Animal Político

La era de Saturno

Los jóvenes tienen claro que ha habido una generación tapón que les ha impedido el paso. Es la generación de los padres os-curos, inoperantes e irresponsables que sólo saben mirarse el ombligo.

La Razón / Jesús Ferrero

00:03 / 11 de agosto de 2013

Europa, la cultura que lleva tras ella siglos de humanismo, ha decidido, a través de sus grandes familias y sus corporaciones más homicidas, aniquilar en primer lugar a la clase media (garante de la democracia y la libertad salvo cuando la desesperación la tuerce), y en segundo lugar a sus jóvenes.

Ahora mismo la consigna es acabar con el pasado, desarticulando la memoria y destruyendo de un plumazo la industria del libro (Fahrenheith 451), además de acabar con el futuro cerrándole todas las puertas a los jóvenes: queda el presente, reducido a su mínima esencia ante la apuesta por una economía salvaje que nos retrotrae a las peores fases del capitalismo del siglo XIX, cuando los niños y los caballos se quedaban ciegos en las minas de Gales, a fuerza de no ver la luz del día. ¿Y creen los ingenuos que esto se va a resolver sin conflagraciones que bien podrían estar dirigidas por las ideologías más extremas?

Se suele decir que nuestra Guerra Civil la provocaron los extremos, pero conviene preguntarse quién los generó y por qué aparecieron. Si uno mira el pasado y el presente con un poco de atención, observará que los extremismos, lejos de surgir en las calles, suelen empezar en la cúspide del poder, por eso en Bruselas llevan bastante tiempo actuando como una organización mucho más extrema y radical que los que gritan en las calles de casi todas las capitales de Europa.

Y mientras tanto los jóvenes, ¿qué? De momento, además de indignarse santamente, hablan entre ellos y comentan la situación en bares y tabernas que antes despreciaban y a los que ahora acuden con los bolsillos casi vacíos mendigando un vino o una tapa. Resulta inquietante escuchar su discurso: tienen la certeza de que todo se va a ir al carajo: la industria de la cultura, la enseñanza pública, la seguridad social, los valores en los que se ha asentado la cultura occidental, el arte, las relaciones amorosas y sociales, y todos los pilares que han sostenido nuestra siempre dudosa e hipotética libertad de acción y de opinión. Además tienen muy claro que ha habido una generación tapón que tanto en la política, como en las finanzas y la cultura les ha impedido sistemáticamente el paso. ¿Están los jóvenes ante una generación de padres saturninos y devoradores de hijos?

Recuerdo cuando en mi época juvenil esperábamos danzando en las playas de Formentera el advenimiento de la era Acuario, que lo iba a fundir todo en un arrebato de amor universal. No sabíamos que lo que en realidad estaba a punto de llegar era la era de Saturno, la era de los padres oscuros, inoperantes e irresponsables que sólo saben mirarse el propio ombligo.

¿Hay una generación que lleva 40 años desnortada, que ha descuidado inmensamente las responsabilidades sociales y el amor a los hijos, y que los ha educado en la ignorancia de la realidad? ¿Una generación que se empeña en aniquilar el futuro y reducir a los jóvenes, llenos de ideas y de fiebre creadora, a la angustia y a la indignación? Curiosamente, estas preguntas se las hacen tanto los jóvenes de izquierdas como los de derechas: los he escuchado a todos y sé de qué hablo.

¿Las últimas generaciones occidentales están encarnando el mito fundacional del universo transmitido por Hesíodo? Es sabido que Urano, el Cielo, escondió a sus hijos en el Tártaro para que no vieran la luz y no pudieran usurparle el poder. Ante semejante actitud negadora del futuro, su esposa Gea (la Tierra) ayudó a su hijo Cronos (Saturno en la cultura romana) para que castrara a Urano con una hoz. Ya en el poder, Cronos adoptó curiosamente la misma conducta homicida de su padre, y devoraba a sus propios hijos cuando nacían, hasta que una vez más la divinidad femenina Rea (esposa de Cronos) tuvo que ayudar a su hijo Zeus para doblegar al padre caníbal, y sustituirlo en el poder.

