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Sucre: ¡un hombre excepcional!

Una de las más grandes contribuciones de Sucre a la humanidad, la menos conocida, es ser el precursor del Derecho Internacional Humanitario. Los tratados de Armisticio y Regularización de la Guerra, firmados por Bolívar (Gran Colombia) y Morillo (España) en 1820, emergieron de su pluma.

Antonio José de Sucre

Antonio José de Sucre

La Razón (Edición Impresa) / Orlando Rincones es investigador en historia; autor del libro ‘Ayacucho y la independencia del Alto Perú’.

00:00 / 12 de febrero de 2017

A 222 años de su nacimiento, escribir sobre la vida y obra de Antonio José de Sucre resulta una empresa complicada no porque no exista información, de hecho la hay y en forma abundante; el problema es que se ha escrito tanto sobre su vida que resulta muy difícil encontrar un campo de su polifacética personalidad que no haya sido explorado ya.

En el ámbito latinoamericano, y fuera de él, son muchos y muy eminentes los autores que han dedicado grandes y maravillosas obras a la memoria del Gran Mariscal de Ayacucho, empezando por el propio Libertador Simón Bolívar con su Resumen sucinto de la Vida del General Sucre (1825), continuando con genios de la talla de Laureano Villanueva, Rumazo González, John P. Hoover, Wolfram Dietrich, Ángel Grisanti, Rafael Ramón Castellanos, J.A. Cova, Juan Oropeza, Guillermo Sherwell, Ramón Rocha Monroy, José Pereira Claure, William Lee Lofstrom, Rey de Castro y Vicuña Mackenna, entre muchos, muchos otros.

El prócer más completo y cabal de la independencia americana vino al mundo el 3 de febrero de 1795, en la oriental provincia venezolana de Cumaná; lo hace en el seno de una familia aristocrática y de gran tradición militar, los Sucre-Alcalá, quienes encabezados por Don Vicente Sucre y Urbaneja, padre del futuro héroe de Ayacucho, brindaron un invalorable y desgarrador aporte a la emancipación de Venezuela y del continente.

La vida de Sucre fue un arduo y constante batallar. Siempre rodeado de dificultades y obstáculos que parecían insuperables, su envidiable talento, combinado con una mezcla extraordinaria de disciplina, constancia, rectitud, lealtad, valor, astucia, hidalguía y una inagotable capacidad de trabajo, le permitieron salir airoso en medio de las más grandes tempestades.

Habiendo perdido a temprana edad la compañía y el amor de su madre, María Manuela de Alcalá, Sucre abraza precozmente la carrera de las armas. En carta a Bolívar, fechada el 20 de septiembre de 1826, en Chuquisaca, le recuerda: “Usted sabe que yo, de 15 años, he tomado las armas”. Sucre resignará parte de su niñez y adolescencia —y su juventud entera— a la noble causa de la independencia americana.

Poco antes del estallido de la revolución de abril en Venezuela, Sucre es enviado a la ciudad de Caracas (1808) junto a su padrino, el canónigo Mercedario Don José Domingo de Alcalá, para recibir una educación más formal. Inicia estudios de aritmética, álgebra, topografía, dibujo lineal, geometría y construcción civil en la Escuela de Ingeniería Militar del coronel  español José Mires, conocimientos que le serán de gran utilidad en sus futuras campañas militares.

En apenas 20 años de meteórica carrera militar, Sucre obtuvo las más altas distinciones y grados a los que podía aspirar un oficial del ejército: de Teniente de Milicias Regladas de Infantería (Cumaná, 1810) a Gran Mariscal (Lima, 1825), incluyendo, por supuesto, el grado de General en Jefe del Ejército Unido Libertador en 1824.

En el terreno político, Sucre exhibe también una hoja de servicios difícil de igualar: Diputado y Senador de Colombia (1819 y 1822), Intendente del Departamento de Quito (1822), Presidente Constitucional de Bolivia (1826-1828) y, en 1830, el postrero año de su luminosa existencia, Presidente del Congreso Admirable, el último de la Gran Colombia.

La diplomacia fue también su campo de acción particular. En este terreno, Sucre estuvo envestido de facultades extraordinarias (a nivel de Plenipotenciario de Colombia) ante los gobiernos de Guayaquil, Perú, Chile y Buenos Aires (1821-1823). Todas las tareas y los compromisos derivados de tan delicada responsabilidad fueron cumplidos con la descollante eficiencia y la sutil delicadeza que caracterizaron siempre el accionar del héroe cumanés.

Fiel a los más sólidos principios republicanos, Sucre impulsa la libertad de opinión y la confrontación de las ideas a través del periodismo. En Quito (1823) funda el primer periódico republicano del Ecuador, El Monitor, y en Bolivia hace lo propio a través de El Cóndor (1825), primer periódico de nuestro país. Esta vocación por informar coloca a Sucre como indiscutible precursor del periodismo continental.

El apego de Sucre a las leyes y a la justicia lo llevaron a crear —e instalar— la Corte Suprema de Justicia de Cuenca-Ecuador (1822) y la Corte Superior de Justicia de Bolivia (1826).

Pero una de las más grandes contribuciones de Sucre a la humanidad, y de seguro la menos conocida, es la de ser el precursor del Derecho Internacional Humanitario. Los términos y condiciones de los tratados de Armisticio y Regularización de la Guerra, firmados por Bolívar y Morillo en 1820, emergieron de la pluma y del preclaro corazón del joven prócer venezolano.

Sin embargo, nunca se manifestó Sucre tan valeroso y magnánimo como en Ayacucho, campo glorioso e inmortal donde su espada selló para siempre la independencia americana. La generosa capitulación concedida por Sucre al derrotado Ejército Real del Perú constituye la más grande muestra de humanismo y consideración que recuerde la historia militar del Nuevo Mundo.

En lo personal, Sucre nunca ambicionó nada para sí mismo. Los premios materiales que recibió por sus destacados servicios en la revolución americana los entregó a las viudas y a los huérfanos que dejó la guerra, en uno y otro bando. Las condecoraciones militares que recordaban sus resonantes triunfos las usó muy poco, y solo con el consentimiento de Bolívar, mientras que otros premios recibidos, desde coronas de oro hasta flamantes cabalgaduras, los cedió a sus subordinados.

Después de una intachable gestión política y administrativa en Bolivia, Sucre sale del país en 1828, “llevando la señal de la ingratitud de los hombres en un brazo roto”. Se retira a lomo de mula, con dinero prestado y exigiendo como única recompensa a sus servicios la  más escrupulosa revisión de su conducta al frente del país y la no destrucción de su obra: Bolivia. Sin lugar a dudas ¡un hombre excepcional!

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