Animal Político

Transición política 2019

La democracia es una herramienta, está en nuestras manos afinarla

La Razón (Edición Impresa) / Marcelo Arequipa Azurduy es politólogo

00:00 / 19 de junio de 2019

La tesis con la que me gustaría comenzar es que no estamos ni cerca de una transición política distinta en la representación política. De hecho, sostengo que a partir de los resultados de las elecciones de este año recién comenzará la verdadera transición política.

Lo que observamos en nuestro espectro político-electoral son líderes que se empeñan en convencernos, desde su propio carisma, de que el cambio político es inminente y depende de ellos mismos. En ese marco, a continuación propongo algunos puntos que considero son los síntomas de un periodo de la representación política que se va acabando.

La lealtad como tabú. Tenemos dos ejemplos similares, en su espíritu autoritario, de expresión de tabú en los principales candidatos. En el Gobierno el tabú de que hablar de la reelección de Evo es algo que no se permite hacer, mientras que en el lado de Comunidad Ciudadana es tabú intentar criticar/observar lo que ocurre con Carlos Mesa, porque lo que uno tiene que hacer es alinearse y seguir los principios que dicen defender. Así, de forma esquemática, no será difícil ubicarnos siguiendo la propuesta de Montserrat Guibernau en alguno de los tipos de lealtades políticas.

Lealtad autoritaria: entre cuyas particularidades se encuentra la veneración de una narrativa particular, la preservación del statu quo y la defensa del tradicionalismo; cultivar la creencia de que el objeto de la lealtad es pleno y entero en sí mismo, un producto que no puede mejorarse ni someterse a examen crítico. Lealtad democrática: donde existe una devoción voluntaria, tolera el examen crítico de la autoridad política con el propósito de mejorarla; la lealtad surge por elección personal y, como tal, implica responsabilidad y compromiso por parte del ciudadano.

Estamos pues más cerca de una lealtad autoritaria que de una democrática. Y esto no es tanto una responsabilidad de los ciudadanos, sino es un fallo de la representación política actual que se encuentra invadida por la personalización de la política y no por la constitución aún de partidos políticos que se organicen en torno a un metarrelato que aglutine a los distintos grupos identitarios.

La derecha en escena. La disputa electoral que lleva adelante Carlos Mesa, que metafóricamente se asemeja a un conductor pisando el embrague todo el tiempo, ha ocasionado que la derecha aparezca en la dinámica política y quizá ésta se consolide como un proyecto de país en el mediano plazo.

Explico lo del embrague. Lo veo más como un dilema del candidato centrista cuando tiene la oportunidad de realizar un cambio ascendente (de una velocidad inferior a una alta), por ejemplo cuando tendría que ir avanzando hacia la izquierda; o un cambio descendente (de una velocidad superior a una inferior), expresado en el avance que debiera realizar hacia la derecha. Es decir, no realiza el cambio completo de marcha, lo cual le dificulta hasta ahora posicionarse con mayor claridad. Lo que hace entonces al desgastar su motor por pisar demasiado el embrague es desgastarse también en términos electorales, dando paso a una derecha ideológica que afortunadamente no se parece ni de cerca al extremo bolsonarista o lepenista, y no me refiero al candidato de UCS.

Identidad en la política. Vivimos una suerte de pugnas entre tipos de identidad, en particular las de Evo y de Mesa. El denominador común de ambas son las emociones, que además se expresan como el desencadenante principal de la movilización política. Esto aglutina compromiso e identificación con el grupo, y por supuesto la lealtad autoritaria. De las múltiples identidades, la que prevalece es la que en un momento determinado cobra relevancia. Aquí es importante la disputa por los símbolos, porque evoca recuerdos, provocando emociones fuertes, no debates.

Por lo tanto, la pugna política de las identidades termina por reforzar la imposibilidad de la tesis que se dijo al inicio: no hay visos de que vayamos hoy hacia una verdadera transición política. Volvemos a la tesis de inicio de que aún vamos preparando el terreno para la transición política en Bolivia. Como vimos, en la medida en que los liderazgos más fuertes sean desplazados producto de los resultados electorales, la nueva configuración de la matriz ideológica permitirá la presencia más nítida de expresiones que hasta ahora no se vieron en los debates sobre el metarrelato de país.

Mientras la política de la identidad tenga un cambio más aglutinador con varias pizcas de racionalidad, podremos entender al fin que la democracia es una herramienta. Y está en nuestras manos afinarla.

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