Los representantes de la generación tapón tuvieron que doblegar a sus padres (a menudo con la complicidad de la madre) para poder respirar, siguiendo el ejemplo de Cronos, pero más tarde esa misma generación empezó a cerrarles las puertas a sus sucesores, llegando a la situación presente. ¿Tendrá que ser una vez más la alianza de madres e hijos la encargada de sacarnos de la era de Saturno?

El Tiempo (Saturno) no puede sabotearse a sí mismo, aniquilando la posibilidad de su propia sucesión, devorando su propio porvenir y conduciéndolo a las oscuridades del Tártaro. El Tiempo no puede aniquilar al Tiempo. Si es verdad que el cristianismo ha sido la religión del hijo por encima de la religión del padre, y los occidentales, cristianos o no, tenemos ese mito y otros bien incrustados en nuestras cabezas, quizá está a punto de llegar el momento en que las mujeres y los jóvenes le planten cara a Saturno y nos libren de su sombrío poder, que sólo conduce a la angustia general.

Los griegos ya nos avisaron desde sus mitos fundacionales, pero pongamos las cosas en su lugar. ¿Quiénes, de esa presunta generación obstructora, están cerrando el paso a los jóvenes y a los demás? ¿Todos? En cierto modo, sí, al menos ésa es mi opinión, si bien se podría recurrir a explicaciones más relativas. Hace casi 25 años, Eduardo Haro Tecglen publicó en este mismo periódico un célebre artículo titulado La generación bífida, que comenzaba así: “La punta de la generación de quienes están por los 40 años —algo más, algo menos— se bifurca. Unos llegan al poder, otros a la muerte”. Más adelante dice que la diferencia entre unos y otros es demasiado grande, y que mientras unos usan Visa Oro, otros vagan por los centros sanitarios pidiendo ayuda. Como en aquel momento yo rondaba la cuarentena puedo suponer que estaba hablando de mi generación, y su fórmula sigue válida, pero sólo hasta cierto punto, porque veamos, ¿aquí sólo son deleznables los de la Visa Oro?

Es evidente que tanto los que engañaron y mandaron como los que se dejaron engañar y obedecieron tienen su responsabilidad: la famosa complicidad entre la víctima y el verdugo. Y es que esa generación bífida, desde hace tiempo en el poder, es la que creó la burbuja inmobiliaria y el sistema de hipotecas, en la que unos estafaron y otros se dejaron estafar; la que creó la televisión basura y muchos otros desperdicios; la que ha querido prolongar su adolescencia hasta los cincuenta años; la que ha bloqueado el futuro; y la generación también de las madres pluriempleadas y los padres impresentables, siempre en busca de mujeres más jóvenes por miedo a mirarse a sí mismos. Es como si en vez de buscar mujeres sin más buscasen enfermeras. Tendrían que releer El sí de las niñas (obra de teatro) todos los que tan fácilmente renuncian a los hijos de las primeras nupcias como hacían los antiguos macedonios, que tenían por costumbre asesinar a los vástagos del primer matrimonio. Tal iba a ser el destino de Alejandro Magno, hijo del primer matrimonio de Filipo. ¿Cómo resolvieron el problema Alejandro y su madre Olimpia? Pues pasando a la acción y adelantándose a sus enemigos. La alianza entre madre e hijo fue también muy común en Roma. Ya lo decían los antropólogos de finales del XIX: el amor paterno siempre ha sido tan dudoso como hipotético.

Ay, Zeus mío, quizá la era de Saturno comenzó hace bastante tiempo y ahora estamos en su apoteosis. Que no se duerman los jóvenes, y sobre todo que no se duerman sus madres. La alianza de ambos, tan presente en los mitos griegos, podría ser la única solución al marasmo. La mitología griega así lo supo ver desde el principio, y hay verdades que tienen todo el aire de ser eternas.

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