Animal Político

Tensiones y transiciones en los procesos de cambio

El desafío fundamental para  Bolivia, Venezuela y Ecuador es definir la transición bajo un nuevo paradigma poscapitalista: François Houtart.

La Razón / Katu Arkonada

00:03 / 10 de noviembre de 2013

El domingo 3 de noviembre publicábamos en el semanario La Época un diálogo con François Houtart recogido en forma de entrevista. Esta semana, el editor del suplemento Animal Político del diario La Razón me proponía un ensayo a partir de las ideas recogidas en esta conversación. Voy a tratar en este breve espacio de recoger tres debates que se plantean a lo largo de la conversación y que pienso se entrelazan, y es necesario diseccionar y seguir profundizando sobre ellos para seguir pensando nuestros procesos de cambio desde la izquierda. En primer lugar, tendríamos la situación de estos procesos y los límites que encuentran en su desarrollo, las propuestas políticas que tratan de generar un horizonte de cambio y transformación en estos procesos, y las contradicciones que tiene la izquierda a la hora de generar un discurso nítidamente antiimperialista, anticolonial y anticapitalista.

Límites de los procesos. Parece evidente que los procesos se encuentran en un punto de inflexión. En este momento histórico se concatenan acontecimientos que necesitan de una mirada pausada y reflexiva. La muerte del comandante Hugo Chávez pareciera haber ralentizado el ritmo político del continente y de los procesos de integración regional. Integración que sufre además, nada es casualidad, la embestida de una herramienta llamada Alianza del Pacífico, diseñada para provocar rupturas y ralentización en los ritmos e intensidades de esa integración.

Y en este momento histórico, nos encontramos con varios límites de los procesos, tanto internos como externos. En el ámbito interno, un límite importante son los actuales modelos de desarrollo heredados de un Norte capitalista y depredador del Sur, de sus pueblos, personas y naturaleza. Tenemos modelos de desarrollo extractivista porque nunca nos dejaron construir otro modelo; el capitalismo no podía generar la tasa de ganancia y beneficio si la correlación de fuerzas cambiaba y el Sur recuperaba su dignidad y soberanía. No es casualidad la actual crisis de la socialdemocracia y los estados del bienestar del Norte ahora que el Sur pone en marcha procesos de cambio y recupera el control sobre sus recursos naturales. Ante eso, la socialdemocracia europea, y una latinoamericana en construcción, sólo nos proponen gestionar el capitalismo de una manera más amable, ponerle rostro humano. Pero eso nos deja la tensión de no tener modelos alternativos en los que fijarnos para construir un Estado y una sociedad que vayan más allá de lo que ya conocemos, un Estado que se diluya en una sociedad poscapitalista, que vaya mucho más allá de los actuales procesos posneoliberales.

François Houtart —sacerdote belga y sociólogo ligado fuertemente a la teología de la liberación— se preguntaba si visto que los procesos cuentan con un alto nivel de apoyo, la opinión pública, el pueblo, estaría listo para entrar en un nuevo modelo de desarrollo. Desde luego, todas y todos estamos atravesados por lógicas del capitalismo y la modernidad que nos dificulta la visualización de un horizonte poscapitalista. Pero, además, tenemos que ser honestos con la historia de nuestros pueblos. Quinientos años de colonialismo y 20 de neoliberalismo han dejado déficits tan grandes que no se puede negar el derecho al desarrollo a estos pueblos. La tarea es conjugar el derecho al desarrollo con los derechos de la Madre Tierra, no entendida como una naturaleza estática a la que le damos derechos, sino como el conjunto de seres vivos que interactuamos en un escenario de biodiversidad.

A este límite principal se le suma que los procesos entran en una etapa de reflujo, en la que en la medida en que avanza la redistribución se va creando una clase media que ya no tiene el empuje de los sectores subalternos, y que sigue buscando ascender socialmente, algo muy legítimo pero que debe ir acompañado de una formación política e ideológica, para que no se sientan tentados de abandonar el proceso o dejarse engañar por otras alternativas o, mejor dicho, gestores burócratas disfrazados de alternativa.

Y por si no fueran pocos los límites internos, el partido se juega en la cancha de un sistema-mundo capitalista que ve con recelo cualquier intento de cambiar las reglas de juego. Basta observar la crisis económica sin precedentes que sufre Venezuela y el desabastecimiento de productos básicos importados provocado por las élites políticas y económicas.Vivir Bien como horizonte sostenido en los pilares del antiimperialismo, anticolonialismo y anticapitalismo. Es en este escenario de construcción de alternativas en el que debemos desarrollar ese concepto en construcción y disputa llamado Vivir Bien. No importa tanto el nombre, pero sí los contenidos, y está claro que ese equilibrio entre el derecho al desarrollo y los derechos de la Madre Tierra, el impulso a lo comunitario, especialmente al interior del modelo económico, la descolonización y despatriarcalización, interculturalidad y el control social son elementos fundamentales.

Pero este proyecto no estaría completo del todo si nos olvidamos de bases que han compuesto el ideario de proyectos socialistas en el pasado y que siguen más vigentes que nunca. Quizás nuestras socialdemocracias se hayan olvidado de estas bases que no encajan tanto en los esquemas de la democracia liberal y los discursos occidentales de los derechos humanos, pero el antiimperialismo, anticolonialismo y anticapitalismo como algo más que un discurso retórico, sino como una posición política a defender con esperanza, son las únicas bases sobre las que podemos construir un proyecto político nacional-popular e internacionalista, que mire hacia América Latina y hacia el Sur en general.

Porque el imperialismo sigue golpeando América Latina con golpes de Estado, bases militares, espionaje, tratados comerciales y secuestros aéreos de presidentes; porque el colonialismo del siglo XXI sigue manteniendo cárceles inhumanas en territorio cubano, ocupando Puerto Rico, las Malvinas o negándole el acceso soberano al mar a Bolivia; y porque el capitalismo sólo trae el despojo de nuestras sociedades, la miseria y la competitividad bajo las leyes de ese eufemismo llamado mercado tras el que se esconden las élites económicas nacionales y transnacionales.

Tenemos contenidos suficientes para construir el socialismo comunitario del Vivir Bien, el socialismo del siglo XXI o el bien común de la Humanidad que propone Houtart. Se nos van yendo algunos arquitectos de estos nuestros procesos, pero dejan el camino señalizado, a pesar de las sombras, las tensiones y contradicciones que vivimos y sufrimos cada día.

Probablemente sólo nos falte audacia, más audacia como nos reclamaba Samir Amin, para la construcción colectiva de estos procesos sobre bases sólidas. Puede parecer que vamos despacio, pero es porque vamos muy lejos.

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