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Siria: las raíces

Estados Unidos está empeñado en cambiar el régimen de Siria. El jueves, en ocasión de la visita del Primer Ministro de Turquía, Barack Obama dijo que hay que “preparar una transición hacia un gobierno representativo” en aquel país. Rusia todavía respalda el gobierno de Al Asad.

La Razón / Yassin Shehat

00:00 / 19 de mayo de 2013

De color rojo sangre... Así es como se ven tanto el presente como el futuro, inmediato y lejano, de Siria. El país vive una turbulencia continua de dolor y sacrificio desde los primeros momentos del levantamiento popular contra la dictadura de Bashar al Asad, a mediados de marzo de 2011, y hoy, más de dos años después, hay que hablar de unos 100.000 fallecidos, dos millones largos de desplazados internos y externos, decenas de aldeas y barrios arrasados por efecto de la artillería y los bombardeos aéreos. En definitiva, un país hecho trizas ante la completa pasividad de la comunidad internacional.

Es cierto que ningún conocedor del escenario sirio podía no prever una respuesta tan brutal por parte del régimen a un levantamiento popular que comenzó siendo pacífico y que más tarde fue armándose gradualmente como respuesta a la violencia extrema de los aparatos de represión oficiales, pero es muy difícil creer que alguien se imaginaba que se llegaría a un grado de sed destructora suicida para el propio gobierno.

La trayectoria del sistema de los Asad —desde su momento fundacional en otoño de 1970 a raíz de un golpe de Estado lanzado por Hafez al Asad, por aquel entonces ministro de Defensa, contra sus propios compañeros del partido Baaz— es la historia de uno de los regímenes más brutos y despiadados de aquella zona del mundo. La Siria de Asad padre fue un férreo estado policial desde el minuto uno, pero la contundencia militar contra el levantamiento de los Hermanos Musulmanes, a principios de la década de los 80, fue la oportunidad dorada para acabar de aplastar todo tipo de disidencia en el país, ya sea con cárcel, exilio forzoso o incluso el asesinato. A partir de ahí, el culto obsesivamente forzoso al líder se convirtió en una suerte de religión oficial que contaba con su “policía de la moral”, formada por cuatro principales aparatos de seguridad del Estado que no escatimaban en medios y métodos para ejercer todo tipo de brutalidad real o simbólica. Los espacios públicos eran plazas para todo tipo de estatuas y fotos del líder, y el lenguaje público era el de la obediencia absoluta a sus órdenes. Por supuesto, ni hablar de política, y la cultura permitida era la más alejada del tratamiento de los asuntos “mundanos”, o bien expresiones artísticas de admiración y amor al “constructor de la nueva Siria”.

Ante este panorama, tan brutalmente amansado en el interior como cómplice absoluto desde el exterior, Hafez al Asad decide dejar de lado el disfraz republicano de su tiranía y prepara a Basel, su hijo primogénito, como sucesor en la cabeza del régimen, pero un accidente de tráfico a principios de 1994 acaba con la vida del heredero y obliga a traer de vuelta desde Londres a Bashar, el prácticamente desconocido segundo hijo del tirano, que se encontraba en Reino Unido estudiando la especialidad de Oftalmología. El heredero fue reconocido enseguida internacionalmente y visitaba diversos países árabes y europeos recibiendo honores de Jefe de Estado con su padre todavía con vida. La transición tras la muerte de Asad padre, en junio de 2000, fue, gracias a esa complicidad internacional con los planes de pasar un país entero como herencia, insultantemente fácil para Bashar al Asad, que aquella vez sólo contaba con 34 años.

No faltaron las promesas de apertura política y las palabras bonitas sobre el horizonte democrático de Siria en la toma de posesión del heredero, pero esas palabras pronto se las llevó el viento a la cárcel; volvió la represión y el ahogamiento del espacio público con mensaje y lenguaje de adoración a padre e hijo, y lo único que cambió en el comportamiento fue en la argumentación de la tiranía en el mensaje público del régimen, desde el panarabismo a un eje “resistente” con Irán y sus aliados regionales, pero el cambio más profundo sería otro.

La tiranía de Hafez al Asad cargó a Siria con una estructura de Estado anquilosada y corrupta, con el empleo público como método para ejercer una labor social de Estado muy mermada por la corrupción y la pésima administración. La era de Bashar al Asad fue, claramente, el momento en que los hijos recojan lo que los padres sembraron. Así, y con sumo descaro, aparecieron decenas de hijos de altos cargos jugando el rol de “jóvenes emprendedores” con los bolsillos llenos, y el Estado se convirtió en mero legislador de monopolios de facto que se fueron repartiendo. El caso más sangrante es el de Rami Makhlouf, primo del actual Presidente e hijo de un oficial muy mimado por la familia presidencial en su tiempo. Makhlouf presumió en repetidas ocasiones de que controlaba, directa o indirectamente, el 60% de la economía nacional. Todo esto en un Estado que seguía definiéndose cínicamente como “socialista”.

Este aperturismo económico, plagado de privatizaciones encubiertas a medida de los clanes del régimen, junto con el esfuerzo de acabar con la, ya de por sí mermada, función social del Estado —ya sea quitando subvenciones a los precios de materias básicas como cerrando cada vez más la puerta del empleo público—  empobreció aun más a la población, y a marchas forzadas, los porcentajes de paro (sobre todo juvenil) se dispararon, y la masa popular bajo los umbrales de pobreza iba creciendo más y más cada año. Las infraviviendas en Siria crecieron el 220% en apenas una década, llevando a que más de la mitad de los sirios viva en barrios “ilegales” en los cinturones de pobreza de las grandes ciudades.

Como si no fuera poco, una ola de sequía, unida a la pésima política agraria llevada a cabo por el Estado, condenó al éxodo económico a cientos de miles de habitantes de la zona noreste de Siria, que pasaron a engordar los cinturones de pobreza alrededor de Damasco y Alepo. Fue el anticipo del gran éxodo que hoy vivimos.

Con esta situación, con una tiranía absolutista en lo político, y un expolio a favor de los clanes del poder en lo económico, y un empobrecimiento de crecimiento cancerígeno en los social, llegó el levantamiento popular tunecino en los últimos días de 2010, que fue el pistoletazo de salida para las revueltas árabes que todavía continúan. El régimen, entonces, se sentía seguro gracias a su poder de represión y su reciente victoria política en el Líbano, el país vecino convertido en tablero regional de ajedrez, y por ello se permitió actos muy provocadores como la detención de varios adolescentes en Deraa por escribir en las paredes eslóganes del levantamiento egipcio, o mandar de decenas de matones a darle una paliza a familiares de presos políticos que se concentraron ante el Ministerio del Interior intentando entregar un escrito que exigía más derechos para los suyos. Ni en las peores pesadillas del régimen se podía imaginar que Siria dejaría de ser, en pocas semanas, un Reino del Silencio, tal como profetizó el histórico líder opositor Riad al Turk a principios de 2011.

Así fue el comienzo de una revuelta popular y la pataleta final de una tiranía.. ambas siguen luchando encarnizadamente a vida o muerte.

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