Animal Político

Suicidarse en La Paz es redundante

Se podría decir que somos paceños, pero no dueños de la ciudad. Y ser dueños de la urbe pareciera ser atribución específica y abusiva de unos cuantos, que lo son también de las aceras, las calzadas y de todas las malas costumbres. Lo peor es que las autoridades se los  permiten.

La Razón / Mario Espinoza Osorio

00:03 / 12 de mayo de 2013

Hay cosas interesantes en el Facebook y una de ellas es una construcción colectiva que se llama “La Paz en fotografía”. Es una de mis páginas de ficción favoritas simplemente porque los fotógrafos, profesionales y otros que no son tanto, se esfuerzan para mostrar una ciudad que no existe. Las idílicas fotos, muchas de ellas tomadas desde ángulos imposibles, otras maquilladas y la mayoría con trucos de luz y posición del fotógrafo, distan mucho de ser la imagen de una urbe en la que suicidarse se ha vuelto redundante.

Ser paceño, “stronguista” y liberal era una especie de grito de guerra, primero de los atigrados, luego de los paceños (y lo de liberal entiéndase como cada uno quiera). Pero, sí, particularmente soy de La Paz y del gran Tigre; así que cualquier sospecha de antipaceñismo sobra. El gran problema es que comienzan a acabarse los argumentos para sentirse orgulloso de ser paceño o, si se quiere, de vivir en La Paz. Simplemente porque de La Paz sólo queda el nombre.

Alguna vez se escuchó decir que La Paz tenía todas las desventajas de una ciudad como Nueva York, pero ninguna de sus ventajas. Se quedaron cortos, porque las desventajas de La Paz no tienen cabida en Nueva York. No todas. Es decir, en Nueva York, difícilmente podrá encontrarse fiestas con cortes de calles o barrios enteros con borracheras infames los 365 días del año.

No se encuentra en la Gran Manzana protestas callejeras con cuatro o más vecinos que se arroguen la representación de todo un barrio y protesten mediante bloqueos porque un par de micreros no cumple su horario o recorrido, o porque el camión del gas no llegó. No hay en Nueva York un grupo de transportistas que maltrate tanto a la gente, que la obligue, sean tres o cuatro vecinos, a bloquear cualquier zona.

Alguna vez la protesta particular del periodista contra las mil y una danzas pluri multis de los 100 barrios paceños y las universidades produjo una respuesta de una dama paceñísima y que dio toda una cátedra sobre la teoría de las “Ciudades Vivas”. Claro, la teoría es interesante mientras no se viva en carne propia la vida de la ciudad convertida en viveza. Porque en La Paz hay de todo. Pero sobre todo hay de todo lo malo: boliches que se construyen en viviendas, viviendas que se convierten en boliches (y entiéndase como boliche el recinto que da para mil cosas, incluido eso). Basura, mucha basura. Ruido; mucho ruido.

Y para no repetir en cada línea lo de “mucho”, simplemente observar y  enumerar: contaminación, estrés, intolerancia, antros sin licencia, antros con dudosa licencia de otros municipios, grupos de adolescentes en pleno fervor hormonal que recorren esas viviendas-boliches mientras sus padres ya sin muchas hormonas hacen el mismo recorrido a la inversa, millones de carros; (no tanto, pero parece) semáforos que son un mal chiste o escombros acumulados por doquier en construcciones clandestinas (porque la burocracia edil no aprueba planos en meses, cuando no en años). 

Hay dueños de casa que creen que además se han comprado su acera, dueños de casa que, además de su casa y de “su” acera, es suya la calzada. Usted ya los conoce: dese una vuelta por la “Eloy” y alrededores, donde los comerciantes minoristas de $us 500.000 de capital se han hecho dueños de todo: de la tienda, de la acera, y con un par de cajas y con pinta de matón de barrio impiden el parqueo en “su” acera.

Pero eso no sólo ocurre en esa zona de aroma a “ranguita” y picante surtido. Hay vagonetas 4x4 cuyos dueños están “educados” en el exterior o en “La Cato”, que viven en zonas de aroma a camarón y que estacionan en doble fila o en la acera con el mismo respeto que muestran los matones de la “otra” zona.

Hay más. Mucho más: Barros de verdad, perdón, “Barrios de Verdad” que son una mentira. Barrios de Verdad cuyas casas están legalizadas en Palca o Achocalla. Que pagan —cuando pagan, claro— sus impuestos en Palca o Achocalla y que le exigen a la Alcaldía de La Paz los servicios básicos. Hay hordas de traficantes de terrenos apoyados por algún diputado oficialista y con cuatro originarios que, con el increíble argumento de que “no estaban de acuerdo con la venta de terrenos que hicieron sus padres hace más de 20, 30, 40 o más años”, pretenden “recuperar” sus lotes ancestrales.

Los canales de televisión están atiborrados de “buenas noticias para La Paz”, que muestran a la ciudad de las maravillas del país del nunca jamás, donde se aprueban planimetrías al son de las elecciones y luego los deslizamientos que son el resultado de “anteriores gestiones”, aunque los actuales administradores estén más de 12 años. En este campo, lo curioso es que la dirigencia política de la actual administración le pida al Gobierno central que no se prorrogue en el poder porque una de las bases de la democracia es la alternabilidad.

No debe ser fácil ser alcalde de La Paz, sobre todo cuando éste se enfrenta al Gobierno central, que le hace la vida a cuadritos y, entre otras cosas, le construye un teleférico en sus narices, con fines obviamente electorales, mientras algunos vecinos, dizque apoyados por el Movimiento Al Socialismo (MAS), se oponen a la construcción de un hospital en uno de los barrios.

Lo malo también radica en el uso político del espacio citadino. La Paz tiene un alcalde interesante, pero cuyo jefe tiene la fama bien merecida de dar más vueltas políticas que una veleta en el túnel del viento. Lo malo también es que la primera autoridad edilicia da la impresión de que baila al son de los saltos acrobáticos, poco disimulados de don Juan, cuando en realidad este alcalde tiene la capacidad de bailar con su propia música y cuando le convenga.

Y viene más porque hay otra plaga nueva en la ciudad. Son las motos. En realidad, la cantidad de motos que,  con calidad y precios chinos, recorren las calles de la urbe como la langosta de la plaga bíblica. Es la ciudad que no logra ordenarse a pesar de los esfuerzos tan monumentales como inútiles de las cebras.

“La Paz en fotografía” es un esfuerzo colectivo interesante. Por ahí, para llamar la atención de los que sólo miran al Illimani y algún atardecer bucólico, se podría intentar la misma La Paz en fotografía que nos muestre que hay una La Paz sin photoshop y con la penosa calidad de vida que nos regala la ciudad, con muestras tan claras de que a esta ciudad la hacemos entre todos, afirmación que es cualquier cosa, menos un elogio, claro.

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