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Siria y la bipolaridad de Rusia y EEUU

No hay duda de que la propuesta rusa de llevar el armamento químico de Siria a control de las Naciones Unidas y a su desmantelamiento asistido es un claro ‘espaldarazo’ al régimen sirio de Al Asad.

La Razón / Hugo Siles Núñez del Prado

00:00 / 22 de septiembre de 2013

La amenaza de intervención militar de Estados Unidos y sus aliados sobre Siria es probable, en respuesta a una supuesta utilización de armas químicas sobre la población civil atribuida al gobierno de Bachar Al Asad. El hecho, si bien fue confirmado y certificado por las Naciones Unidas, no necesariamente revela la autoría, aunque por el grado de violencia y crudeza alcanzada en la guerra civil, es probable que el ataque químico haya sido perpetrado por los “rebeldes”, ya que la facción más poderosa de la oposición armada a Al Asad es el grupo Al Nusrah, un desprendimiento nada más ni nada menos que de Al Qaeda, grupo de integrismo islámico de expresión terrorista, conocido por sus acciones extremistas.

Frente al inminente anuncio de intervención unilateral de Estados Unidos, expresado por el mismo presidente Barack Obama, resultaron múltiples reacciones de la comunidad internacional, principalmente de rechazo y condena, incluso con el desmarque inédito de Gran Bretaña, incondicional aliado de Washington.

El conflicto interno sirio data de 2011 y ya cobró miles de víctimas y refugiados, aún sin la utilización de armas no convencionales químicas. Estas muertes no generaron la reacción norteamericana como en las últimas semanas.

A diferencia de otras intervenciones y agresiones estadounidenses como en Irak, Afganistán y Libia, en la actualidad a la Casa Blanca no le ha sido nada fácil obtener apoyo internacional, ya que desde el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, Rusia y China establecieron posiciones muy distantes frente a Washington, virtualmente bloqueando la autorización para el uso de la fuerza sobre Siria.

La intervención militar proyectada sobre Siria llevaría a ataques de los rebeldes para derrocar al régimen autoritario de Al Asad y así ocupar su lugar, hecho que, sin duda, profundizaría el conflicto, extendiendo la amenaza y la violencia en el ámbito regional hacia el Líbano, Israel, Turquía, Jordania, Irak e Irán, este último fiel aliado de Damasco y en contraposición evidente a Estados Unidos por el desarrollo de su programa nuclear.

Sin embargo, mientras Washington establecía la cuenta regresiva para la intervención y realizaba una cruzada diplomática a la cabeza de su secretario de Estado, John Kerry, en busca de apoyo de sus aliados y el Congreso de su país, quería el respaldo y “consenso” bipartidista. En menos de 48 horas la otrora ex Unión Soviética, hoy Rusia, fiel al juego del equilibrio en la seguridad internacional de la Guerra Fría, dejó en un claro off side a Estados Unidos, preservando con su propuesta —aceptada por el régimen de Al Asad en Siria— el puerto de Tartus sobre el Mediterráneo, posición estratégica rusa que no se resigna a perder, por las nuevas “aventuras bélicas” de Washington y el influyente conglomerado militar de ese país.

No hay duda de que la propuesta rusa de llevar al armamento químico de Siria a control de las Naciones Unidas y a su desmantelamiento asistido es un claro “espaldarazo” al régimen de Al Asad, que activa los dispositivos de la diplomacia frente al plan interventor norteamericano que desde 2003 busca consolidar un “nuevo Oriente Medio”, además de desaparecer a Siria. Desde los imperativos geoestratégicos de Estados Unidos el desarrollo del conflicto sirio está muy cerca de desmembrar y desaparecer a Siria como Estado en líneas similares a las de Irak post Sadam Hussein, país sumergido en luchas sectarias que podrían  traducirse en su desintegración territorial. Por ejemplo, están los kurdos sirios en una autonomía de facto, apoyados por sus hermanos del Kurdistán iraquí y que, aprovechando el caos de Siria, ya controlan las zonas en las que habitan. Por otro lado están los alauitas, que representan un poco más del 10% de la población y se independizarían si el régimen de Al Asad cae, por temor a las represalias de los “rebeldes”, estableciendo un Estado en una parte de los territorios de las provincias costeras sirias de Latakia y Tartus, hoy de gran interés de Rusia por  la salida a un mar cálido como el Mediterráneo.

El plan norteamericano de un “Nuevo Oriente Medio” con Siria debilitada y sin salida al mar facilitaría  los intereses estadounidenses en la zona, privando a Rusia de uno de sus mayores aliados en la región y dejando libre el camino a Washington para controlar los recientes e importantes yacimientos gasíferos encontrados en el litoral marítimo sirio del Mediterráneo.

En este contexto y frente a los escenarios posibles que enfrenta Siria, la comunidad internacional representada desde diferentes continentes ha expresado casi de forma generalizada el rechazo a la intervención militar, desconfiando incluso de las afirmaciones de Washington en el sentido de operar bajo la “ayuda humanitaria”. En América Latina, los países de la región, desde el ámbito multilateral de Unasur y el Mercosur, han reprobado y rechazado cualquier acción de intervención militar sobre Siria.

Finalmente, la propuesta rusa ha recordado los “tiempos de la Guerra Fría” y el “equilibrio bipolar” en la apertura de una salida pacífica y controlada del conflicto, que hoy discuten, gestionan y negocian los máximos representantes de la diplomacia ruso-norteamericana en un virtual alejamiento de  los tambores de guerra unilaterales anunciados por Washington y que claramente pusieron al descubierto los intereses geopolíticos y geoestratégicos en el control de los recursos críticos existentes. Estos acontecimientos definitivamente alejaron y sacaron de la escena a las auténticas “rebeliones y manifestaciones árabes” de cambio, apertura y reformas en los regímenes  que ostentan dictaduras hace décadas como el caso sirio, y donde las disputas de poder, representadas en la actual cruenta guerra civil, sólo sirven de plataforma en la proyección de los intereses de las potencias sobre la conflictuada región de Oriente Medio.

Es internacionalista y politólogo

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