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Salario, productividad y desarrollo

Salarios altos con baja productividad es una ecuación insostenible, que debe ser revisada con carácter de urgencia por todos los involucrados: empleadores, trabajadores y Estado.

La Razón (Edición Impresa) / Guillermo Pou Munt es licenciado en Administración de Empresas, empresario exportador.

00:00 / 21 de mayo de 2017

Es innegable el crecimiento de Bolivia durante los últimos años; todos hemos sido testigos de una expansión sin precedentes de la economía, de un aumento de la inversión pública y un incremento de los recursos disponibles para incidir de forma positiva en la vida de las personas por medio de bonos y otros instrumentos. Parte de estos cambios se han vinculado al salario, el cual se ha incrementado de forma geométrica, pasando, en el salario mínimo, de Bs 400 a Bs 2.000, con un aumento acumulado en el salario básico que supera el 50% en los pasados diez años.

Todos estos incrementos se han dado de la mano de una economía boyante, con un evidente exceso de liquidez, pero nunca se cuestionó a fondo la sostenibilidad de estos cambios en el tiempo. Salarios elevados con baja productividad, sumados a amplios beneficios sociales e impedimentos irracionales en la gestión de la relación laboral, han llevado a una situación insostenible para las pocas y mermadas empresas dedicadas a la actividad productiva, que han visto los años pasados incrementar sus ingresos, pero, al mismo tiempo, mermar de forma permanente sus márgenes, por el continuo aumento de los costos de la mano de obra de los salarios, los beneficios vinculados, la competencia desleal y tantas otras variables que ocasionaron que lo que pudo ser una década de oro para muchas empresas solo haya sido un periodo de incremento en su actividad.

El país enfrenta una encrucijada en la que los salarios, utilizados como medio de redistribución de la riqueza, dejaron de lado su función retributiva por un esfuerzo calificado, para concentrarse en restar las supuestas ganancias a favor de los trabajadores, sin ninguna consideración sobre el vínculo entre esta retribución y lo que finalmente se produce. La ausencia de una política salarial y la total falta de consideración sobre la productividad han llevado a que en los últimos años las empresas productoras (sea que se dediquen a los mercados locales, a los internacionales o a ambos) lleguen a esta etapa de contracción debilitadas, con menos recursos, habiendo perdido la oportunidad de reducir sus pasivos o realizar nuevas inversiones.

Un periodo de restricciones que encuentra a un sector productivo mermado, y a un país con la agenda pendiente con relación a su desarrollo sostenible. Crecimos, sí; pero ¿cómo mantener los beneficios de ese crecimiento de la mano de una dependencia a ultranza de la producción y exportación de materias primas, que evidentemente son una oportunidad que debe ser desarrollada y aprovechada, pero más allá de esto, demanda la construcción de una industria de valor agregado sostenible y competitiva?

De alguna forma, toda la consideración sobre la variable trabajo se ha reducido al salario, el cual se incrementa de forma inconsulta y desconsiderada de la realidad de los sectores, y al que se suman beneficios crecientes que deben ser atendidos por los empleadores, cuando en muchos casos se trata de responsabilidades que debían ser asumidas por el Estado.

Este exceso de presión, que se ha vuelto insostenible, no ha tenido en cuenta la ecuación completa; la necesidad de fortalecer a las empresas en esos momentos en que se contaba con recursos fue dejada de lado a favor de beneficios agregados, como es el caso del segundo aguinaldo; la liquidez fue puesta en permanente cuestión por políticas como el retroactivo, que inciden negativamente en la posición de las empresas; todo esto en un entorno en el cual la productividad del país se mantiene como hace 20 años, pero en el que el salario ya cerró la brecha con los países vecinos, por lo menos en lo que al mínimo nacional se refiere.

Salarios altos con baja productividad: el resultado es pocas industrias, dificultades para la inversión en el sector productivo y un empleo que sufre el espejismo de las tasas de ocupación elevadas, siendo que más del 80% del trabajo calificado como tal es informal y, en la mayoría de los casos, por cuenta propia. Esta realidad nos debe llevar a reflexionar sobre los nuevos desafíos que debemos encarar para lograr que todo aquello que se ha conseguido en los últimos años sea sostenible, con un vuelco hacia la inversión y el desarrollo industrial.

Los salarios no se pueden reducir, es evidente; pero no es posible sostener los puestos de trabajo que los cubren si es que no se toman medidas que permitan fortalecer lo existente, hacer que crezca, incentivar el desarrollo de nuevas industrias y la formalización de la economía. 

El desarrollo es una compleja ecuación que se resuelve en el largo plazo, pero que se decide en el corto y mediano plazo, a partir de las políticas públicas que se asumen con relación a cuestiones fundamentales, cabalmente como el salario, pero además, los tributos, la logística y otra cantidad de variables que de no ser consideradas hacen insostenibles los niveles salariales consolidados con baja productividad.

Es tiempo de un nuevo tiempo, es el momento propicio para asumir el desafío de incorporar la productividad en los criterios de la política económica del país, de cerrar la brecha de salarios irracionalmente altos debido a que la producción vinculada es baja, de generar condiciones para la sostenibilidad de largo plazo, no solo de los salarios y, por ende, de los puestos formales de trabajo, sino también para su expansión e incremento.

Es necesario asumir las medidas que tengan un impacto cualitativo en el desarrollo del país, tornando el mismo sostenible, fundamentado en valor agregado, en salarios que compensan una producción creciente, con una productividad efectiva, en un entorno que es propicio para la inversión en actividades productivas, para asumir riesgos a favor del país, con empresas que no enfrentan la burocracia, la ineficiencia, los costos adicionales generados por entorno de políticas e instituciones públicas que entorpecen la expansión de la economía en un sentido cualitativo.

Es tiempo de sentarse a concretar las líneas de una política económica que considere las necesidades de las empresas, el equilibrio entre salario y productividad, la racionalidad tributaria frente a los ingresos del Estado, la inversión pública frente a la mejora de la logística, los intereses bajos frente a un acceso real para la inversión, la protección de los mercados internos y el acceso a los mercados internacionales frente a los incentivos para el desarrollo industrial.

Salarios altos con baja productividad es una ecuación insostenible, que debe ser revisada con carácter de urgencia por todos los involucrados: empleadores, trabajadores y Estado.

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