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Subirse al tren de la OEA o redirigir el balance con la Celac

Contrastando a una OEA institucional y normativamente robusta e impulsada por el hegemón mundial, pero carente de credibilidad y pobre en la eficiencia de sus resultados, está una naciente Celac que goza de un vigor renovado y es depositaria de la confianza de los gobiernos, pero que adolece de músculo institucional.

La Razón (Edición Impresa) / Sergio Alberto Fernández es abogado y diplomático

21:29 / 08 de febrero de 2016

La teoría del balance del poder sugiere que si un Estado acumula mucho poder como para dominar a los demás, los demás países tenderán a formar alianzas, y que si existiera una amenaza externa significativa, estas alianzas desembocarán en una política de “subirse al tren”, es decir, alinearse en la misma causa u optarán por “redirigir el balance”. Esto último es naturalmente asociarse con otros Estados en contra de la amenaza mayor. Después de la II Guerra Mundial y durante la Guerra Fría, el espíritu panamericanista que desde 1890 se incubó hasta motivar la creación de la Organización de los Estados Americanos (OEA) en 1948, se revistió de intereses geopolíticos que empujó a sus entonces 21 Estados miembros a “subirse al tren” conducido por y desde Washington D.C. y en contra de la amenaza mayor que significó la Unión Soviética.

En efecto, la OEA representaba una respuesta a las dificultades que representaba el nuevo orden mundial establecido después de la derrota de la Alemania nazi. Recordemos que la Sociedad de Naciones creada en 1919 tuvo una estructura de adopción de resoluciones y recomendaciones muy compleja, ya que las mismas debían tomarse por unanimidad y cada Estado tenía derecho a un voto; es decir, cada uno de los miembros tenía derecho a veto. Ello, sumado a la falta de un órgano coercitivo y la ausencia de Estados importantes en su configuración, como, por ejemplo, Alemania, la Unión Soviética y Estados Unidos. Por ello culminó en el naufragio de la organización. Su sucesora, la Organización de las Naciones Unidas (ONU), superaría estos óbices y, a través de su flamante Consejo de Seguridad, llevaría la batuta de la gobernanza global. Empero, ante una Unión Soviética que no solo salía de un cordón sanitario anticomunista y se unía al concierto mundial, sino que cobraba un rol protagónico y totalmente antagónico a sus exaliados de occidente, obligó a Estados Unidos a repeler a los bolcheviques fuera de Europa occidental. Sin embargo, la influencia del Kremlin permeaba todos los niveles de gobierno y en todas las latitudes del planeta, y es así como la OEA representaba una pequeña ONU de las Américas en la que la primacía de Estados Unidos no podría ser desafiada.  

Con una estructura por diseño comandada por norteamericanos en áreas estratégicas (como la Junta Interamericana de Defensa o el Departamento de Asuntos Económicos) pero siempre con un rostro latinoamericano en la Secretaría General, la OEA ha empleado la diplomacia multilateral para lograr dos propósitos fundamentales: atender los asuntos continentales a la vez que mantener alineados a todos los miembros en la órbita de la Casa Blanca, pero claro, siempre con este segundo propósito como prioritario. Muestra de ello es cómo después de que Chile desvió unilateralmente las aguas del río Lauca el 14 de abril de 1962 y Bolivia denunció este hecho ante la Organización, logró por unanimidad la aprobación de la Resolución de 24 de mayo del mismo año pero que probó ser totalmente ineficiente en su cumplimiento. Después de casi cuatro meses de inacción de la OEA, Bolivia suspende su participación pero en octubre, durante el incidente de la Crisis de los Misiles rusos en Cuba, todo el andamiaje panamericano se puso   a mil por hora para atender esta situación que incluso devolvió al representante boliviano de entonces, Emilio Sarmiento, de vuelta a su asiento en el Consejo de la OEA. 54 años después y el asunto del Lauca permanece tan archivado como el resto de la historia de resultados palpables de la Organización.

Con el fin de la Guerra Fría, un mundo unipolar con varios coágulos de poder, más una paupérrima administración como fue la de José Miguel Insulza, misma a la que el Comité de Relaciones Exteriores del Senado estadounidense le atribuyó “carencia de una visión estratégica […], desgano para tomar complejas decisiones financieras y políticas caprichosas de selección de personal”, y otras pobres actuaciones en crisis políticas como el derrocamiento de los expresidentes Manuel Zelaya de Honduras (2009) y Fernando Lugo en Paraguay (2012), la OEA se ha convertido en un muerto viviente que ahora solo sirve parcialmente a su segundo propósito. Este giro de timón post Guerra Fría y la coyuntura actual también trajo un interesante fenómeno: bajarse del tren, el aislamiento multilateral y redirigir el balance. La Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) fue una primera experiencia de alianza regional paralela a la OEA que además de buscar un espacio regional integrado y foro político, sirvió a los intereses geopolíticos de Brasil de aislar a México y utilizar a la región de pívot para convertirse en el líder indiscutible de América Latina.

La más reciente experiencia es la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), que dio un paso adelante al convertirse en un leviatán que engulló a un mecanismo político con más de 30 años como fue del Mecanismo Permanente de Consulta y Concertación Política (Grupo de Río), un foro itinerante de amplia cobertura regional como fue la Cumbre de América Latina y el Caribe (CALC) que engloba a 33 Estados, 600 millones de habitantes y más de 20 km2 y que tiene a dos bocadillos en el menú de la integración económica: la Asociación Latinoamericana de Integración (Aladi) y al Sistema Económico Latinoamericano y del Caribe (Sela). Al igual que con Unasur, este nuevo bloque tiene un propósito subyacente geopolítico como es el de aislar a Estados Unidos (y Canadá) para que su otrora patio trasero se baje del tren e intente redirigir el balance de poder.

Se trata sin duda de un ambicioso propósito en el que curiosamente Chile es uno de los actores que más protagonismo ha cobrado. Esto debido a que Santiago acogió la I Cumbre de la Celac en enero de 2013, y su reciente, cuestionable pero muy conveniente apoyo a la candidatura de Honduras a la presidencia del bloque en 2017 presentada en Quito en enero de este año, en clara oposición a la candidatura de Bolivia. No es de sorprenderse ya que si algo meritorio tiene el legado de la OEA ha sido el vasto apoyo multilateral que el tema marítimo ha recibido desde 1979 con 11 resoluciones favorables a la causa boliviana. Ante ello y sin un hermano mayor, Chile se convierte en un arquero que deberá tapar múltiples tiros penales disparados por Bolivia.

Contrastando a una OEA institucional y normativamente robusta e impulsada por el hegemón mundial, pero carente de credibilidad, voluntad política de sus Estados miembros y muy pobre en la eficiencia de sus resultados, con una naciente Celac que goza de un vigor renovado y es depositaria de la confianza de los gobiernos, pero que adolece de músculo institucional, está en gestación y no tiene un promotor que haga las veces de hermano mayor, se pone en duda no solamente cuál de los dos bloques será el supérstite en el hemisferio, sino si verdaderamente existe una relación costo-beneficio favorable a los intereses de la región.

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