis de la acumulación por desposesión, por momentos parecería que esta moda sería un nuevo síntoma de colonialismo intelectual, donde muchos prefieren citar a un autor inglés, dejando de lado la recuperación de nuestros antecedentes latinoamericanos. Tampoco puedo descartar que eso tenga que ver con la manía académica asimilada en América Latina de citar textos en inglés, como demostración de pericia científica. No estamos frente a un problema con Harvey, sino ante una limitación en nosotros mismos, latinoamericanos. Es un colonialismo simpático, que pasa desapercibido porque está dentro de una crítica al capitalismo, pero de todos modos nos inspiramos, copiamos, repetimos o necesitamos la legitimación que irradia ese “norte”.

INSUFICIENCIAS. Mi segundo punto sí tiene que ver con los énfasis en los análisis de Harvey. Insisto en que muchas de sus tesis son compartibles al ofrecer un valioso instrumental para entender el capitalismo global. Pero la cuestión clave que se debe considerar es si esos aportes son suficientes para entender lo que sucede en América Latina, en nuestro continente, y en este preciso momento, a inicios del siglo XXI. Encuentro aquí cuatro limitaciones importantes.

La primera es que los abordajes del geógrafo británico discurren sobre todo en un alto nivel de abstracción, muy enfocados en la dinámica de un capitalismo planetario. Hay ejemplos locales y nacionales, pero no existe un análisis en profundidad de las formas de organización capitalista propias de América Latina. Sus estudios son tan abstractos que permiten una crítica radical al capitalismo como fenómeno global, pero no obligan a entrar en los detalles nacionales o latinoamericanos. ¿No estará aquí una de las razones por las cuales es citado e invitado por los gobiernos progresistas? Es que varios progresistas hacen justamente eso, cuestionan el capitalismo internacional, pero sin asumir las contradicciones en el propio capitalismo interno.

Un segundo problema es la limitada atención que Harvey brinda a la dimensión ecológica. No hay una naturaleza local, enraizada en territorios, sino una consideración abstracta del ambiente. Esto no es sorpresivo porque este autor ha tenido muchos problemas en asumir una dimensión ambiental. Pero si queremos llevar adelante una crítica latinoamericana al capitalismo, necesariamente debe incorporarse una dimensión ecológica, que incluya, tanto el papel de los recursos naturales como de concepciones tales como Pacha Mama, ayllu o territorios que cobijan la vida. Nuevamente, me pregunto si esta limitación no es una de las razones de la adhesión progresista a Harvey, ya que ofrece una vía para discursos radicales contra el capitalismo, pero sin atender las debacles ecológicas locales y territorializadas en cada país.

Un tercer punto se refiere a que en Harvey no se encontrará una delicada atención al mundo indígena. Su discurso está comprometido con sectores populares, por ejemplo, en ciudades del hemisferio norte, pero los saberes y sentires de los pueblos originarios casi no existen. No encuentro un lugar para el suma qamaña en Harvey, comenzando porque se entiende el valor de manera muy distinta. Otra vez más asoma una buena razón para las invitaciones progresistas, porque sus ideas permiten criticar al capitalismo salteándose las demandas indígenas.

Mi último punto es que las alternativas al capitalismo tienen un limitadísimo abordaje en Harvey. Parecería que cae en un pesimismo, donde el puntapié inicial de las salidas es solamente pasar del valor de cambio al valor de uso. Esto resulta muy parecido al discurso de varios gobernantes que dicen, por ejemplo, que tienen que seguir siendo extractivistas porque no hay alternativas al capitalismo global. En cambio, hay organizaciones ciudadanas que ya están explorando esas alternativas sustanciales.

Como puede verse en este brevísimo repaso, la obra de Harvey es buena para discutir el capitalismo globalizado, pero no obliga a abordar los impactos sociales, ambientales o económicos dentro de cada país, ni a dialogar con saberes indígenas. Es cómodo para gobiernos y académicos progresistas manejar a Harvey (y algo análogo sucede con Tony Negri), ya que les permite lanzar discursos anticapitalistas salteándose los temas espinosos, como las contradicciones alrededor del capital dentro del país.

Las ideas de Harvey (como la de otros autores) tienen muchos méritos, y es necesario rescatar aquellos que son importantes para nuestro propio debate. Como son posturas simpáticas, a veces resulta difícil reconocerle limitaciones. Pero cuando se cae en una “moda”, nos atamos a un colonialismo que es una barrera para un pensamiento propio y para explorar alternativas.

Para romper ese cerco, una mirada crítica en clave latinoamericana siempre debe estar anclada en las circunstancias nacionales y locales (tiene que ser enraizada), debe atender las implicancias ambientales (tiene ser que ecológica), obligatoriamente debe incorporar y dialogar con los pueblos originarios (tiene que ser intercultural), y debe alumbrar ideas y prácticas de alternativas al desarrollo (tiene que romper el cerco de la Modernidad).

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