Animal Político

Tiempos paradójicos

En este momento de cambios, es cuando se están afirmando por toda la Unión Europea los movimientos populistas ultra nacionalistas.

La Razón (Edición Impresa) / Jean Marie Colombani

00:03 / 29 de diciembre de 2013

Entre los cambios que estamos viviendo, algunos son susceptibles de transformar radicalmente nuestro mundo. Estos cambios son, a menudo, paradójicos, como demuestra hoy la situación de Estados Unidos y de Europa. Si nos centramos en Estados Unidos, solo puede llamarnos la atención el hecho de que nuestra vida está completamente dirigida, encauzada y puede que también vigilada por unas firmas norteamericanas convertidas, en algunos años, en los gigantes de este comienzo de siglo: Google, Facebook, Amazon, Apple, por citar solo aquéllas con las que nos encontramos varias veces al día.

Al mismo tiempo, Estados Unidos vuelve a ser un actor capital, es decir, independiente, del mercado más decisivo estratégica y militarmente: el de la energía. Sobre todo, gracias a la explotación del gas de esquisto. La consecuencia previsible es el debilitamiento del peso económico y político, tanto de las monarquías petroleras como también de Rusia, cuya economía es similar a la de un emirato, pues reposa exclusivamente en la explotación y venta del gas y el petróleo.Paradójicamente, esta dominación tecnológica y este renacimiento económico estadounidenses corren parejos con un debilitamiento político cada vez más patente.

En este terreno, el indicador ha sido, este año, el empeoramiento de la tragedia siria y el vuelco de la relación de fuerzas a favor de Bashar al Asad, apoyado por Rusia e Irán.

Las vacilaciones de Barack Obama, que, al cabo de tres años, finalmente ha renunciado a toda acción, siguen siendo objeto de crítica. En ese intervalo, Bashar al Asad se ha recuperado, mientras que la oposición ha sido presa de los yihadistas. El debilitamiento estadounidense también es visible en la protesta generalizada provocada por el espionaje oficial del que han sido víctimas tanto la canciller alemana como la presidenta brasileña. Y qué decir de la situación institucional que ha paralizado varias veces a la presidencia, especialmente bajo la influencia de los tea parties... El resultado de esta situación es que actualmente las instituciones son disfuncionales.

Aunque de otra forma, Europa vive tiempos igualmente paradójicos. La Unión Europea cierra 2013 con una victoria política: el nacimiento de la unión bancaria, una consecuencia directa y una lección de la crisis financiera que representa un avance esencial. Desde la perspectiva de una futura defensa europea —que será la próxima etapa indispensable para aquellos que han aprendido la lección del repliegue estratégico norteamericano iniciado por Barack Obama y que la nueva independencia energética estadounidense solo puede acelerar—, hay una reflexión en marcha y una promesa de una mejor coordinación. Y, sobre todo, y pese a todos los malos augurios y a los especuladores de Wall Street y de la City, que perseguían el desplome del euro, éste no se ha producido. Al contrario, el ingreso de Letonia ha agrandado la eurozona, que podría verse ampliada a Polonia, actualmente candidata al ingreso.

Por último, han aparecido los primeros signos de recuperación, y la reactivación se perfila en el horizonte del año que está por comenzar.

La paradoja es que, en este momento de cambios, es cuando se están afirmando por toda la Unión Europea unos movimientos populistas, o incluso, en ciertos países, neonazis o neofascistas, cuyo punto común es el rechazo —por no decir el “odio”— de Europa. Tanto es así, que ciertos profesores universitarios y editorialistas reputados nos explican que el populismo y ciertas formas de fascismo que, durante la segunda mitad del siglo XX, fueron la marca de Latinoamérica, pueden llegar a ser una amenaza para el sur de Europa, Francia e Italia incluidas. Yo no comparto este pesimismo. Si bien es cierto que en casi todas partes, salvo en Alemania, se están produciendo brotes populistas autoritarios y peligrosos, me parece que, aunque uniesen sus fuerzas, esos movimientos no conseguirán tener un verdadero peso en el Parlamento Europeo.

En realidad, nuestro problema es el siguiente: nos cuesta conciliar el amor por nuestros respectivos países con el amor por nuestra época. El rechazo hacia ésta por parte de buen número de nuestros conciudadanos es la fuente de muchas de nuestras dificultades. Dificultades que, en buena medida, solo serán solubles en la Unión Europea de desalojar a los movimientos sociales del Estado o de que “vayan alistando sus maletas para abandonar el Palacio de Gobierno”, es decir, igual que lo que sucedía antes, cuando imperaba la exclusión, la intolerancia y la enajenación de la nación.

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